El parking subterráneo de la fiscalía era un desierto de columnas de hormigón y luces intermitentes. Valeria caminaba hacia su coche cuando una mano la interceptó y la empujó contra la pared. Era Julian.
—¡Riva me lo ha contado todo! —gritó Valeria, intentando zafarse—. Tú preparaste el escenario. Tú hundiste a mi padre para ganarte el favor de Sterling.
Julian no la soltó. Sus rostros estaban a milímetros. —¡Claro que lo hice! Era un joven asociado con hambre y tu padre era un hombre que ya estaba podrido por dentro. Pero ahora, esa misma mierda me va a sepultar a mí si no te ayudo a hundir a Sterling. No me busques moralidad, Valeria, busca resultados. Yo tengo las claves de las cuentas en el extranjero. Tú tienes el poder de firmar las órdenes de registro.
Se miraron con un odio que quemaba, pero también con una comprensión absoluta. Eran dos parias unidos por el mismo pecado. El choque de egos se transformó en un pacto silencioso: usarían el barro para construir una horca para Sterling.