El Pecado De Tus Labios

CAPÍTULO 9: Sacrificio necesario

Las semanas que siguieron a la crisis de ansiedad de Richard trajeron consigo una cautela nueva, casi excesiva, en cada interacción que Niaree y Alexander mantenían con él. Los médicos habían sido claros: cualquier alteración emocional significativa representaba un riesgo real, y esa advertencia se convirtió en el filtro a través del cual ambos evaluaban cada palabra, cada gesto, cada decisión que pudiera, de alguna manera, perturbar la fragilidad todavía presente en la recuperación de Richard.

Fue durante uno de esos días, mientras Alexander visitaba a Richard en su casa -una visita que se había vuelto rutina, parte del esfuerzo constante por proyectar normalidad ante los ojos de su amigo- cuando la conversación tomó un giro que Alexander no había anticipado.

-Julián me llamó ayer -dijo Richard, todavía con cierta debilidad en la voz, aunque su color había mejorado considerablemente en las últimas semanas-. Preguntó por Niaree. Dijo que la extraña, que le gustaría verla más seguido, pero que siente que ella se ha distanciado desde que volvió de ese fin de semana misterioso sin señal.

Alexander sintió la conocida tensión instalarse en su pecho, aunque se esforzó por mantener una expresión neutra.

-Niaree tiene derecho a decidir con quién quiere pasar su tiempo, Richard -dijo, repitiendo el argumento que ya había esgrimido semanas atrás.

-Lo sé, lo sé -dijo Richard, con un suspiro que reflejaba más cansancio que insistencia real-. Pero Alexander, tengo que serte honesto: verla feliz, verla construyendo algo con alguien de su edad, sería una de las cosas que más tranquilidad me daría en este momento de mi vida. Después de todo lo que ha pasado con mi salud, después de ver lo frágil que puede ser todo... quiero verla establecida, segura, antes de que algo más me impida verlo con mis propios ojos.

Las palabras de Richard, cargadas de una vulnerabilidad genuina que Alexander no había escuchado antes en su amigo, se clavaron con una fuerza devastadora. No era manipulación, no era la insistencia despreocupada de antes: era el miedo genuino de un hombre que, tras haber mirado a la muerte de cerca, sentía la urgencia de ver a su hija en un camino que él consideraba seguro antes de que el tiempo se le agotara.

-Entiendo -logró decir Alexander, aunque cada palabra le costaba un esfuerzo considerable-. Hablaré con ella. Tal vez pueda animarla a que le dé una oportunidad más genuina a Julián.

Esa tarde, cuando llegó al apartamento de Niaree, Alexander se encontró enfrentando una de las conversaciones más difíciles desde que su relación había comenzado.

-Tu padre me habló de Julián otra vez -dijo, sentándose junto a ella en el sofá, buscando las palabras correctas para una petición que sabía, de antemano, resultaría dolorosa-. No de la manera insistente de antes, Niaree. Esta vez fue distinto. Habló del miedo que siente, de la urgencia de verte establecida después de todo lo que ha vivido con su salud.

Niaree sintió que un nudo se le formaba en el estómago, anticipando hacia dónde se dirigía la conversación.

-¿Qué me estás pidiendo, Alexander? -preguntó, con una cautela que ya cargaba cierta resistencia anticipada.

-No te estoy pidiendo que dejes lo que tenemos -dijo él, rápidamente, tomando su mano-. Nunca te pediría eso. Pero tal vez, mientras encontramos el momento correcto para decirle la verdad, mientras su salud sigue siendo tan frágil, podrías pasar algo más de tiempo con Julián. Como amigos, como una manera de mantenerlo tranquilo, de darle esa paz que tanto necesita en este momento.

Niaree se levantó del sofá, con una indignación que no lograba contener del todo.

-¿Me estás pidiendo que finja interés en otro hombre para mantener contento a mi padre? -preguntó, con una incredulidad que reflejaba el dolor genuino detrás de la petición-. Alexander, eso es exactamente el tipo de mentira adicional que dijimos que no queríamos seguir construyendo.

-Lo sé -admitió Alexander, con un peso genuino en la voz-. Y odio pedírtelo, Niaree, más de lo que puedes imaginar. Pero tu padre está frágil, física y emocionalmente. Si mantenerlo tranquilo, aunque sea temporalmente, significa que tenga la esperanza de verte con alguien como Julián, tal vez eso nos dé el tiempo que necesitamos para asegurarnos de que su corazón esté genuinamente preparado para la verdad que vamos a compartir.

Niaree se quedó en silencio, procesando la lógica dolorosa pero innegable del argumento de Alexander. Sabía que él tenía razón, aunque cada fibra de su ser se resistiera a la idea de fingir, aunque fuera parcialmente, un interés que no sentía.

-No puedo prometerte que finja algo que no siento -dijo finalmente, con una determinación firme-. Pero puedo pasar tiempo con él. Como amiga. Sin dar señales falsas de un interés romántico que no existe. Eso es lo máximo que estoy dispuesta a hacer, Alexander.

-Es suficiente -dijo él, aliviado de que ella hubiera aceptado, aunque fuera parcialmente, algo que sabía le costaba genuinamente-. Gracias, Niaree. Sé lo difícil que es esto para ti.

-Es difícil para los dos -corrigió ella, con una mirada que reflejaba tanto la frustración como el amor incondicional que sostenía la decisión-. Pero lo hago por tu padre, no por Julián. Que quede claro.

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Así, con una reticencia que nunca logró disolverse del todo, Niaree comenzó a aceptar más invitaciones de Julián: cenas casuales, una tarde en una galería que él insistió en visitar juntos, un paseo por Central Park un domingo soleado de enero en el que la nieve todavía cubría los senderos con un manto blanco reluciente.

Julián, ajeno por completo a la verdadera naturaleza de esas citas, a la carga emocional que Niaree sostenía en cada momento compartido con él, se mostraba cada vez más encantado con la atención que finalmente recibía, sin sospechar que cada sonrisa que ella le ofrecía llevaba consigo el peso de una promesa hecha a otro hombre.




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