El Permiso De Una Madre

Capítulo 3: Las grietas en la pared

Decidí que el siguiente paso será programar la tomografía y hablar con mi familia; no puedo dejar pasar más tiempo. Hace días que tengo los resultados del médico y acudí a un instituto de oncología. Estar ahí, sacar una cita, hizo del golpe inicial algo real. La cantidad de familias luchando por algo me dejó sin respiración; por un momento, sentí como todas mis fuerzas se redujeron a cero.

Debí aceptar que Sebas me acompañara a la primera cita; él habría tomado mi mano y el suelo no se sentiría movedizo bajo mis pies. Un temblor que nunca antes había sentido inundó mi cuerpo, mis entrañas se retorcieron solo de pensar que este sitio será muy frecuente de ahora en adelante.

El trato del personal médico es difícil de aterrizar. Son tan atentos como un centro hospitalario requiere, pero hay algo detrás de cada mirada, una reacción que parece casi entrenada para tratar con pacientes. La cantidad de personas que ven al día, con historias diferentes, pero todos con algo en común: una lucha contra el cáncer.

Además de verme abrumada por este giro en mi rutina, orientarme no fue sencillo. Mientras se me explica mi condición, un abismo enorme abre paso frente a mí para crear un sendero difícil de caminar. Me hablaron de niveles elevados de algo que tiene que ver con mis riñones. Es una pena no comprender del todo cada término; eso me genera frustración porque no puedo imaginarme hablando con mi familia de una forma medianamente clara si ni yo misma lo sé.

Antes del diagnóstico, mis malestares se confundieron con dolor abdominal, tomaba analgésicos que causaron una irregularidad que ahora impide realizarme la tomografía; hay que esperar unos días. He notado lo ansiosa que se ha vuelto la espera. Se siente incómodo cuando la palabra ronda; son como múltiples bombas de tiempo encendiéndose con una alarma de cuenta regresiva. En este caso, no defino bien qué es lo mejor: los resultados de golpe o los de forma gradual.

De camino a casa, intento crear mentalmente un pequeño discurso. ¿Qué debería decir exactamente? ¿Cómo debo comenzar? ¿Deberíamos comer primero? Pero, ¿y si pierdo el valor para decirlo después de verlos por un rato? Me mantuve pensando tanto que, cuando llegué a casa, me pareció un viaje más rápido de lo normal.

Al cruzar el umbral de la puerta, ya todos están en la sala esperándome... Está bien, es mejor, así no tengo que buscar el momento adecuado. Mis ojos viajan por todos los sillones para encontrar unos ojitos curiosos, los cuales nunca hallé.

—¿Dónde está Mati? —pregunto, rompiendo la tensión que ya se comenzaba a sentir pesada.

Mamá es quien responde:

—Le pedimos a Sebas que lo llevara a un pequeño paseo.

La observo y asiento lentamente; luego, elijo plantarme en un lugar estratégico de la casa para comenzar a explicarme.

—¿Cómo te fue en los análisis de hoy? —es mi hermana quien pregunta con cautela, pero sus manos nerviosas la delatan; no sabe dónde ponerlas, así que las comienza a frotar de forma pausada.

—Hoy tenía programada una tomografía, pero unos análisis de sangre salieron elevados y me dijeron que tengo que esperar unos días en lo que se estabiliza. Debo dejar de tomar los medicamentos para el dolor.

—¿Por qué has tenido tanto dolor de estómago? ¿Qué te dijeron? —es mi mamá quien hace la pregunta esta vez, pero todos la observan y luego me miran a mí.

De pronto son todas las miradas en mi dirección; ellos no quieren escuchar lo que estoy a punto de decir. Mi papá y mi hermano no han dicho nada; sin embargo, sus miradas... oh no, esas dicen mucho: ninguno está listo para esto.

—El doctor de la familia me pidió hacerme la tomografía porque detectó «cáncer de ovario» —termino con un tono de voz más bajo, como si estuviera tratando de llevar esta conversación a un secreto familiar. Siento pena de darles esta noticia.

El cáncer dejó de ser un tumor en mi cuerpo para convertirse en el peso de sus miradas. Ojalá el suelo movedizo del hospital me hubiera tragado antes de llegar aquí.

Las preguntas de todos comenzaron a llegar de forma desorganizada, excepto las de mi hermana; ella se ha quedado muda. No dice nada, no se mueve, no reacciona. Yo trato, y de verdad intento ser lo más clara posible, pero sé que ellos no buscan saber; solo están asimilando la noticia de forma autocontrolada.

Demasiado, me atrevería a decir, casi como si romperse frente a mí estuviera prohibido de aquí en adelante. Pero yo sé qué hay detrás.

Papá: él está pensando cómo le puede estar pasando esto a su pequeña y no a él, como si fuera un castigo que debería pasar de piel.
Mamá: piensa que no me cuidó lo suficientemente bien como para lograr que yo estuviera saludable.

Mi hermano: él está recordando nuestra infancia, todas las veces que no podía salir a jugar porque estaba enferma. Su hermanita se sigue enfermando como antes.
Mi hermana: la pequeña de la casa, después de Mati... Oh, Mati. Me pregunto si él se pondrá tan asustado como se encuentra mi hermana ahora.

Ella no ha dicho nada aún y, antes de sumirnos en un gran silencio, sale de la habitación y se mete a su cuarto. Segundos después, todos la escuchamos llorar. Quise levantarme para ir con ella, pero fue un esfuerzo que nunca llegó; tuve que permanecer ahí mientras escuchaba cada sollozo.

Entonces, las grietas de cada habitación se hicieron tan grandes que solo pudo venir la destrucción.




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