Frederick
Suena la alarma antes de que salga el sol. Siento como si hubiera dormido apenas unos minutos. Frunzo el ceño y, aún medio dormido, me giro para mirar el reloj.
5:00 a. m.
Me froto los ojos y me incorporo lentamente en la cama.
Sin perder tiempo, me levanto y estiro los brazos hacia el techo. Giro la cabeza y la veo: Carolina sigue dormida, tranquila, ajena al mundo. Una leve sonrisa se dibuja en mi rostro. La arropo con cuidado y camino rápido al baño.
La ducha es corta. Siempre fría. No me gusta, pero funciona.
Salgo con la toalla en la cintura y me visto con mi ropa de siempre: camisa blanca de cuello, pantalón negro… y hoy, el buzo azul.
—Mmm… —escucho a mis espaldas.
Me giro. Carolina se mueve entre las cobijas.
—Amor… es muy temprano… ven a la cama —dice con voz perezosa.
—No, cielo, no puedo llegar tarde —respondo mientras paso el peine por mi cabello—. Sabes cómo es mi jefe.
Aplico gel en mis manos y lo distribuyo con precisión. Mi cabello queda perfecto: ordenado, firme, con ese pequeño pico al frente que siempre cuido. Me observo unos segundos en el espejo.
Perfecto.
Sonrío, satisfecho.
En la cocina preparo mi batido mientras tarareo Happy, de Pharrell Williams. No logro sacarla de mi cabeza. Sirvo la mezcla en mi termo, tomo el maletín y lo guardo en el bolsillo lateral antes de colgármelo.
—¡Adiós, cielo! —grito.
Espero.
Silencio.
Debe estar muy cansada. Llegó muy tarde anoche.
Me encojo de hombros, me pongo los audífonos, subo el volumen y salgo. El aire frío de la mañana me golpea el rostro mientras monto la bicicleta. A lo lejos, el sol comienza a aparecer.
Me gusta esto. Empezar antes que todos.
Llegó al edificio, estaciono y miro el reloj.
6:10.
—¡Sí! —aprieto el puño con una pequeña sonrisa—. Nuevo récord.
Paso al baño, arreglo mi cabello otra vez (nunca está de más) y bajo a recepción.
—¡Hola!… buenos… ¿madrugadas? —dice la recepcionista con tono burlón.
La miro apenas.
—Buenos días.
No me detengo. Subo al elevador.
El décimo piso está vacío, como siempre. Silencio total.
Perfecto.
Trabajo mejor así.
Organizo papeles, reviso pendientes, adelanto todo lo posible. A las 7:00 salgo por el café de mi jefe. Es importante que esté exactamente como le gusta.
Siempre.
—Hola, bienvenido. ¿Qué te puedo ofrecer? —dice la chica de la cafetería.
—Un café extragrande, bien cargado —respondo, directo.
Siento su mirada encima. Incómodo.
—¡FREDDYYY! —gritan.
Levanto la vista. William.
—Hola, hermano.
—Entrenando a la nueva —dice señalando con la boca.
—¿Te vas?
—¡No! Me ascendieron.
Se queda erguido, orgulloso.
—Nuevo encargado del punto.
—Felicidades —le digo, sincero.
—Su orden está lista —interrumpe la chica.
Pago, tomo el café.
—Ella es Monik —dice William.
—Gracias… —respondo sin mucho interés.
Salgo rápido.
No me gusta quedarme más de lo necesario.
En la oficina, todo sigue su curso. A las 7:25 en punto llega Don Stieve.
Siempre puntual
—Buenos días, Don Stieve —digo mientras camino tras él—. Ya están listos los presupuestos y los planes de la semana. Recuerde el almuerzo con la señora Carla a la 1 p. m. y
—Freddy… —me interrumpe con una sonrisa—. ¿Cómo haces para tener tanta energía?
—Organización, señor.
—Confío en ti —dice mientras prueba el café—. Y este café… perfecto, como siempre. Por eso no te dejo ir.
Salgo de su oficina con una leve sonrisa. Esa frase siempre me deja satisfecho.
El día pasa rápido. Trabajo, orden, silencio.
Hasta que llega la tarde.
Voy al elevador y Laura aparece.
—Hola, Frederick. Desde la entrevista casi no te veo… pareces un ratoncito de oficina.
—Estoy trabajando —respondo sin mirarla.
—Tienes que socializar más.
No respondo.
—Dicen que eres arrogante —agrega.
La miro.
—Pero yo sé que no —dice con una pequeña risa.