El Pecado De Tus Labios

CAPÍTULO 14: El rival

Sebastian Blackwood había construido su fortuna sobre los escombros de las empresas que Alexander Greystone dejaba atrás en cada adquisición hostil, cada fusión que privilegiaba la expansión de Greystone Holdings por encima de cualquier consideración sentimental hacia los competidores que quedaban en el camino. Durante casi una década, ambos habían sostenido una rivalidad empresarial que trascendía lo meramente profesional, alimentada por una historia de negociaciones fallidas, contratos perdidos por márgenes mínimos, y una competencia constante por el mismo tipo de inversores, el mismo círculo social, el mismo prestigio que Manhattan reservaba solo para sus jugadores más despiadados.

Fue precisamente esa rivalidad la que llevó a Sebastian, semanas después del accidente de Niaree, a investigar con mayor profundidad la vida privada de Alexander, buscando, como solía hacer cada vez que planeaba su próximo movimiento estratégico, cualquier vulnerabilidad que pudiera resultarle útil en el tablero implacable de los negocios neoyorquinos.

-Necesito todo lo que puedas conseguir sobre los movimientos personales de Alexander Greystone en los últimos meses -le dijo a su investigador privado, un hombre discreto que había trabajado para él en numerosas ocasiones anteriores-. Algo se está gestando en su vida privada. Lo he notado distraído en las últimas negociaciones, menos afilado de lo habitual. Quiero saber exactamente qué es.

El informe que recibió una semana después reveló fragmentos interesantes: visitas frecuentes a una propiedad en los Berkshires que Alexander rara vez utilizaba, encuentros regulares con Niaree Wagner, la hija de su socio y amigo Richard Wagner, y un patrón de comportamiento que, aunque no confirmaba nada definitivo, sugería una intimidad que iba mucho más allá de la relación familiar cercana que cualquier observador casual hubiera asumido.

Sebastian, con la perspicacia estratégica que había definido toda su carrera, no tardó en reconocer el potencial de esa información. No sabía exactamente qué tipo de relación existía entre Alexander y la joven Wagner, pero la cautela con la que Alexander parecía proteger cada encuentro, la discreción calculada de cada movimiento, sugerían algo que él, con su naturaleza calculadora, podía utilizar a su favor, aunque todavía no supiera exactamente cómo.

"Interesante", pensó, mientras revisaba las fotografías que su investigador había logrado obtener: Niaree, elegante e inteligente, con una belleza que capturaba la atención incluso en las imágenes granulares de un objetivo fotográfico a distancia. Si Alexander sentía algo genuino por esa mujer, entonces acercarse a ella representaba, para Sebastian, una oportunidad doble: la posibilidad de descubrir el secreto que Alexander protegía con tanto cuidado, y simultáneamente, la satisfacción particular de desestabilizar a su rival más persistente exactamente donde más podía dolerle.

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El acercamiento de Sebastian a Niaree comenzó de la manera más natural posible: una donación sustancial al Instituto de Arte Moderno, que le garantizó una invitación a una recepción privada donde sabía, gracias a la información reunida por su investigador, que Niaree estaría presente coordinando los detalles de la exposición.

-Señorita Wagner -dijo, acercándose a ella con la elegancia calculada que había perfeccionado durante años de negociaciones de alto nivel-, había escuchado maravillas sobre su trabajo aquí, pero verlo de cerca supera con creces cualquier expectativa que hubiera podido formarme.

Niaree, sin sospechar en absoluto la verdadera intención detrás de ese cumplido cuidadosamente construido, respondió con la cortesía profesional que definía sus interacciones con los patrocinadores del Instituto.

-Muchas gracias, señor...

-Blackwood -completó él, extendiendo la mano con una sonrisa que resultaba, admitió Niaree internamente, genuinamente encantadora-. Sebastian Blackwood. Acabo de hacer una donación considerable para la próxima exposición de arte contemporáneo.

-Entonces le debemos una gratitud especial -dijo Niaree, con una calidez profesional que Sebastian interpretó, correctamente, como una apertura hacia una conversación más prolongada-. ¿Le gustaría que le mostrara algunas de las piezas que estamos considerando para la colección?

Así comenzó, con una naturalidad que no despertó ninguna sospecha inmediata en Niaree, una serie de encuentros que Sebastian orquestó con la misma precisión estratégica que aplicaba a cada negociación empresarial: invitaciones a eventos culturales relacionados con su creciente interés, según él mismo afirmaba, en el arte contemporáneo; consultas sobre posibles adquisiciones para una colección privada que, aseguraba, estaba comenzando a desarrollar; almuerzos ocasionales donde la conversación fluía con una facilidad que Niaree, gradualmente, comenzó a disfrutar genuinamente, sin sospechar la motivación calculada que se escondía tras cada gesto aparentemente casual.

-Es sorprendentemente fácil hablar contigo -le dijo Niaree, durante uno de esos almuerzos, varias semanas después del primer encuentro-. La mayoría de los patrocinadores solo quieren hablar de números, de retorno de inversión filantrópica. Tú realmente pareces interesado en el arte por sí mismo.

-Tal vez estoy interesado en algo más que en el arte -dijo Sebastian, con una sonrisa que dejaba entrever, deliberadamente, una ambigüedad calculada sobre sus verdaderas intenciones.

Niaree, todavía sin captar del todo la naturaleza estratégica de esos encuentros, sintió una incomodidad leve ante el comentario, aunque lo atribuyó, erróneamente, a un simple flirteo casual sin mayor trasfondo.

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Fue durante una gala benéfica organizada por el propio Sebastian, a la que había invitado deliberadamente a Niaree bajo el pretexto de que su presencia añadiría credibilidad cultural al evento, cuando Alexander finalmente presenció, con una claridad que le heló la sangre, la creciente cercanía entre ambos.




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