Frederick
–Hola, ¿cómo estás? –escucho. Levanto la mirada y me encuentro con una chica que me observa intensamente con sus ojos verdes.
Tenía el cabello recogido en un moño despeinado, sostenido con un lápiz. Dos mechones caían sobre su rostro, dejando ver unas pequeñas pecas que la hacían lucir inocente. Vestía unos jeans ajustados de tiro bajo, una camisilla blanca corta que dejaba ver parte de su abdomen y un saco gris que caía de uno de sus hombros. Se veía… sexy y angelical al mismo tiempo.
Solté mi emparedado y me acomodé en la silla al notar que no le había respondido.
–Hola… –dije, dudoso.
–¿Sí te acuerdas de mí? –preguntó.
Me sentí perdido.
–Discúlpame, pero no te recuerdo –respondí, tratando de no sonar descortés.
–No… –dijo, negando con la cabeza antes de sentarse con energía frente a mí–. Eres tú. No te olvidaría.
Apoyó los codos sobre la mesa y sostuvo su rostro entre las manos, mirándome fijamente.
–Ah… ¿sí? –pregunté, serio.
–Sí. Y, sinceramente, quiero una buena explicación. Fuiste muy grosero conmigo… y no estoy acostumbrada a eso.
Intenté ubicarla. Su cara me resultaba familiar, pero no lograba recordar de dónde.
–Mira, nos conocimos el viernes. Me regañaste por no saber dónde iban las copas.
Abrí los ojos de golpe.
–Lo siento… eras tú. No te reconocí.
–Sí, soy yo –respondió, entrecerrando los ojos–. Y no sé… te vi y no pude evitar venir a hablar contigo, ya que el viernes no pudimos.
–Sí, estaba un poco ocupado. Discúlpame, estaba estresado con el evento y…
Ella me interrumpió con una risa sonora.
–No te preocupes, estoy bromeando.
–¿Ah…?
–Siempre he sido muy directa… y quiero salir contigo.
Parpadeé, sorprendido.
–Pero no me conoces…
Ella se inclinó ligeramente sobre la mesa, acercándose.
–Para eso son las citas: para conocernos.
–Emm… –es muy linda, pero lo de Carolina es demasiado reciente.
–¿Y…? –insistió, haciéndome volver a la realidad.
–Marian, vamos –la llamó otra chica desde la puerta.
–Ya voy… ¿me regalarías tu número? –dijo, extendiéndome su celular.
Dudé un segundo, pero no quise ser descortés. Lo tomé y empecé a teclear. Su mirada fija me ponía nervioso. Cuando terminé, le hice un gesto y ella retiró el móvil.
–Te llamo –dijo antes de salir corriendo.
La seguí con la mirada hasta que desapareció.
Eso fue… extraño.
Sí, era la chica del evento. Ese día se veía más madura.
Marian… bonito nombre.
Volví a mi comida; aún tenía que regresar al trabajo.
El día terminó con muchos mensajes de Carolina. Decidí bloquearla. No quería saber más de ella. Hubo buenos momentos, pero fue ella quien decidió terminar lo nuestro.
Estefanía también me escribió, pero insistí en que estaba bien.
Los días pasaron, y poco a poco su ausencia dejó de doler. Estar en un lugar nuevo ayudaba más de lo que esperaba.
En la empresa, mi jefe empezó a involucrarme en todo. Incluso había días en los que no asistía, y yo debía responder por sus obligaciones.
Hoy teníamos una junta importante: una posible alianza con una cadena de hoteles cinco estrellas. Era un gran paso para la compañía.
Don Stieve me llamó a su oficina minutos antes de iniciar.
–Frederick, has estado conmigo durante tres largos años. He visto tu compromiso y tu excelente trabajo. Estás listo para el siguiente nivel.
Sonreí para mis adentros y asentí, intentando mantener la compostura.
–Quiero que tomes mi lugar.
Abrí la boca, completamente en shock. No lograba procesarlo.
–Don Stieve… yo… ¿habla en serio? No puedo.
–Calma, calma –dijo levantando las manos–. Confío en ti. Lo has demostrado. Has estado al frente de todo mientras yo observaba. Estás listo.
No podía ni hablar.
–Además, mi hija Grecia estará contigo. Llega la próxima semana. Yo vendré ocasionalmente, pero quiero soltar responsabilidades. Y no voy a aceptar un “no”.
–No sé qué decir…
–No tienes que decir nada. Solo firmar.
Colocó unos documentos frente a mí junto con un bolígrafo.
–Estás preparado. Confío en ti.
–No lo merezco… hay personas más capacitadas.
–Te escogí a ti desde hace tiempo.
Me acercó el documento. Firmé, aún dudando.