El Pecado De Tus Labios

CAPÍTULO 4: El heredero Fontaine

El otoño avanzaba sobre Manhattan con esa luz dorada y oblicua que Alexander siempre había asociado con los mejores momentos de su vida, y que ahora, de manera extraña, asociaba también con Niaree. Habían perfeccionado, a fuerza de necesidad, un sistema de coartadas que funcionaba con la precisión silenciosa de un reloj suizo. Cuando querían pasar más de una noche juntos, Niaree le decía a su padre que una amiga de París -una tal Camille, inventada con lujo de detalle: trabajaba en una casa de subastas, tenía un apartamento en el Marais, coleccionaba postales antiguas- la visitaba por unos días y que se quedarían recorriendo la ciudad, reconectando, sin horarios fijos.

-Dile a Camille que la próxima vez la invito a cenar -le decía Richard cada vez, con total inocencia, y Niaree sonreía y prometía transmitir el mensaje a una mujer que no existía, sintiendo una punzada de culpa que se apresuraba a enterrar bajo la emoción de las horas que la esperaban junto a Alexander.

Así habían pasado un fin de semana entero en una cabaña junto al lago George, prestada por un socio de Alexander que jamás preguntó por qué la necesitaba ni con quién. Habían caminado por senderos vacíos, cocinado juntos con una torpeza doméstica que a Alexander, acostumbrado a que otros cocinaran por él, le resultaba entrañable, y habían dormido hasta tarde sin el peso de la ciudad ni de sus dobles vidas pesando sobre ellos. Fue, para ambos, el recordatorio más claro de que aquello que compartían no era solamente deseo o rebeldía, sino algo que se parecía, cada vez más, a una vida que ambos querían de verdad construir.

El problema llegó, como suele ocurrir con las mentiras que se sostienen demasiado tiempo, de la manera más inesperada.

-Alexander -le dijo Richard un jueves, durante el almuerzo semanal, con una curiosidad genuina que no ocultaba del todo cierta satisfacción paternal-, últimamente te veo distinto. Más ligero. Casi diría que hasta sonríes más de lo habitual. ¿Hay alguien?

Alexander sintió que el tenedor se le detenía a medio camino entre el plato y la boca. Había ensayado mentalmente, en más de una ocasión, cómo respondería si Richard alguna vez hacía esa pregunta, pero la teoría y la práctica, descubrió en ese instante, eran cosas completamente distintas.

-Hay alguien -admitió, porque negarlo del todo le pareció, de pronto, una traición aún mayor que la que ya estaba cometiendo-. Alguien que me ha hecho replantearme muchas cosas.

El rostro de Richard se iluminó con un entusiasmo casi infantil que Alexander no le había visto en años.

-¡Por fin! -exclamó, dando una palmada suave sobre la mesa que hizo tintinear los cubiertos-. Llevo dos décadas diciéndote que un hombre no puede vivir solo entre juntas directivas y fusiones corporativas. ¿Quién es? ¿La conozco?

-Es complicado -dijo Alexander, buscando desesperadamente una forma de esquivar la pregunta sin mentir directamente, un equilibrio cada vez más difícil de sostener-. Es alguien más joven que yo. Mucho más joven. Y hay... circunstancias que complican las cosas.

Richard hizo un gesto con la mano, restándole importancia al comentario con la ligereza de quien no imagina ni remotamente la magnitud real de esas "circunstancias".

-Alexander, tienes cuarenta y dos años y la fortuna de un país pequeño. Si quieres salir con una mujer más joven, nadie en esta ciudad va a juzgarte por eso, créeme. Es prácticamente una tradición no escrita entre los de nuestro círculo. -Rio, con esa carcajada franca que Alexander conocía de toda la vida, y añadió-: Lo importante es que te haga feliz. Se te nota, viejo amigo. Hacía mucho que no te veía así.

Alexander asintió, incapaz de sostener la mirada de Richard por más de unos segundos, sintiendo que cada palabra amable de su amigo se clavaba como un alfiler en la culpa que llevaba semanas acumulando.

-Cuando las cosas estén más claras, te la presentaré -dijo, y la frase, aunque técnicamente cierta, le supo a una mentira más elaborada que cualquier otra que hubiera dicho hasta entonces, porque sabía exactamente quién era esa mujer, y sabía que el momento de esa presentación sería, con toda probabilidad, el fin de la amistad que ahora mismo compartían con tanta naturalidad.

-Tómate tu tiempo -dijo Richard, palmeándole el hombro con afecto genuino-. Pero no dejes que el miedo te haga perder algo bueno, Alexander. La vida es más corta de lo que creemos a nuestra edad.

Esa noche, cuando Alexander le contó a Niaree la conversación, ella se quedó en silencio un largo rato, sentada en el sofá de su apartamento con las piernas recogidas bajo el cuerpo, la copa de vino olvidada sobre la mesa.

-Se puso feliz por ti -dijo finalmente, con una tristeza que no intentó disimular-. Feliz de que hayas encontrado a alguien. Y esa alguien soy yo, y él ni siquiera lo sabe.

-Lo sé -dijo Alexander, sentándose junto a ella y atrayéndola contra su pecho, sintiendo el peso combinado de la culpa y de un cariño que crecía cada día con más fuerza-. Cada palabra amable que me dice es un cuchillo distinto. Pero también, Niaree, fue la primera vez que hablé de ti en voz alta sin usar la palabra "sobrina" ni ningún otro disfraz. Fue extrañamente liberador, en medio de todo lo demás.

Niaree levantó la vista hacia él, con los ojos húmedos pero una determinación firme detrás de ellos.

-Tenemos que decírselo pronto -dijo-. No puedo seguir inventando amigas francesas ni viendo cómo mi padre se emociona por una relación que ni siquiera sabe que involucra a su propia hija. Se siente cada vez más cruel, Alexander. Y no quiero que, cuando finalmente lo sepa, sienta que además de la verdad, le robamos meses enteros de poder procesarla.

Alexander la abrazó con más fuerza, apoyando la barbilla sobre su cabeza, mirando hacia la ventana donde las luces de Manhattan parpadeaban indiferentes a la tormenta que ambos sabían, ya sin ninguna duda, que se aproximaba sin remedio.




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