Edén
El salón de bailes de la mansión Wood olía a cera de abejas, lirios frescos y al aroma pesado del vino añejo. Las arañas de cristal colgaban del techo iluminando con decenas de velas a la alta sociedad que reía y brindaba en honor al enlace. Para la aristocracia, aquella velada era el triunfo de la temporada: la unión entre el magnate Michael Wood y la joven Edén, cuya familia había quedado arruinada tras la caída de sus negocios marítimos.
Para Edén, sin embargo, la música de los violines sonaba desgarradora, como una marcha fúnebre a la que había sido arrastrada con un vestido de seda blanca tan ajustado que apenas le permitía respirar.
—Sonríe, mi querida Edén —murmuró una voz grave a su espalda.
Una mano pesada y de dedos fríos se posó sobre su cintura, ciñéndola con una firmeza que hizo que a la joven se le helara la sangre. Michael Wood se inclinó ligeramente hacia ella. Era un hombre atractivo según los estándares de la corte, de postura impecable y vestimenta costosa, pero sus ojos oscuros carecían de cualquier atisbo de calidez.
Edén intentó apartarse de manera sutil, dando un pequeño paso a la derecha bajo el pretexto de arreglar la caída de sus guantes de encaje, pero la mano de Michael volvió a sujetarla con más fuerza.
—Te he dicho que sonrías —repitió él, esta vez en un susurro afilado que hizo que los hombros de la joven se tensaran—. La aristocracia ha venido a ver a mi nueva adquisición. Tus padres ya han cobrado el cheque que salvará su nombre, así que cumple con tu parte del trato.
A pocos metros, los padres de Edén alzaban sus copas rodeados de caballeros y damas, evitando intencionadamente la mirada de su hija. La habían vendido al mejor postor bajo la fachada de un matrimonio ventajoso.
—Por favor, Michael… —murmuró Edén, esforzándose por mantener la voz firme a pesar del nudo que le quemaba la garganta—. La música va a terminar. Solo dame un momento para respirar aire fresco en el balcón.
—¿Respirar? —Michael soltó una risa seca, sin emoción, sosteniendo su copa de cristal—. Tendrás todo el tiempo del mundo para respirar mañana. Esta noche me perteneces.
El rechazo en el rostro de Edén era evidente. Cada vez que el hombre intentaba acercar su rostro al suyo o rozar su mejilla, ella inclinaba la cabeza, incapaz de ocultar la repugnancia y el temor que le provocaba su presencia. Michael notó el gesto y sus labios se afilaron en una mueca de evidente desagrado. No estaba acostumbrado a que nadie cuestionara su autoridad, y mucho menos la mujer que acababa de comprar.
Con un movimiento brusco, apuró el contenido de su copa y la dejó sobre la bandeja de plata de un sirviente que pasaba. Luego hizo un leve ademán con los dedos hacia la penumbra del pasillo lateral.
Dos hombres de amplia espalda, vestidos con austeros trajes oscuros y rostro inexpresivo, se aproximaron de inmediato.
—Señor Wood —asintió uno de los escoltas.
—La fiesta se ha vuelto bastante aburrida y mi prometida parece exhausta —declaró Michael con voz fría, alzando la barbilla—. Llévenla a mis aposentos inmediatamente. Preparen todo. Me reuniré con ella en breve para consumar nuestro compromiso y asegurar que este matrimonio quede sellado esta misma noche.
El pánico se apoderó de Edén como una descarga eléctrica.
—¡No! —exclamó, olvidando por un segundo las etiquetas sociales y dando un paso atrás—. ¡No iré a esa habitación! ¡Aún no, por favor!
—Sujétenla —ordenó Michael sin perder la compostura, dirigiéndose a sus escoltas mientras los invitados más cercanos comenzaban a volverse al notar el altercado.
Los dos hombres avanzaron de inmediato y la tomaron firmemente por los brazos. Edén intentó zafarse, pero el agarre era de hierro. Sus tacones resbalaron contra el suelo de mármol pulido mientras la arrastraban hacia las grandes puertas de roble que conducían a las habitaciones privadas de la mansión.
—¡Michael, por favor! ¡Te lo suplico, no me hagas esto! —gritó ella, rompiendo en un llanto desesperado mientras las lágrimas frías le resbalaban por las mejillas, empañándole la visión.
Nadie en el salón movió un solo dedo para ayudarla; las miradas de los presentes se desviaron con indiferencia, complacientes con el poder de la familia Wood.
Mientras las pesadas puertas se cerraban detrás de ella sepultando el sonido de la música, Edén miró por última vez el rostro severo e implacable de su prometido. Sabía que su vida tal como la conocía había terminado, y en medio del llanto y la impotencia, un único pensamiento comenzó a germinar en lo más profundo de su ser: tendría que buscar la forma de escapar de aquella cárcel dorada, costara lo que costara.