El Permiso De Una Madre

Capítulo 12: 1, 2 y 3.

⚠️ Advertencia de contenido: Este capítulo aborda temas de depresión severa, agotamiento emocional extremo debido a una enfermedad terminal y pensamientos relacionados con el deseo de morir. Si eres sensible a estos temas, por favor lee con precaución.

—¿Quieres que me quede contigo hoy? —me pregunta con tono preocupado. Después de la "última" infusión era evidente lo débil que mi cuerpo se sentía; sin embargo, prefiero estar sola.

—Estoy muy cansada —consigo decirle—. Quiero tener un poco de espacio, si te parece bien.

Su mirada se vuelve pesada, como si reprobara mi idea; sin embargo, se rinde cuando ve mi cara fastidiada. Últimamente siento eso: un fastidio enorme por los detalles más pequeños de mi existencia.

—Lo que necesites, estaré pendiente. Por favor, háblame.

—Está bien, no te angusties tanto. La psicóloga me recomendó llevar algunas emociones bajo mis propios medios; necesito pasar un tiempo a solas.

Eso lo deja más tranquilo, o simplemente se rinde ante la petición. Me toma las manos con calidez y ofrece un corto abrazo del cual me retiro todavía más rápido. Como ya mencioné, la mezcla de aromas —a medicina, a hospital y a él— me fastidia.

Sebas permanece en la habitación sin invadir mi intento de cerrar el día; me deja saltar a esos pensamientos absurdos que me acompañan cuando sujeto el papel y la pluma por unos momentos, antes de respetar mi petición e irse.

El contraste hospital-casa ha sido una rutina que me tiene en un bucle de emociones al cual aún no logro adaptarme del todo; está tomando tiempo. El hospital es una locura; me di cuenta de que la comunidad del cáncer es tan amplia. Me resulta abrumador.

Hoy, por ejemplo, Valentina me habló de lo mal que se sintió durante toda la semana, pero como al final consiguió un poco de alegría al ver a sus tíos lejanos. Es muy extraño, e incluso se siente mal, sentirte bien por tener mejor pronóstico que otros; eso también es aterrador, para ser honesta.

Vale lleva tres cirugías e intervenciones de emergencia. En la última, solo mencionó sentirse aliviada de despertar y ver que no estaba rodeada de ángeles. A pesar de que ya sabía cómo funcionaba este proceso, siempre habla de cómo cada operación la aterra. Tanto, que tuvo que enfrentar a su familia en cada una y despedirse con valentía por si las cosas se complicaban. Estar en la plancha es un miedo que no sabíamos que podía ser tan resistente, incluso al mismo dolor de saber que tienes cáncer.

Esta mezcla de sentimientos es la guerra más grande a vencer todos los días, según como yo lo veo. Hemos hecho algunas cosas para mantenernos fuertes, pero aún no desciframos si es que nos acostumbramos tanto al dolor que lo buscamos de forma inconsciente, o si solo buscamos que el tiempo tenga sentido aquí. Podrían ser ambas.

En ocasiones vamos a ver a los niños. Verlos dispuestos a luchar con toda la esperanza nos ayuda a seguir; nos conformamos con continuar y aceptar los resultados del día a día. Otros días solo hablamos de eso: detalles que evitamos compartir con nuestra familia para no perturbar la esperanza que ellos tienen en cada tratamiento. Como dije: una absoluta locura lo que el hospital y el área de oncología generan.

¿Cómo puede el tratamiento ser el ancla a la lucha al mismo tiempo que te deja sin aliento para continuar por los siguientes veintiún días? Cada vez es incluso peor que la anterior.

Dentro del cuarto está la realidad del paciente: dolor, expectativa, miedo, rendición. Luego sales al pasillo y el cambio de escena es otro; las familias realmente esperan con el mejor ánimo que esta situación puede proporcionarles. Ellos esperan por ti, que te alivies, que estés bien, que quimio tras quimio aumente la esperanza y se quite el dolor.

Un dolor que no ha desaparecido un solo momento, si me lo preguntas. Cuando no es el tema físico, llega el dolor emocional. Y cuando menos lo esperas, el tiempo pasó tan rápido que ya es hora de la siguiente cita. Un laberinto sin salida se me ocurre para describirlo. La psicóloga recomendó trabajar estas emociones en un diario personal; pero cuando me obliga a ser honesta como hoy, el papel arrugado en mis manos hace evidente el dolor físico y un sentimiento patético de inutilidad.

—¿Algo más que pueda hacer por ti antes de irme? —me dice de una forma que siento es la más natural que tiene para estar calmado ante la idea de dejarme sola.

—Sí —le respondo y, tras una breve pausa, tomo un suspiro para continuar—: ¿podrías darle contención a mi hijo?

Su atención cambia por completo. No esperaba que se lo pidiera y veo que su postura cambia en un segundo, entrando en alerta.

—¿Qué pasa? —me pregunta.

—Pienso que él está evitando hablar de cómo se siente y no quiero que pase por esto sintiéndose solo, pero ahora mismo no puedo estar ahí —le menciono.

Él comprende, como siempre hace, y me tranquiliza. Sin embargo, lo importante aquí es que me doy cuenta de lo mucho que cambió todo. Antes, cuando recién me enteré del diagnóstico, entré al baño para llorar en soledad con profundo miedo a cuando los demás supieran. Hoy, pido todo un espacio en grande para estar sola porque estoy realmente cansada de todo.

«Ya no me quedan más sonrisas para dar; he agotado todos los argumentos para estar bien. Llegó un punto en que no pienso en los demás; esto es tanto que mi mente solo consigue aceptar que voy a morir. Y esa idea no puedo compartirla, porque ellos están aferrados a la idea de que todo estará bien.

Estar bien es solo una ilusión; pues, antes, durante y después del tratamiento me doy cuenta de que no va a funcionar. Mi aliado en este momento es aceptar que moriré y que es mejor estar lista para despedirme.

Aceptar la muerte tiene sus ventajas: te permite descansar del aliento respirando por encima de ti, noche y día, asustándote porque en cualquier momento sea el final.

Mi mente ya aceptó que quiere morir».




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