Edén
Seis años se habían deslizado entre los muros de la mansión Wood como una condena a fuego lento. Seis años en los que el único rayo de luz en la existencia de Edén era Nicolette, su pequeña de cabello rubio y risa ingenua, nacida de la época más oscura de su vida.
A la mesa del comedor, iluminada por pesados candelabros de plata, el tintineo de los cubiertos era el único sonido que rompía el tenso silencio. Michael, en la cabecera, cortaba su filete con parsimonia antes de fijar sus ojos fríos en Edén.
—Nicolette necesita un hermano —sentenció sin rodeos, limpiándose las comisuras de los labios con la servilleta de lino—. He sido bastante paciente durante este tiempo, Edén, pero un solo heredero, y encima una niña, no es suficiente para la dinastía Wood.
El aire se le congeló a Edén en los pulmones. Se aferró por debajo de la mesa al dobladillo de su vestido para ocultar el temblor de sus manos.
—No —respondió con un hilo de voz, reuniendo el valor que le quedaba—. No volveré a pasar por eso, Michael. No.
La copa de cristal de Michael impactó contra la madera con un golpe seco.
—No te he hecho una pregunta —dijo él, alzándose de su asiento con una lentitud amenazante—. Esta noche te quiero lista en la habitación. Te sugeriría que te quites esa cara de rechazo antes de que suba, porque mi paciencia se ha agotado.
Michael abandonó el comedor con pasos firmes. Edén permaneció inmóvil unos segundos, sintiendo cómo el pánico le quemaba la garganta. Miró a Nicolette, quien jugaba distraída con las migas de pan en su plato, ajena al abismo que se abría a sus pies. Si se quedaba, el infierno no solo continuaría para ella; pronto alcanzaría a su hija.
Esta noche no, se juró en silencio. Nunca más.
Esperó a que la mansión quedara sumida en el silencio de la medianoche. Sin equipaje, sin joyas y vistiendo únicamente sencillos vestidos oscuros y sus capas de viaje, Edén tomó a Nicolette de la mano y se deslizaron hacia los jardines traseros por la puerta del servicio. Corrieron con el corazón en el pecho, impulsadas únicamente por la desesperada promesa de libertad.
No habían recorrido ni medio kilómetro cuando el eco lejano cortó el aire nocturno: los ladridos frenéticos de los sabuesos de caza y las voces distantes de los guardias. Michael había descubierto su ausencia.
El camino principal estaba bloqueado por las antorchas de los rastreadores. Solo quedaba una vía: la senda estrecha y olvidada que serpenteaba hacia el interior del Bosque de las Sombras, una tierra prohibida envuelta en mitos sobre una criatura que devoraba a cualquiera que cruzara sus dominios.
—Mamá, tengo frío y los perros suenan enojados —murmuró la pequeña Nicolette, apretando la mano de su madre.
—Tranquila, mi amor, solo jugamos a escondernos —mintió Edén con la voz entrecortada, arrastrando a la niña entre los arbustos espinosos y las raíces retorcidas mientras la niebla baja las envolvía por completo.
A medida que se adentraban en el bosque, los ladridos se fueron apagando, sustituidos por un silencio denso y sobrenatural. Tras horas de marcha bajo la luz de la luna llena, los árboles abrieron paso a una construcción colosal: un majestuoso castillo gótico de piedra oscura, cuyas agujas y torres tocaban el cielo nocturno. Parecía abandonado, cubierto de hiedra y sumido en la penumbra.
Edén empujó las pesadas puertas de roble, que cedieron con un gemido de hierro oxidado. En el interior, el gran vestíbulo olía a polvo, madera vieja y magia antigua.
—Estamos a salvo... creo que estamos a salvo —susurró Edén, dejando escapar un sollozo de alivio mientras intentaba guiar a Nicolette hacia la imponente escalera central de mármol.
Pero antes de que sus pies tocaran el primer escalón, un viento helado recorrió el vestíbulo y las enormes puertas se cerraron de golpe a sus espaldas.
De la penumbra del piso superior emergió una figura colosal. Las pisadas pesadas hicieron vibrar el suelo. No era un hombre. Era una mantícora gigantesca: un cuerpo muscular de felino oscuro, alas membranosas recogidas en su lomo, una larga cola de escorpión que se alzaba en el aire con un peligroso aguijón y una melena espesa que rodeaba un rostro de facciones aterradoras pero profundamente inteligentes.
Edén se petrificó. El terror la paralizó por completo y se colocó instintivamente delante de su hija, ahogando un grito en su garganta mientras la criatura descendía los escalones con una elegancia depredadora, fijando sus intensos ojos dorados en ellas.
Sin embargo, a su lado, la pequeña Nicolette se soltó del agarre de su madre. Lejos de asustarse, la niña dio un paso al frente, contempló las enormes alas y el pelaje del monstruo y dejó escapar una risita inocente y cristalina.
—¡Mira, mamá! —exclamó la pequeña con entusiasmo, señalando a la imponente criatura—. ¡Es mi nuevo oso para ir a dormir!