La cita para la biopsia fue programada por la mañana. El médico me dijo que el procedimiento no es tardado, pero que aún así debo estar en observación por un par de horas o más.
En casa las cosas no van bien, así que Sebas y yo coincidimos en que sea él quien me acompañe en la primera intervención. Hemos tenido que ajustar las rutinas de forma obligatoria, lo cual me genera preocupación y estrés; no he logrado descansar bien, solo he estado sopesando todo lo que ya comienza a cambiar.
Sebas me acompañará en la sala de preparación, antes y después de la biopsia. Intentó ayudarme, pero le he pedido que esté tranquilo, que puedo encargarme por ahora de esto sola. Intenté convencerle mencionando que será al salir de ahí cuando quizás necesite sus cuidados; él me deja estar, pero puedo verle ansioso, como si no supiera qué hacer con sus movimientos inquietos.
Una enfermera amable me pide entrar a la sala con el radiólogo. El ambiente cambia de forma brusca: con Sebas me siento a la delantera porque él me deja hacerlo así; con el médico, por otra parte, no hay ninguna ventaja a mi favor: todo se reduce a seguir indicaciones.
Él explica todo el procedimiento de forma rápida, o al menos así me parece a mí. Después me pide que me acueste en una camilla a la que no puedo notarle textura alguna. Mi mente solo está enfocada en cómo se va a sentir esta invasión a mi cuerpo; al parecer no va a doler, pero tengo mis reservas.
Después de anestesiar la zona de la cual extraerán muestras, el doctor me indica que va a introducir la aguja. Sí puedo sentir la puntada en el costado de mi abdomen, pero es verdad, no duele; al menos no aún.
Antes de apartar cada cilindro con muestras, se emite un sonido fuerte que inunda toda la habitación en cada muestra que extraen y mi cuerpo sufre una separación sensorial, como si mi mente y mi torso dejaran de habitar el mismo organismo. Nada duele; son solo mis pensamientos los que hacen de esta intervención una invasión que me resulta extrañamente dolorosa.
La máquina emite un zumbido eléctrico, un ronroneo constante que parece vibrar en mis huesos. Me piden que no respire, y en ese silencio forzado, solo escucho el giro frenético del anillo a mi alrededor. Es irónico: la tecnología necesita que yo deje de actuar como un ser vivo —que no respire, que no me mueva— para poder retratar lo que me está matando por dentro.
Cuando paso a la sala de cuidados, encuentro los ojos miel de Sebas angustiados, como si le hubiera estado preguntando muchas cosas a la señorita amable de hace rato. En ese momento me doy cuenta de lo tenso que estuvo mi cuerpo en todo momento.
—¿Cómo te fue? —me pregunta, repasando cada parte de mi cuerpo cubierto por una bata de tela delgada.
—Estuvo bien, no me dolió —le respondo con una pequeña sonrisa curvada.
Las horas de espera pasaron rápido. Sebas y yo nos dispusimos a hablar de cualquier tema que no tuviera relación con el hospital; nos distrajimos observando el espacio que nos rodeaba y lo nuevo que era todo, como si lugares así tuvieran guardado un mundo misterioso que siempre me había estado esperando.
Al salir, nos informaron que los resultados estarían en un lapso de siete a catorce días, lo cual para ambos fue un golpe que nos mantuvo sumergidos en un gran silencio. Al llegar a casa, Sebas se fue rápido para continuar con sus pendientes; antes de despedirse, solo me recordó lo inevitable:
—¿Amor?
—Mmm...
—¿Ya sabes cómo hablarás de esto con Mati?