La Estación Central estaba envuelta en una niebla espesa que filtraba las luces de neón. Valeria esperaba en el andén 4, apretando un sobre que contenía un cheque de gerencia por cincuenta mil dólares. El dinero no era de la fiscalía; era de una cuenta personal de Julian.
Riva apareció entre la multitud, oculto bajo una gorra de béisbol. Se veía demacrado, el hombre que una vez fue el terror de las calles ahora temblaba por la falta de alcohol o por el exceso de terror. —Espero que esto valga mi vida, Fiscal —dijo Riva, mirando el sobre con ansia y asco a la vez.
—Dime quién dio la orden de detener a mi padre antes de que se presentaran las pruebas —exigió Valeria. —Fue Sterling, pero la logística... la logística fue de Vane. Él preparó el escenario para que tu padre pareciera el cerebro de todo. Vane no es tu aliado, Thorne. Te está usando para limpiar sus propios pecados.
Valeria le entregó el cheque. El peso del papel en su mano se sintió como plomo fundido. Acababa de sobornar a un testigo con dinero sucio. La ley que tanto amaba acababa de morir un poco más en su interior.