Estos tres días antes de la tomografía se convirtieron en un túnel emocional. Ver a mi familia intentar con todas sus fuerzas —hasta donde les fue posible— actuar con normalidad, no fue sencillo.
Mi hermana me ha evitado; no es capaz de verme. Para ella es claro que ya no le proyecto vitalidad. Este cambio está generando un fuerte colapso en lo que ella alguna vez conoció; no la culpo. Ella es más fatalista: observa un fin en un tiempo estimado de aquí a mañana. Mi hermano, por su parte, intenta hacer como si nada estuviera pasando; actúa como si esa conversación nunca hubiera existido.
Mamá, se está enfocando en mi hermana. Fue a hablar con ella después; no sé qué dijeron, pero entiendo que, para mamá, enfocarse en ella por ahora tiene mejores resultados que conmigo. Y papá... bueno, papá es un enigma para mí. Ese hombre puede estar diciéndote todo con su silencio y, al mismo tiempo, no decir absolutamente nada. Puede tener las respuestas frente a mí y yo podría no entender una sola palabra. Así que ambos nos limitamos a mantener la relación padre e hija de siempre: concretos y listos para la acción.
Papá me acompaña hoy. Lo observo impávido ante el trato de los médicos; no se muestra curioso dado el contexto, solo es observador. Se presenta como la compañía perfecta: ni muy silencioso para no sentirlo, ni muy ruidoso para abrumarme. Me comenta cosas prácticas que el momento requiere:
—No olvides tu carpeta con los pases médicos, mi vida —me dice. Estaba por dejarlos en la banca de espera.
La tomografía es un proceso rápido en sí. Una vez que el informe del radiólogo sea enviado al oncólogo, me pedirán regresar, lo que nos pone bastante tensos a ambos. Este es el primer paso para determinar mi tratamiento posterior y, dadas las circunstancias, puede ser cualquier escenario posible. No existe un punto medio: o es malo, o es muy malo.
Sebas propuso acompañarme a la cita dentro de dos días, lo cual me parece prudente. Papá es mi debilidad, sin duda; me doy cuenta de que ante él la elocuencia de mis palabras se vuelve torpe. Es decir, hablo, pero no de la forma que quisiera; no, al menos, como con el resto de las personas.
En cuanto a Mati, con él solo he estado estirando la cuerda floja lo suficiente como para tener, por lo menos, un mapa con un camino más despejado. No tengo la más mínima idea de cómo llevaré esa conversación. Cuando estamos pasando tiempo juntos, puedo notar que sus ojitos curiosos acompañan movimientos torpes hacia mí. Su forma de entender los cambios que no se están diciendo, pero sí sintiendo, es moverse con cautela cuando estoy presente.
—Mami, ¿podemos comer pollo frito? ¿Te gustaría comerlo? —me pregunta.
—Claro —respondo con ánimo.
Él sonríe satisfecho, como quien resuelve y salva el día en cuestión de minutos.
***
Entre idas y vueltas el tiempo pasó y aquí me encuentro, con un ligero temblor en mis manos que ahora sostienen todo el peso de los resultados. El oncólogo comienza:
—El cáncer se encuentra en etapa avanzada.
La primera oración punzocortante que retumba por toda la habitación.
—El engrosamiento en la superficie del abdomen indica implantes, los espacios oscuros indican líquido libre y...
El doctor continúa hablando, pero he dejado de escuchar. Mi mente comienza a dar vueltas alrededor de la primera línea de palabras con la que comenzó esta cita.
—En una situación así, se requiere una biopsia con aguja guiada por tomografía para extraer tejido y determinar las células cancerosas y el tipo exacto.
Me anota la siguiente cita, previamente acordada con el radiólogo antes de que yo supiera mis propios resultados. Ellos se mueven a la perfección por este camino tan nuevo para mí; me pregunto si algún día podré estar familiarizada con esto como ellos lo están. La cita concluye con una explicación de lo que el siguiente procedimiento implica, lo cual parece ser el comienzo. No sé cuántos comienzos llevo; todo es tan nuevo que, inevitablemente, cada parte es un inicio aterrador.
Adelantándome un poco a todo esto, me animo a preguntar una cosa más por hoy:
—Según los resultados, después de este procedimiento, ¿qué es lo que seguiría? —mi voz suena ansiosa, y eso me hace sonreír internamente. Siempre tan controladora, pero nunca tan asustada.
—Para encoger los tumores principales, el objetivo es limpiar las zonas más difíciles a través de tres quimioterapias neoadyuvantes; posterior a eso se realiza la cirugía para la citorreducción. Lo que buscamos con la biopsia es saber si la cirugía se hará de inmediato o después de debilitar el cáncer.
"Debilitar al cáncer". Aquello me resuena durante todo el camino. Lo pienso tanto hasta que se lo declaro a Sebas:
—El doctor dice que debilitará el cáncer avanzado con tres quimioterapias más adelante... pero Sebas, ¿crees que eso es posible? Porque yo no.
Sebas, por primera vez, no intenta calmarme con sus palabras protectoras a las que ya me había acostumbrado un poco. Supongo que él también se está cuestionando si aquello dicho por el doctor es posible.
Curiosamente, él solía decirme que mis preguntas le resultaban las más atractivas y atrevidas que había escuchado jamás, que le dejaban un vacío existencial que lo obligaba a saber más de todo.
¿Será que mis preguntas aún le resultan atractivas?