Cuando escucho la puerta abrirse, me ordeno a mí misma recomponerme; pero, una vez más, la orden no se ejecutó. Observo un punto fijo mientras cierro los ojos un momento, deseando con fuerzas que alguien más tome la iniciativa y rompa este ciclo tenso que se ha creado con mi hermana del otro lado: oculta y, a la vez, no tanto.
Entonces Mati entra, ligero y sonriente, con Sebas siguiéndole detrás. Él pasea su mirada por todos los rostros frente a él y, como un desfile de urgencia, todos se abren paso para salir de la sala, dejándome ahí para enfrentar a Mati. Dada la forma en la que lo he criado, probablemente no sienten que sea correcto intervenir en cómo decida, de aquí en más, tomar las decisiones con mi hijo.
Justo tras esta distracción de todos saliendo del lugar, y con Sebas observando la escena todavía sin comprender exactamente lo que sucede, mi cuerpo por fin me permite ganar la batalla en este pequeño momento. Pero, cuando estaba por sonreír, llegó la pregunta que me desarma:
—¿Mi tía está llorando en el cuarto castigada, mamá? —Eso me roba todo el aliento que disponía usar para sonreír, y sin darme tregua, agrega—: Por eso todos estaban aquí, porque se portó mal y está castigada. ¿Puedo ir a darle un abrazo y decirle que los castigos no duran tanto tiempo? ¿Me dejas hacer eso?
Lo que sea que mi mente se preparaba para decir ya no importa; no tengo palabra alguna que me pueda rescatar; es entonces cuando Sebas hace algo memorable para mí, algo que nunca antes había hecho. Interrumpe el momento madre e hijo:
—Tu tía hoy tuvo un día difícil, Mati. No tiene nada que ver con castigos; será mejor que le demos oportunidad de permanecer en su cuarto.
—Pero mi abuela así la castiga, Sebas. Le dice que vaya a su cuarto. Además, yo vi que todos estaban enojados, mami —él cambia la dirección de la conversación y me mira a los ojos, esperando una respuesta razonable—. Seguro se está portando mal.
—Tu tía —comienzo, tratando de alejar esa terrible idea de un castigo de mi mente y continúo—: No está castigada —declaro por fin, para mirarle a los ojos con una sonrisa que me genera un entumecimiento casi doloroso en mis mejillas.
—Y por esta ocasión, Mati, la dejaremos a ella resolver su malestar, ¿de acuerdo? —Le miro con autoridad y él deja caer sus hombros, comprendiendo que no hablaremos de su tía—. Anda, ve a lavar tus manos, que es tiempo de comer.
Cuando desaparece de mi vista, Sebas me mira impaciente por entender qué ha pasado exactamente, y lo único que consigo decir es que ya les he dicho a todos. Él asiente y saca sus conclusiones del estado de mi hermana, lo cual hace que permanezca en silencio por un momento para luego agregar, con una pizca de reclamo y súplica:
—Pudiste esperarme para decírselos. Quizás tu hermana no hubiera colapsado.
—Sebas, las reacciones de mi familia, te puedo asegurar, no se acercarán ni un poco a tu forma de enfrentar las cosas. No habría diferencia alguna si estás o no; en esta situación nadie tiene el control, y lo mejor será que te vayas acostumbrando.
No quisiera que pareciera que estoy descargando mi frustración en él, pero esa mirada que me da últimamente, al pretender que puede manejar todas las cosas, comienza a molestarme. Es ridículo pensar que alguien puede tener aunque sea un poco de control frente al sufrimiento de los demás.
La noche llega y mi mente no me permite descansar. Repito una y otra vez todo lo que pasó hoy. Fue un día complicado desde que desperté; ya estaba bastante nerviosa por lo que me dirían en el hospital. No sé bajo los efectos de qué pude llegar a pensar que hablar de los resultados de hoy con mi familia era buena idea.
Me liberé de la conversación, es verdad, pero el costo fue un agotamiento que me hace sentir que envejecí diez años más de golpe. Supongo que esto fue de lo que me habló el oncólogo al recomendarme llevar las diferentes etapas del proceso de la mano con apoyo psicológico. No lo voy a negar: en el momento lo descarté de inmediato, creí que había prioridades, pero ya veo que si no me ocupo de eso, lo más probable es que termine, además de todo, enloqueciendo.
No supe en qué momento me quedé dormida, pero lo logré y me dispuse a tener un día más o menos tranquilo. O bueno, esa era la idea inicial antes de salir de mi habitación; con lo que no contaba era con toparme, a primera hora del día por el pasillo, con mi hermana: con unas pronunciadas ojeras bajo sus ojos, como quien pasa la noche en vela llorando.
Esa imagen de ella no solo me robó toda la energía que logré reunir; también aniquiló el valor para enfrentar este día y, más importante aún, me rompió el corazón. Comprendo que esa es la cara de la verdad. Si todos pudiéramos ser tan valientes como mi hermana de permitirse atravesar así los momentos más duros que la vida presenta... bueno, hoy seríamos cinco adultos viéndonos completamente destrozados. La belleza de la juventud es permanecer en el presente sin sopesar demasiado lo que busco proteger en el futuro.
Ese contraste entre mi hermana y yo es lo que me hace cuestionarme, desde anoche, si estoy haciendo lo correcto o si, tal vez, estoy siendo muy cruel con todos.