Se trasladaron al loft de Julian, un espacio minimalista en la zona industrial que servía como su verdadera base de operaciones. El lugar estaba rodeado de monitores que rastreaban flujos de dinero en tiempo real y señales de radio policiales.
Valeria se paseaba por la sala como un animal enjaulado mientras Julian tecleaba con una velocidad mecánica. —He rastreado el GPS del coche de Elena. Se apagó cerca del muelle industrial de Blackwood. Sterling la tiene cerca de la prisión. Es poético, ¿no crees? Tiene a tu pasado en una celda y a tu presente en otra.
—¿Por qué me ayudas, Julian? Podrías simplemente huir con el dinero que has escondido todos estos años —preguntó Valeria, deteniéndose frente a él.
Julian se detuvo y la miró. Por primera vez, el cinismo desapareció de su rostro. —Porque Sterling cree que me posee. Y porque verte perder esa mirada de justicia ciega me recuerda que yo también tuve una antes de que él me la arrancara. Además... —hizo una pausa, su voz bajando un tono—... Elena es la única persona en este mundo que todavía te mira como si fueras una buena persona. No quiero que pierdas eso también.