A tres kilómetros de allí, en el ático de la Torre Sterling, Julian Vane ajustaba el nudo de su corbata de seda frente a un espejo que ocupaba una pared entera. Su oficina no era un lugar de trabajo; era una declaración de guerra arquitectónica. Acero, cristal y una vista de la ciudad que lo hacía sentir como el dueño de un tablero de ajedrez.
—El Fiscal General está preocupado por la nueva investigación de Lumina, Julian —dijo una voz profunda desde las sombras.
Elias Sterling, el hombre cuya fortuna Julian protegía con la ferocidad de un doberman, estaba sentado en uno de los sillones de cuero. Sterling no preguntaba, exigía.
—La fiscal Thorne es el problema, Elias. Es incorruptible, o eso cree la prensa —respondió Julian, girándose con una sonrisa cínica—. Pero todos tienen una grieta. Solo hay que saber dónde golpear. He enviado el anzuelo. Ahora solo queda esperar a que ella se dé cuenta de que su integridad es una moneda devaluada.
Julian recordaba a la joven Valeria del juicio de hace quince años. La recordaba llorando en el banco de la iglesia mientras él, un joven asociado en aquel entonces, se aseguraba de que Arthur Thorne nunca volviera a ver la luz del sol. Aquel era su mayor secreto, y ahora, aburrido de la facilidad con la que manipulaba a los jueces, había decidido que Valeria sería su proyecto de demolición personal.