La luz de la lámpara de escritorio era el único faro en la oficina de Valeria a las tres de la mañana. Elena estaba sentada frente a ella, con las gafas en la punta de la nariz y los dedos manchados de tinta. Juntas, estaban realizando una auditoría forense manual de los registros de propiedad de 2011.
—Aquí está —susurró Elena, señalando una entrada borrosa—. La empresa Vanguard Investments. Compró tres terrenos baldíos justo antes de que se anunciara la construcción del nuevo palacio de justicia. ¿Sabes quién firmó como testigo de la transacción?
Valeria leyó el nombre y sintió una náusea repentina: Arthur Thorne. Su padre no solo había sido un chivo expiatorio; había sido un facilitador activo antes de que lo desecharan.
La puerta de la oficina se abrió de golpe. Julian Vane entró, trayendo consigo el aroma de la noche y el peligro. —Sterling sabe que estás mirando los registros de 2011, Valeria. Ha enviado a Garrick a "limpiar" los archivos físicos mañana temprano. Si no sacas esos documentos de aquí ahora, Elena y tú serán el próximo titular de la sección de sucesos.
La escena se alarga con la frenética carrera por fotocopiar y ocultar las pruebas antes de que el edificio sea "auditado" por los hombres de Sterling. La complicidad entre la fiscal y el abogado corrupto nace aquí, entre el zumbido de la fotocopiadora y el miedo compartido.