La noche antes del asalto a Blackwood, el silencio en el loft fue absoluto. Valeria estaba frente al ventanal, mirando su propio reflejo. Sus manos, que antes solo sostenían códigos penales, ahora temblaban levemente.
—Dime que todavía queda algo de mí —susurró, sin girarse.
Julian se acercó y la rodeó con sus brazos. No hubo seducción, solo el peso de dos náufragos aferrándose el uno al otro antes de que la ola los golpeara. Valeria se desmoronó. Lloró contra su pecho, un llanto seco y silencioso que duró horas. Julian no dijo nada; simplemente la sostuvo, comprendiendo que ese era el funeral de la mujer que Valeria Thorne solía ser.