Grecia.
El lunes llegó.
Si, ese lunes....
Mi primer día de trabajo.
Y, honestamente… no estaba lista.
Tenía la esperanza de que ese hombre no trabajara cerca de mi área. Así no tendría que verlo.
Hace mes y medio que nos vimos por últimas vez. Intenté llamarlo infinidad de veces, pero nunca atendió. No fue difícil deducir que no me dio su número. O no se le dio la gana de atender mis llamadas.
¿A quien le importa?.
A mi no.
Si, a mi no, ya no...
Aunque… tal vez, si se enteraba de que soy la hija del jefe, cambiaría su actitud.
No.
Fruncí el ceño.
No me gustan los interesados.
A las siete ya estaba lista, pero papá seguía en su estudio.
–Papi, ¿no vas a ir a trabajar? –pregunté, entrando.
–Sí, princesa, pero estoy atrasado con unos documentos –respondió sin levantar la vista.
–¿Me voy sola?
Alzó la mirada y sonrió.
–Ven. Siéntate y ayúdame.
Terminé trabajando con él casi cuatro horas.
Cuando salimos hacia la empresa… ya eran cerca de las once.
Llegar fue… intimidante.
Saludamos a todos y subimos.
Entré a la oficina y, en ese momento, recordé:
Mi celular.
–Ya vuelvo –dije, saliendo rápido.
Lo olvidé en el carro.
Perfecto.
Primer día y ya empiezo mal.
Cuando regresé, papá no estaba solo.
Había alguien sentado frente a él.
Y cuando levantó la mirada… todo en mí se tensó.
Era él.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
No.
No aquí.
No ahora.
Caminé más lento, tratando de controlar mi expresión.
–Hola –saludé con una sonrisa que no sentía.
No podía dejar que papá notara nada.
Ni mis pensamientos.
Ni mis ganas de… ahorcarlo.
O salir corriendo.
Me senté junto a papá, fingiendo normalidad.
No escuchaba nada.
Solo sentía su presencia.
Y entonces… me miró.
–¿Cómo estás? –pregunté, obligándome a sonar natural.
–¿Ya se conocen? –intervino papá.
–Claro –respondí rápido–. Nos vimos en el evento, aunque no nos presentaron formalmente.
Lo miré.
–Aunque estoy un poco confundida… porque mi papá me decía que tenía que conocer a Frederick, pero ese día todos te decían Fredy.
Papá rió.
–Aquí todos le dicen así.
–Entonces yo también te llamaré Fredy.— sonreí tratando de no verme falsa.
Extendí la mano.
Él la tomó.
Firme.
Serio.
Impenetrable.
–Soy Grecia.
–Mucho gusto –respondió sin emoción.
Y eso… me irritó más de lo que debería.
Papá habló un rato más y luego se fue, dejándonos solos.
El ambiente cambió al instante.
Me giré hacia él.
Y esta vez no disimulé.
–Supongo que este es mi escritorio –dije, señalando el de al lado.
–Sí… a menos que prefieras este. —respondió como un robot.
Sin emociones.
–No. Tú eres el presidente.
Lo dije con intención.
Me senté.
–¿Qué debo hacer? Tú eres el jefe.
–No soy tu jefe…
–Eres el jefe de todos.
Lo miré fija.
–Prefiero que trabajemos como equipo –respondió con calma.
Rodé los ojos.
–Como quieras.
Se levantó y caminó hacia mí con unas carpetas.
Y, por alguna razón… mi pulso se aceleró.
Mi seguridad abandonaba mi cuerpo.
–Podemos empezar con esto. —dijo soltando las carpetas.
Casi brinque en mi lugar
–Ajá –respondí rápido, sin mirarlo demasiado.
Justo en ese momento tocaron la puerta.