Niaree condujo hacia el ático de Alexander esa noche sin recordar realmente el trayecto, las lágrimas nublándole la visión en más de una ocasión mientras las palabras de su padre -*"no seré tu padre"*- resonaban en su mente con una crueldad que todavía no lograba procesar completamente. Llegó al edificio pasada la medianoche, y cuando Alexander abrió la puerta, encontrándola destrozada, con el maquillaje corrido y una expresión de devastación que no había visto en ella desde los días más oscuros de las crisis anteriores, sintió que el corazón se le encogía de una manera que ninguna negociación empresarial jamás había logrado provocar.
-¿Qué pasó? -preguntó, atrayéndola de inmediato hacia un abrazo protector, sintiendo cómo ella se aferraba a su camisa con una desesperación que reflejaba la magnitud del dolor que cargaba.
-Mi padre me dijo que tengo que elegir -logró decir Niaree, entre sollozos que apenas le permitían articular las palabras-. Entre tú y él. Dijo que si me quedo contigo, ya no será mi padre. No de la manera en que lo ha sido toda mi vida.
Alexander sintió que una furia fría se apoderaba de él, mezclada con una culpa devastadora ante la certeza de que su propia relación con Niaree había llevado a Richard a un extremo que, hasta ese momento, Alexander no había considerado remotamente posible viniendo de un hombre que siempre había demostrado una capacidad genuina de amor incondicional hacia su hija.
-Esto es mi culpa -dijo, con una voz cargada de autorreproche-. Si nunca hubiera permitido que esto avanzara, si hubiera tenido el control suficiente para alejarme desde el principio, tú nunca habrías tenido que enfrentar un ultimátum tan devastador de tu propio padre.
-No -dijo Niaree, apartándose lo suficiente para mirarlo directamente a los ojos, con una firmeza que emergía incluso en medio de su dolor-. No te atrevas a culparte por esto, Alexander. Lo que sentimos el uno por el otro es real, y la reacción de mi padre, por más dolorosa que sea, no invalida ni un solo momento de lo que hemos construido juntos.
La condujo hacia el sofá, sosteniéndola mientras el llanto se calmaba gradualmente, sustituido por un agotamiento emocional que reflejaba la magnitud de la confrontación que acababa de vivir.
-¿Qué le respondiste? -preguntó Alexander, con una cautela que reflejaba el miedo genuino de escuchar una respuesta que pudiera confirmar sus peores temores.
-Le dije que no iba a renunciar a ti -dijo Niaree, con una determinación que, a pesar de las lágrimas, no había flaqueado ni un instante-. Que tendría que aprender a vivir sin él si esa era realmente su decisión.
Alexander sintió una mezcla devastadora de gratitud y horror ante esa respuesta: gratitud por la certeza inquebrantable del amor de Niaree hacia él, y horror ante la posibilidad genuina de que su relación pudiera costarle a ella la pérdida completa de la figura paterna que había definido gran parte de su identidad durante toda su vida.
-Niaree, no puedo permitir que sacrifiques tu relación con tu padre por mí -dijo, con una honestidad dolorosa-. Es demasiado precio, demasiado alto, y no estoy seguro de que pueda vivir conmigo mismo sabiendo que soy la causa de esa fractura.
-No eres tú la causa -dijo Niaree, con una firmeza renovada-. Es su propia terquedad, su incapacidad de ver más allá de sus propios miedos y expectativas sobre lo que mi vida debería parecer. Yo elijo amarte, Alexander. Esa elección es mía, no una consecuencia de algo que tú me impusiste.
Se quedaron en silencio un largo momento, ambos procesando la magnitud de lo que acababa de ocurrir, hasta que Alexander, con una determinación que buscaba encontrar alguna manera de aliviar aunque fuera parcialmente el dolor que Niaree cargaba, decidió romper el silencio.
-Voy a hablar con él -dijo-. Una vez más. No para pedirle perdón nuevamente, sino para hacerle entender, de una vez por todas, que su ultimátum no solo está destruyendo la posibilidad de nuestra reconciliación, sino que está a punto de costarle la relación con la persona que más lo ama en este mundo.
-Ya lo intentaste antes -dijo Niaree, con un cansancio que reflejaba meses de intentos fallidos-. No sé si otra conversación va a cambiar algo, Alexander.
-Tal vez no -admitió él-. Pero no puedo quedarme sin intentarlo, sabiendo lo que está en juego.
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Los días que siguieron trajeron consigo un silencio pesado entre Niaree y Richard, un silencio que ninguno de los dos rompió durante casi dos semanas, ambos atrincherados en su propia terquedad herida, esperando, quizás, que el otro cediera primero ante la magnitud del vacío que la ausencia había dejado en sus vidas.
Fue Eleanor Greystone quien, alertada por Alexander sobre la gravedad de la situación, decidió intervenir de una manera que ninguno de los involucrados había anticipado.
-Richard -dijo, presentándose en su casa sin previo aviso, una tarde de mediados de esa semana, con la autoridad tranquila que solo la sabiduría de setenta años podía ofrecer-. Necesito hablar contigo sobre mi hijo y tu hija.
Richard, sorprendido por la visita inesperada de la madre de Alexander, la recibió con una cortesía cautelosa, aunque la tensión en su rostro sugería que ya anticipaba el tema de la conversación.
-Eleanor, aprecio que hayas venido, pero no creo que esto sea algo que necesite discutir con...
-Voy a hablar de todos modos, Richard -interrumpió Eleanor, con una firmeza que no dejaba espacio para evasivas-, porque he pasado los últimos meses viendo a mi hijo destrozado por la pérdida de tu amistad, y ahora escucho que también estás dispuesto a sacrificar tu relación con Niaree por la misma terquedad que ya te ha costado veinte años de amistad genuina.
Richard se quedó en silencio, sorprendido por la franqueza directa de la mujer frente a él.
-Tu hijo mintió durante un año -dijo finalmente, con una defensa que sonaba, incluso a sus propios oídos, cada vez menos convincente después de semanas de reflexión forzada.
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Editado: 20.09.2026