—Me habría gustado que me llamaras.
Sebas llegó a casa después de recibir mis mensajes. Él no lo sabe, pero es mi recurso para dosificar el impacto de las noticias; al mismo tiempo, es mi medidor emocional: al ver sus reacciones, marco un mapa con dirección a cómo tomarán la noticia los demás.
—No fue algo premeditado. Ayer estaba en las compras del súper y me llamaron avisándome; no lo pensé mucho y en el momento programé la cita para hoy, tenían un espacio disponible —me sorprendí al notar que le estaba explicando con un tono culpable.
—Pero a quién le hubieras dicho... tu mamá, tu papá, cualquiera te pudo acompañar —su tono es suave, pero no puedo evitar sentirme regañada, casi como cuando era niña y actuaba con imprudencia.
—Ya han hecho todos muchos ajustes estos días, actué por inercia.
Su mirada se suaviza más y toma mi mano en un gesto que antes me era imperceptible.
—Lo siento —me dice. —Estoy encima de ti todo el tiempo, no sé cómo explicarlo, pero se siente como una urgencia que no me abandona.
—También lo siento, Sebas. Para mí fue una actividad como cualquier otra que solía realizar; me moví con la independencia de siempre.
—Mis intenciones no son abrumarte.
El tema se cierra y no hablamos de los mensajes que le envié horas atrás. Le dije que mañana le diría a los demás y solo respondió que él estaría ahí también.
Llevamos a Mati a un pequeño festival de niños donde tendría una participación de canto. Ese pequeño cambio de dinámica me permite salir del trance del diagnóstico de hoy.
—¡Mamá! —me dice Mati emocionado—. ¿Me viste? ¿Viste que no se me olvidó ninguna parte de la canción?
—Claro que te vi, lo hiciste muy bien.
Él me regala una enorme sonrisa de autosuficiencia y se va corriendo con sus amigos.
Con esa imagen en mente, llego hasta mi habitación para tener un momento a solas.
Me toma un momento llegar hasta el sobre que contiene todos los resultados de los análisis que me han estado realizando durante este mes. No me doy cuenta cuándo me sumerjo a repasarlos uno a uno: pruebas de sangre, términos incomprensibles, números que parecen claves imposibles de descifrar.
Hasta que finalmente llego a los resultados de hoy.
Lamentablemente, no fui tan preparada a la cita para la entrega de ellos; fue tanta la información que me cuesta trabajo recordarla toda.
Debí llevar una libreta.
"Cistoadenocarcinoma seroso de alto grado de ovario, Estadio IV-B (FIGO) con metástasis hepáticas parenquimatosas".
Ese es el nombre y apellido del cáncer que convive con mi cuerpo. La traducción es: cáncer de ovario, etapa 4 con afectación al hígado; lo que convierte en realidad las quimioterapias y todas las conversaciones que vendrán en torno a esto.
Para que no sea una noticia tan desalentadora, el oncólogo me explicó que las células de alto grado crecen rápido y son agresivas, pero son las que mejor responden a la quimioterapia; las estadísticas dictan que, usualmente, el tratamiento es efectivo para combatir las células malignas.
Pero prefiero no poner mucho peso y valor a esas estadísticas. No se puede saber ni dar por sentado nada en una situación así; no puedo permitirme tanta ambición.