Grecia
–¿Y cómo les fue anoche? –pregunta mi mamá, untando mantequilla en una tostada mientras nos mira a papá y a mí.
–Bien, mamá… llegué súper cansada.
No tenía ganas de hablar. Solo quería terminar de comer y volver a mi cama. Ella asiente y gira la mirada hacia papá.
–Bien, amor. Sinceramente, me sorprendió mucho ver cómo Grecia colaboró. Estuvo pendiente de todo y fue de gran ayuda.
Me mira con orgullo y luego sonríe a mamá.
–Qué bueno, hija. Me alegra que te estés adaptando. Sabes que tu papá estará feliz de que continúes con el negocio.
–Sí, má… y lo mejor es que ayer me sentí bien. Como que… hice parte de un momento importante para otras personas. Ver las fiestas desde ese lado… me gustó.
Le sonreí. Y era verdad. Nunca pensé que se sintiera tan bonito.
–Princesa, lo hiciste muy bien –dijo papá, tomando mi mano sobre la mesa–. Sé que la empresa quedará en buenas manos.
Apreté su mano y le devolví la sonrisa.
Mi papá puede ser estricto… pero siempre ha estado para mí, incluso en mis caprichos más absurdos. Supongo que ya es hora de devolverle un poco de todo eso.
Subí a mi habitación apenas terminé. Estaba agotada.
Papá quiere que empiece en la empresa el próximo mes… es decir, en una semana.
Y yo apenas estoy terminando la carrera.
Proyecto final, exámenes, trabajo…
No tengo idea de cómo voy a hacer, pero voy a poder.
Tengo que poder.
Estaba perdida en redes sociales cuando Camil me escribió.
Quería almorzar.
Intenté decirle que no.
Fallé.
Siempre fallo con ella.
–Marian, cuéntame… ¿cómo te fue ayer trabajando con tu papá?
Me miraba fijamente mientras masticaba.
–Me fue… súper bien –respondí con una risita.
Ella entrecerró los ojos.
–Esa no es cara de “solo trabajo”.
Solté una risa.
–Mari… habla.—insistio
–Bueno… –me incliné hacia ella, jugando con el cubierto– ayer conocí a alguien… bueno… no.
–¿Cómo que no?
–No sé su nombre… pero trabaja con mi papá.
Le robé una papa de su plato.
–¿Y cómo es? ¡Habla!
La dejé en suspenso un segundo.
–¡Marian!
–Bueno… lo vi varias veces. Estaba organizando todo. Hablaba con todos, como si tuviera el control del lugar… –sonreí sin darme cuenta–. Es elegante. Muy elegante.
–¿Y qué te dijo?
–No importa lo que dijo… –murmuré–. Lo tuve tan cerca que pude sentir su perfume… y sus manos…
–¿¡Te tocó!? ¿¡Dónde!?
–La muñeca –respondí, riendo–. Me estaba corrigiendo algo. Pero… sus ojos…
–Pero eso no me dice nada, ¿cómo es?... Porque para que hubiera llamado tu atención… la chica a la que todos los hombres le parecen normales. –lo último haciendo comillas con los dedos.
–Pues es… –me reí bajito apenada. –alto, varonil, cabello oscuro, ojos negros, labios delgados, bien afeitado, un porte muy elegante y huele delicioso.
Me miró fijamente con su cara apoyada en su mano.
–Te gustó en serio… –suspiró al final.–Al fin te veré enganchada con un chico… si es un chico, ¿no?.
Lo pensé un momento trataba de calcular su edad.
–No debe tener más de 30.
–Perfecto y ahora lo importante. –la miré con duda.
–¿Qué?
–¿Cómo lo vas a encontrar?
–Eso no me preocupa, ya te dije que trabaja con mi papá.
Me miró dando su último bocado.
–Bueno entonces lo volverás a ver en el trabajo. –respondió con la boca llena.
–Ujum... –asentí con una gran sonrisa.
–¡Me encanta amiga! Que alegría verte por fin interesada en alguien.
Rodé los ojos.
–No sé por qué dices eso, yo salgo con muchos chicos.
–Sí, pero no te gustan, y no te emocionas, este es diferente… ya lo quiero conocer.
La miré, sin poder negar del todo.
–Si, yo también –respondí y nos reímos.
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El lunes en la universidad todo el mundo hablaba del viaje de graduación.
–Camil, ¿qué dijeron al final?
–¿No revisaste tu correo?
–Para eso te tengo a ti.
Le di un abrazo lateral.
–¡Nos vamos a Europa!