Es extraño cómo hubo varios momentos a lo largo de mi vida en los que tuve la sensación de morir relativamente joven; incluso adapté esos pensamientos a la idea de que todas las personas piensan cosas parecidas de vez en cuando. Pero no era así, no todos tienen esa oportunidad.
Estoy frente a mi hijo, con ojos expectantes; apenas logré cruzar de la entrada a la sala y él ya está enlistando todas las preguntas que tiene para hacer, y comienza en tres, dos, uno:
—Mamá, ¿qué te dijo el doctor?
Está preocupado. Supongo que nadie en casa supo responder sus interrogantes, así que se resignó, como el buen niño que es, a esperar a mamá y sus respuestas.
—Lo de hoy fue un mal comienzo —le explico vagamente—. Dice el médico que, para revisar el cuadro asintomático, hay que hacer más análisis —agrego.
Él intenta procesar la información y suelta:
—¿Quiere decir que irás muchos días al médico, mamá?
Intento respirar profundo, pero él agrega algo más:
—¿No tienes miedo de que te inyecten?
Y así, sin anestesia, me pongo a su altura.
—Tener miedo es solo un momento. Igual se tiene que acudir al médico si es lo que hay que hacer —con ello se tranquiliza y deja estar el resto de preguntas por el momento.
El alivio vuelve a mí, me alejo y digo al aire que necesito un baño. El lugar que los adultos responsables usan para desahogarse. Mi mente repasa sus
palabras, sus dulces y transparentes palabras: "tienes miedo".
Miedo... lo analizo un poco más, hasta que me hago la pregunta por fin: ¿tengo miedo? Pero claro que sí, estoy aterrada. Y comienzo a llorar en silencio.