Los días posteriores a la cena en el Club Metropolitan trajeron consigo una consecuencia que ni Alexander ni Niaree habían anticipado del todo: Julián Fontaine, lejos de desistir tras la velada, se había tomado con seriedad la idea de cortejarla, y su padre, entusiasmado con la posibilidad de una alianza entre las dos familias, se había convertido en su cómplice entusiasta.
-Julián llamó esta mañana -le dijo Richard a Niaree por teléfono, apenas tres días después de la cena, con un entusiasmo que no se molestaba en disimular-. Preguntó si le darías tu número. Le dije que sí, espero que no te moleste. Es un buen muchacho, Niaree, y viene de una familia excelente.
Niaree, sentada en su escritorio del Instituto de Arte Moderno durante su hora de almuerzo, cerró los ojos un instante, sintiendo la conocida tensión de tener que navegar el entusiasmo bienintencionado pero completamente desinformado de su padre.
-Papá, aprecio la intención, pero preferiría que me consultaras antes de dar mi número a alguien -dijo, con una paciencia que le costaba cada vez más sostener.
-Lo siento, lo siento -dijo Richard, aunque su tono no sonaba particularmente arrepentido-. Es solo que me encantaría verte establecida, cariño. Ya no eres tan joven, y Julián parece exactamente el tipo de hombre que...
-Papá -lo interrumpió Niaree, con una firmeza que buscaba cortar la conversación antes de que se adentrara en territorio aún más incómodo-. Tengo veinticuatro años, no cuarenta. Y puedo encontrar pareja sola, sin necesidad de que organices mi vida sentimental como si fuera una fusión empresarial.
Richard rio, sin captar del todo la ironía amarga que las palabras de su hija contenían, dada la situación real que ella ocultaba.
-Está bien, está bien. Solo prométeme que le darás una oportunidad si te llama. Eso es todo lo que pido.
Niaree colgó el teléfono con un suspiro cargado de frustración, y esa misma tarde, cuando Julián efectivamente la llamó -con una seguridad encantadora que, en otras circunstancias, quizás ella misma habría encontrado atractiva- tuvo que emplear toda su habilidad social para declinar la invitación a cenar sin cerrar la puerta de manera tan abrupta que levantara sospechas sobre sus verdaderas razones.
-Estoy bastante ocupada estos días, adaptándome al nuevo trabajo -le dijo, con la cortesía profesional que había perfeccionado en cuatro años de vida en París-. Pero agradezco mucho la invitación, Julián.
-Entiendo -respondió él, sin desanimarse del todo-. Entonces esperaré a que tengas tiempo. No tengo prisa, Niaree. Algunas cosas valen la pena esperarlas.
Cuando le contó a Alexander esa conversación esa misma noche, mientras cenaban en el ático con las luces de la ciudad extendiéndose tras los ventanales, él escuchó con una tensión contenida que ya no intentaba disimular del todo.
-Tu padre prácticamente lo está empujando hacia ti -dijo, con un tono que mezclaba la frustración con algo más profundo, más doloroso-. Y no puedo decir nada. No puedo decirle que ya hay alguien, que esa persona soy yo, porque hacerlo significaría destruir todo de una vez, sin ningún control sobre cómo o cuándo.
Niaree le tomó la mano por encima de la mesa, buscando tranquilizarlo con un gesto que se había vuelto habitual entre ellos en los momentos de mayor tensión.
-Julián no es un problema, Alexander -dijo-. Es solo una distracción incómoda que vamos a tener que manejar hasta que las cosas cambien. Confío en lo que tenemos. Necesito que tú también confíes.
-Confío en ti completamente -dijo Alexander, apretando su mano con firmeza-. No es en ti en quien no confío. Es en el tiempo que seguimos pidiéndole prestado a esta mentira. Cada semana que pasa, el círculo se cierra más: tu padre presionándote hacia otro hombre, Henri Fontaine hablando de "alianzas convenientes" como si fueras una pieza en un tablero de ajedrez, mi propia madre recordándome que Richard merece la verdad antes de descubrirla por accidente. Siento que estamos construyendo algo hermoso sobre una base que se agrieta un poco más cada día.
Niaree se quedó en silencio un momento, sopesando sus palabras con la seriedad que la situación merecía.
-Entonces dejemos de posponerlo -dijo finalmente, con una determinación que sorprendió incluso a Alexander-. No hoy, no mañana necesariamente, pero pronto, de verdad pronto, Alexander. Elijamos una fecha. Un momento concreto en el que nos sentemos con mi padre y le digamos la verdad, en lugar de seguir esperando a que aparezca un "momento correcto" que quizás nunca llegue por sí solo.
Alexander la miró largamente, sintiendo el peso de esa propuesta -tan simple en palabras, tan aterradora en sus posibles consecuencias- asentarse sobre ambos como una sentencia que, tarde o temprano, tendrían que cumplir.
-Después de las fiestas -dijo finalmente, tomando una decisión que llevaba semanas evitando-. Dejemos que pase la Navidad, que Richard tenga esos días de paz con su familia sin esta sombra encima. Y en enero, se lo diremos juntos. Sin más excusas, sin más aplazamientos.
-En enero -repitió Niaree, sellando el acuerdo con un apretón de manos que se sentía, en ese instante, tan solemne como una promesa de matrimonio-. Lo prometo, Alexander. No voy a dejar que el miedo nos siga robando el tiempo.
Afuera, la primera nieve del invierno comenzaba a caer sobre Manhattan, cubriendo la ciudad con un manto blanco que, por un instante fugaz, pareció ofrecerles la ilusión de un nuevo comienzo, ajeno todavía a la tormenta que enero, inevitablemente, traería consigo.
Diciembre avanzaba hacia su ecuador con la mezcla habitual de luces navideñas, vitrinas decoradas y ese frenesí particular que se apoderaba de Manhattan en las semanas previas a las fiestas. Niaree se había sumergido en el trabajo del Instituto de Arte Moderno con una dedicación que, en parte, funcionaba como refugio: cada hora invertida en catalogar piezas de la colección de posguerra, cada reunión con Eleanor Whitfield sobre la próxima exposición temática, era una hora que no tenía que dedicar a pensar en el peso creciente del secreto que compartía con Alexander.
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Editado: 20.09.2026