Me encierro en mi habitación por horas. No solamente para evitar a Daniel, sino también para organizar la despedida de soltera.
Después de varias llamadas por teléfono entre amigas de Emily, finalmente la fiesta se hará mañana por la noche en un bar de strippers, donde disfrutaremos de beber alcohol hasta el otro día. Por suerte, a la novia no le gusta la bebida, menos ahora que está embarazada.
Una vez organizado todo con detalles, como me gusta, lleno la bañera hasta arriba, le pongo algunas sales marinas y, después de comprobar la temperatura, me sumerjo. Pongo música relajante en el celular y no sé en qué momento me quedo profundamente dormida.
Mis recuerdos vuelven a la época de la adolescencia, en la que siempre había sido tan ingenua, enamorada del hermano de mi mejor amiga, aunque él me odiaba sin saber por qué... Ambos vivíamos peleando en el colegio y en la casa de los Harrison cuando iba de visita, lo que era a menudo. Emily siempre fue mi única amiga.
Por eso fue una gran sorpresa que una noche se acercara y me dijera que estaba enamorado de mí y que quería que fuéramos novios. Tan ingenua que le creí y le confesé que también lo amaba, y terminé cayendo en la trampa.
A pesar de que nuestra relación era un secreto para todos y de vivir un infierno en mi casa, fueron los mejores seis meses de mi vida. Quizás por eso me dolió tanto su traición.
Aunque papá siempre me golpeaba por quedarme diez minutos más hablando con él, realmente valía la pena. Amaba su compañía, sus chistes, su forma de hacerme reír; me devolvía las ganas de vivir y de soñar con ser alguien en la vida, algo que mi padre, si estuviera vivo, no lo hubiese permitido.
Aún recuerdo ese momento en el que Daniel, delante de todo el colegio, obligado por sus amigos, declaró que la nerd del amor estaba enamorada de él. Y yo, que venía caminando por los pasillos y estando al tanto de la apuesta, me abalancé sobre él, dándole un puñetazo en la cara, en el estómago, para finalmente propinarle una patada en la entrepierna, haciendo que llevara sus manos a la zona y se arrojara al suelo, sufriendo de dolor, mientras todos sus compañeros comenzaron a reírse de él, humillándolo.
Ninguno de los dos pudo olvidar ese día... Jamás pude perdonarle que me haya hecho partícipe de una apuesta, ni Daniel me perdonó los golpes y la humillación que sufrió por parte de todo el colegio.
Días después ocurrió el "accidente" de mis padres y, totalmente traumatizada, me fui a vivir con mis abuelos.
Nunca más volvimos a vernos. Durante años no tuve el valor de volver a este lugar, ni siquiera cuando la casa de mis padres fue vendida. Quería estar lo más lejos posible de la ciudad; los recuerdos de mí vida con ellos me asaltaban continuamente y tampoco quería volver a cruzarme con Daniel.
Emily siguió siendo mi mejor amiga y, aunque nunca entendió por qué nosotros nos llevábamos tan mal, siempre intentó que estuviéramos lo más lejos posible uno del otro, pero su boda lo cambió todo.
En un momento, entre mis sueños o recuerdos, comienzan a aparecer imágenes del accidente y de cómo papá asesinó a mamá a sangre fría, sin importarle que su hija estaba presente. Sin embargo, una dulce voz empieza a llamarme por mi nombre y abro los ojos lentamente, encontrándome con Daniel, con un semblante que jamás había visto en él.
—Sarah... ¿estás bien? —pregunta preocupado y hasta pálido.
—Daniel... ¿qué haces en mi habitación? —exclamo avergonzada, sumergiéndome por completo en el agua. Había olvidado que estoy desnuda.
—Lo siento, sé que no debí entrar así, pero llamé varias veces y no contestabas, me asusté y gracias a Dios que lo hice... Sarah, tú no... —dice desesperado por la situación, mirándome a los ojos.
—¿Qué estás insinuando? ¿Que estaba intentando suicidarme? —respondo sorprendida—. No pienses tonterías, Daniel, solo me quedé dormida... —algo en el rostro de él cambió, su semblante parece más aliviado.
—Podrías haberte ahogado, Sarah... —añade.
—No fue mi intención, yo solo... —exclamo algo confundida. En ese momento siento que unas lágrimas traicioneras comienzan a caer por mis mejillas. Se me está haciendo costumbre llorar frente a él. Entre lo que pasó con nosotros anoche, la discusión que tuvimos en la cocina y los recuerdos que tuve en sueños, es demasiado para mi psiquis.
—Tranquila, no llores —Daniel se acerca y se arrodilla a mi lado, acariciando mí mejilla con sus dedos—. A pesar de lo que sucedió entre nosotros, sabes que puedes hablar conmigo —confiesa con una dulzura en su voz que me desarma—. Ya te lo dije, hay demasiado dolor en ti y, si no lo sueltas, terminará destruyéndote.
—Estaré bien, no te preocupes —afirmo, quitando su mano de mí mejilla—. ¿Puedes alcanzarme la bata que está en mi habitación y salir de aquí? Necesito cambiarme— le pido.
—Está bien... Pero tú y yo necesitamos hablar —responde con firmeza—. Sarah, deberíamos haberlo hecho hace once años.
—No necesitamos hablar, Daniel, deja las cosas en el pasado.
—Una vez huiste de mí, otra vez no lo permitiré...
Pov Daniel
Después de salir del baño le acerco la bata y vuelvo a la habitación para darle un poco de privacidad, aunque moriría por estar junto a ella en esa bañera y hacerle el amor hasta quitarle todo el dolor que siente.
Pero sé que soy un idiota. El peor de todos. Es que esos años en el colegio fueron tan traumáticos para mí que los recuerdo con enojo. Y aunque debo reconocer que estuve muchos años furioso con ella, la perdoné. Sé que esos años tampoco fueron fáciles para ella... Por eso no me iré de aquí hasta que hablemos con sinceridad después de tanto tiempo.
Jamás pude comprenderla; Sarah era tan extraña y reservada con su familia que nunca pude conocerlos. El dolor que sintió por la pérdida de ellos la hizo sufrir mucho y, evidentemente, aún no puede soltar y sanar.
Minutos después, Sarah sale del baño y nos encontramos nuevamente: