La residencia de Cora Thorne olía a lavanda y a olvido caro. Valeria entró sin llamar, cruzando el salón lleno de fotografías de una vida que nunca existió: retratos de familia felices donde Arthur sonreía, antes de que el acero de las rejas borrara su gesto.
—Valeria, hija, no esperaba... —comenzó Cora, pero se detuvo al ver la expresión de su hija.
—Dame las fotos, mamá. Las del entierro de Varga —la voz de Valeria era un susurro gélido—. Sé que las tienes. Sé que Sterling te paga para que no las entregues.
La discusión se extendió por veinte minutos de reproches amargos. Cora lloró, apelando al "sacrificio" que había hecho para mantener el estatus de Valeria. Valeria, en cambio, empezó a vaciar los cajones de la cómoda de su madre, lanzando la ropa de seda al suelo. No había piedad. Julian, apoyado en el marco de la puerta, observaba cómo Valeria se transformaba en un verdugo emocional.
—¡Es por tu bien! —gritó Cora, desesperada. —No, mamá. Fue por tu collar de esmeraldas.
Cuando Valeria finalmente encontró el doble fondo en el joyero, sacó un sobre de papel fotográfico viejo. Las imágenes mostraban a un joven Sterling supervisando cómo Garrick cavaba una fosa. Al salir de la casa, Valeria no miró atrás cuando su madre colapsó en el sofá. Julian la tomó del brazo al llegar al coche. —Acabas de matar a tu madre en vida, Valeria. —Ella se suicidó el día que aceptó el primer cheque de Sterling —respondió ella, arrancando el motor.