El Niño Que Fui, El Hombre Que Intento Ser

Capitulo 16

La Última Frontera del Adiós”

Donde entendí que despedirse no es irse… es quedarse distinto

Los días siguientes no amanecieron.
No del todo.
Había luz, sí, pero era una claridad pálida, que parecía deslizarse sobre todo sin tocar nada. Una luz sin alma, sin calor, sin intención. Como si el sol se hubiera obligado a salir, pero sin ganas de quedarse.
Yo me levanté porque mi cuerpo sabía hacerlo. Caminar. Respirar. Abrir la puerta. Cerrar la puerta. Era un listado automático que mi mente seguía sin pensar. Pero mi espíritu… mi espíritu se había quedado bajo la tierra, exactamente donde, pocas horas antes, habíamos dejado a la mujer que sostuvo mi mundo entero: mi abuela.
Nadie me enseñó que uno puede seguir vivo y, al mismo tiempo, sentirse muerto por dentro.
Habían pasado solo cuatro días desde que la enterramos. Cuatro días desde que la última palada de tierra golpeó el ataúd con un sonido hueco, seco, cruel. Ese sonido todavía me perseguía en la noche, como un eco ajeno. Como un monstruo que me recordaba que nada volvería a ser igual.
Antes yo tenía un lugar. Ese lugar era ella: su casa, su voz, su olor a hierba seca y sopa caliente, su mano sobre mi cabeza cuando creía que nadie más podía tocarme sin romperme.
Pero ahora caminaba hacia esa misma casa como si fuera un intruso. Como un extraño en un sitio que ya no me pertenecía. Como un fantasma.
Ronal caminaba unos pasos más adelante, mi primo, el que vivió con nosotros toda la vida. El que dormía en el colchón pequeño cerca de la ventana y siempre se levantaba primero para ayudar a la abuela a encender el fogón. Ahora estaba callado, igual que yo. Desde que murió la abuela, no habíamos dicho nada más que lo necesario. No porque no quisiéramos hablar, sino porque hablar dolía. Poner palabras sobre un corazón roto era como empujar cristales dentro de las heridas.
Empujé la puerta. El mismo chirrido. Pero el eco… el eco ya no era el mismo.
—Huele a cerrado —dijo Ronal por fin, con la voz ronca.
Asentí.
Ya no escuchaba el “¿Has comido, hijo?” que antes llenaba la sala como un abrazo invisible. Solo silencio. Silencio y polvo flotando en líneas delicadas bajo la luz que entraba por la ventana.
Todo se veía distinto. La casa parecía más grande, más vacía, como si hubiera perdido su corazón. Sus hijos se habían llevado casi todo, dejando atrás solo fragmentos de ella:
El cuenco para desgranar maíz, gastado por años de manos laboriosas.
El banquito donde se sentaba cada tarde, testigo silencioso de su rutina.
Su chal cuidadosamente doblado sobre la cama, como un suspiro detenido en el tiempo.
Me senté en la silla donde ella siempre se sentaba. Las hebras de maíz estaban ahí, como si la muerte la hubiera interrumpido a medio movimiento. Toqué una cáscara, despacio. Tenía miedo de romperla, de romper el último rastro que quedaba de ella.
Ronal se apoyó en la pared, manos escondidas en los bolsillos, con esa expresión que aprendimos desde pequeños: la de aguantar sin chillar.
—Mis papás vienen hoy —dijo al fin, sin mirarme.
Me dolió más de lo que debería. No porque se fuera con ellos; era lo lógico. Sino porque significaba que ya no seríamos dos en esa casa que ahora parecía demasiado grande. Demasiado vacía. Sentí que la soledad me soplaba en la nuca.
—¿Hoy? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí. Antes del mediodía. Dijeron que… que ya es hora.
“Hora de qué”, pensé. ¿Hora de dejarme solo? ¿Hora de arrancar lo único que me quedaba de esta vida?
Ronal no tenía culpa. Pero igual me sentí abandonado. Me quedé mirando el cuenco con maíz sin ver nada realmente. Pensando sin pensar. Existiendo sin vivir.
Porque solo un pensamiento me golpeaba en el pecho una y otra vez: ¿Qué futuro tengo yo sin ella?
La imaginé en todas las versiones posibles de mi vida. En mis triunfos pequeños. En mis fracasos seguros. En los días buenos. En los malos también. Siempre estaba ahí. En cada recuerdo que dolía. En cada recuerdo que ahora dolía todavía más.
Mi garganta ardía. Mis ojos también. No lloré frente a Ronal; no quería sumar más peso a la despedida.
Él se movió hasta quedar a mi lado.
—Junior —susurró—. Yo no quiero irme. Pero no depende de mí.
Tragué saliva. Asentí. Era verdad. Nadie nos pidió permiso para rompernos.
Los minutos pasaron lentos. Tan lentos que parecían horas estancadas. Y entonces escuchamos el motor de una camioneta.
Ronal respiró profundo.
—Son ellos.
Salimos.
El aire afuera era tibio, casi cálido, pero dentro de mí todo estaba congelado. La mamá de Ronal bajó primero. Lo abrazó sin dudar, sin mirarme siquiera. Lo cubrió como si fuera un niño pequeño.
—Vámonos, hijito. La casa está esperando.
Ronal me miró. Un segundo. Dos. Y entendí que esa era nuestra despedida.
—Vendré a visitarte —me dijo.
—Ya.
Quise decirle que no me dejara solo. Quise decirle que tenía miedo. Quise decirle que no sabía cómo vivir sin la abuela… ni sin él. Pero no dije nada. Él subió a la camioneta. Yo levanté la mano. Él también. Y así, sin drama. Sin gritos. Sin lágrimas visibles, se fue.
Me quedé parado en medio de la carretera de tierra, viendo cómo la camioneta avanzaba hasta volverse pequeña… y luego nada. Ahí, recién ahí, la soledad se sentó a mi lado como un animal hambriento.
Volví a la casa. Entré. Cerré la puerta. Y escuché el silencio tragarse cada rincón. Por primera vez, la casa era solo mía. Y yo… no sabía qué hacer con ese vacío.
Esa tarde, en casa de mis padres, nadie dijo mucho. Mi mamá me miró como si quisiera abrazarme, pero no lo hizo. Mi papá apenas levantó la vista. Siempre fue así: nunca supo leer mis emociones. Nunca supo preguntar. Nunca supo escuchar. Para él, yo era un ruido. Un deber. Una sombra más dentro de la casa.
—¿Estuviste donde tu abuela? —preguntó sin emoción.
Asentí.
—Mañana vas conmigo al campo —respondió, como si nada más importara.
Él siempre solucionaba todo con trabajo, o escondía todo detrás del trabajo. Esa noche lloré por primera vez desde el entierro. Lloré en silencio, tapándome la boca con la almohada para que nadie escuchara. Lloré por mi abuela, por Ronal, por la casa vacía, por el miedo, por la injusticia, por todo lo que no sabía poner en palabras.
Y aunque no esperaba que nada cambiara pronto… la vida tenía otros planes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.