El Permiso De Una Madre

Capítulo 8: ¿6 horas?

Decidimos hablar de la nueva situación fuera de casa; no quería que cada rincón de nuestro hogar conservara las conversaciones más amargas sobre mí.

Esta vez dejamos fuera de la ecuación a Mati y a mi hermana. Nos organizaremos entre los adultos para las quimioterapias. Aunque a mi hermana le va a molestar, la verdad es que saber lo que sucede solo la va a traumatizar. Esta vez nos encargaremos nosotros.

Yo, fiel creyente de que es mejor la honestidad bruta, aquí me encuentro: organizando a mi familia y protegiendo a los menores. ¿No es la vida sabia? Será mamá quien hable con mi hermana después.

—Mamá, papá... la etapa es avanzada —solté la información esencial, midiendo el peso de cada palabra—. Antes de la cirugía, necesitan realizarme tres quimioterapias. No pueden adelantar nada sin antes terminarlas. Ya revisamos lo que se podrá cubrir con el seguro y, de momento, es algo que podemos intentar.

Todos me miraron por unos largos segundos.

Sinceramente, no sé en qué parte de mis palabras se quedaron atrapados.

—¿Cuándo comienzas? —preguntó mamá, rompiendo el silencio y las miradas.

—En tres semanas. Tengo que hacer algunos estudios previos y colocarme un dispositivo para el tratamiento. Después serán las dosis; una cada veintiún días.

—¿Estás segura de que el seguro cubrirá los gastos? —interviene papá—. Debes decirnos cualquier cosa para ayudarte con lo que necesites, ¿entendido? —Me miró enfatizando las palabras de esa forma tan suya, cuando decide que su palabra será la última.

Mi hermano no dijo nada. Nunca dejó de mirarme. Incluso Sebas lo notó, pero hicimos como si no estuviera impactado, sus ojos delatan un plan interno que seguro tiene que ver con mil formas de salvar a su hermanita. Quiero creer que es el precio que se tiene que pagar por intentar actuar como si nada pasara.

Regresamos a casa y le dije a Sebas que no hablaría con Mati hasta después de la primera quimioterapia. No quiero anticiparlo ni generarle miedo. Enfrentaré las consecuencias una vez puesto todo en marcha. Por ahora, para someterme a las firmas, las autorizaciones del seguro y los estudios previos, me es indispensable reunir toda la energía posible. Necesito estar entera para manejar el frente familiar más adelante.

***
—Favor de pasar a la sala de infusiones.

La voz en el altavoz de la sala de espera indica mi turno.

Me apresuro a comenzar el recorrido con un palpitar extraño en el pecho. Sebas y mamá me miran casi suplicando que cambie de opinión. Ambos pegaron el grito en el cielo cuando las enfermeras les indicaron que tendrían que aguardar afuera. Sabían perfectamente que yo lo había solicitado así. Estuvieron contando a los pacientes que ingresaban con al menos un acompañante y no tardaron mucho en comprender mi jugada. No dijeron nada, pero sus ojos imploraban que me arrepintiera

Crucé el umbral y el ambiente cambió. Ahora solo una pared nos separaba. Me acomodé en el sillón reclinable que me asignaron y la enfermera oncóloga se acercó. Comenzó a palpar mi pecho buscando el relieve del catéter que me habían implantado hace una semana. Mi piel aún luce un hematoma casi imperceptible; apenas comenzaba a sanar.

Cuando vi la aguja acercarse a la zona, mi memoria sensorial se activó y el corazón comenzó a palpitarme desenfrenadamente. Nunca había visto algo así: una aguja gruesa, doblada en un ángulo exacto de noventa grados. La voz de la enfermera me saca del estupor y me indica que respire profundo.

Un dolor agudo, un pinchazo seco y el sonido de un crack plástico al encajar en el dispositivo me regresaron al presente. Tras los movimientos firmes de la enfermera para fijar el parche, el miedo desapareció apenas unos segundos después. Aspiró con una jeringa, vio regresar un hilo de sangre y sonrió: la vía estaba lista.

—Primero pasaremos la pre-medicación para las náuseas y la alergia —explicó, colgando las primeras bolsas transparentes en el poste—.

—Luego iniciaremos con el Paclitaxel, que tarda unas tres horas, y cerraremos con el Carboplatino, que es una hora más. Puede sentir algunos síntomas, trate de permanecer relajada. Solo así el tiempo pasará rápido.

Le siguieron indicaciones y más indicaciones que mi cerebro, aturdido por los antihistamínicos que ya corrían por mis venas, apenas lograba procesar. El tiempo en la sala se volvió espeso, medido solo por el goteo constante de las bombas de infusión.

Creo haber cedido al sueño en algún momento, pero un ruido en las máquinas con la paciente a mi lado me despertó y por un momento breve el desconcierto me alteró, hasta que lentamente caí en cuenta de dónde me encontraba; dormir no sería opción, prefería contar el eterno goteo si era necesario.

Al final del larguísimo día, mientras Sebas me ayudaba a levantarme del sillón con una lentitud que no me pertenecía, lo único evidente y real era un sabor metálico en mi boca que me pareció repugnante.

El veneno estaba dentro, y la cuenta regresiva de los veintiún días acababa de comenzar.




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