El Orden de lo Inesperado - Borrador

Capítulo 4

Frederick

—¡Fredo!… —la voz de Estefanía irrumpe como un aplauso—. Te ves… por Dios… guapísimo. Me encanta.

La miro incómodo.

—Me siento extraño.

—No te preocupes, ya te acostumbrarás —dice la vendedora, con una sonrisa demasiado… interesada.

—¡Oye! —Estefanía se interpone de inmediato—. Él tiene novia.

La mujer parpadea, sorprendida.

—Oh… lo siento, no sabía que estaban en una relación.

Frunzo el ceño, girando hacia Estefanía.

—¿Perdón?

Pero ella ya me toma de la mano con naturalidad, sosteniendo la mirada de la vendedora.

—Para que te enteres, queridita.

Abro la boca, pero no alcanzo a decir nada. Estefanía cambia el gesto al instante y me sonríe como si nada hubiera pasado.

—¿Ya nos podemos ir?

—Sí, claro… —responde la mujer, visiblemente incómoda.

Tomo las bolsas.

—Gracias.

Estefanía se cuelga de mi brazo y salimos.

—¿Me puedes explicar qué fue eso? —pregunto apenas cruzamos la puerta.

Ella sonríe, aferrada a mi brazo.

—¿Qué cosa?

—No te hagas. Lo de “la relación”.

Se detiene y niega con la cabeza.

—Yo no dije eso. Ella asumió. Yo solo la dejé creer lo que quisiera.

La miro serio.

—Igual…

—Además —me interrumpe, cruzándose de brazos—, tampoco es que fuera tan malo salir conmigo.

La suelto sorprendido. Ella se adelanta, pero la alcanzo y la tomo del brazo.

—No quise decir eso. El que esté contigo sería muy afortunado.

Ella se relaja.

—Lo sé. No tienes que decirlo.

Sonríe con picardía.

—Solo estaba alejando a esa mujer de ti… y sin ofender, no eres mi tipo.

No puedo evitar reír.

—Está bien… pero no te enojes.

—No estoy enojada. Vamos, aún falta mucho por hacer.

—¿Me acompañas a mi casa a dejar esto y la bici?

—Sí, también debo ir por mi vestido.

—¿Vas a ir?

—Claro. Don Stieve me pasó a logística.

Me detengo.

—¿Desde cuándo? ¡Felicidades!

La abrazo y ella sonríe ampliamente.

—Desde hoy. Luego te cuento.

Cuando llegamos al edificio, bajo por la bicicleta y la dejo frente a la entrada.

—Fredo… ¿dónde vas a meter eso?—preguntaiando mi caballito de metal

—¿Eso? —devuelvo casi ofendido. —Es mi bicicleta.

—No cabe en un taxi. Déjala.—responde ignorando mis palabras.

—Ni loco. Con esta ciudad, sin esto no llego a ningún lado.

—Entonces… ¿qué?

—Súbete.—la invito con una sonrisa.

Abre los ojos.

—¿Dónde?

Señalo el espacio frente a mí.

—Aquí.

—Estás loco.

—Soy buen conductor.

—¡Estoy en falda!

Bajo la mirada. No es tan corta.

—No se va a ver nada. Súbete.

Resopla, pero obedece

—Agárrate bien —le digo.

Y en menos de veinte minutos estamos en mi apartamento.

—Entra.

Ella recorre el lugar con curiosidad. Se detiene frente a una foto.

—Se ven muy bien juntos.

Sonrío.

—Gracias. ¿Quieres algo?

—No. Date prisa.

Entro a la habitación… y algo no está como lo dejé.

Carolina estuvo aquí.

Voy al baño. Vacío.

Aprieto la mandíbula, pero no pienso en eso. No ahora.

Me cambio rápido.

Cuando salgo, Estefanía levanta la vista… y sonríe.

—Wow…

Camina hacia mí, se pone de puntas y acomoda mi corbatín.
—Está torcido.

Se aleja, observa… vuelve a ajustarlo.

—Listo.

Cuarenta minutos después, salimos de su casa.

Y entonces…

La veo.

Vestido azul rey. Escote en forma de corazón. Falda amplia.

Cabello suelto.

Por un segundo… no digo nada.

—Te ves muy hermosa —murmuro.

Ella gira feliz.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Me demoré mucho?

—Lo suficiente.

Tomamos el taxi que no espera frente a su casa en camino al evento.
Cuando llegamos todo se mueve rápido.

Órdenes. Radios. Meseros. Invitados.

Caos.

—Fredo, llegó el whisky —dice Estefanía.

—Perfecto.

La veo coquetear con Andrés.

—Eres terrible —le digo.

—Solo aprovecho mis encantos —responde divertida.

Termino de firmar el recibido del whisky.

Entonces la escucho.

—Frederick…

Frunzo el ceño.

—¿Quién es?

—Soy Grecia… la hija de Stieve… Es que los novios están llegando.

Mierda.

—Voy para allá.

Entro al salón.

Todo ocurre al mismo tiempo.

Y entonces la veo.

Rojo.

Elegante… pero peligroso.

Se mueve insegura, mirando papeles, como si estuviera perdida y mueve todo.

Camino hacia ella sin pensarlo.

Cuando llego, tomo su muñeca para detener lo que está haciendo.

Su piel es cálida

Levanta el rostro.

Y el mundo se queda en silencio.

Ojos verdes.

Labios rojos, entreabiertos.

Respira agitada… pero no habla.

—¿Por qué desordenas todo? —digo en voz baja.

Ni siquiera sé si lo digo por las copas… o por lo que acaba de hacerme.

Corrijo la mesa.

Pero no dejo de mirarla.

No puedo.

Andrés me llama y la suelto.

Me obligo a irme.

Si me quedo un segundo más… No sé qué pasaría.

—¿Qué pasa? —me llama Andrés.

—Los novios están por entrar.

Lo escucho pero ahora lo que está en mi cabeza es aquella mujer.

La busco. Ya no está.

Me obligó a centrarme en lo importante. Los novios empiezan si baile y todo tiene los ojos en ellos, todos los invitados sonríen concentrados en el centro de la pista.

Y entonces… la veo.

Carolina.

Al otro lado del salón.

Con un hombre.

Su mano en su cintura.

Ella sonríe.

No.

No.

No.

Él la toma del rostro.

Y la besa.

El mundo se detiene.

Siento el golpe en el pecho.

No puedo respirar.

No puedo moverme.

Pero tampoco puedo dejar de mirar.

Algo dentro de mí se rompe…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.