El túnel de mantenimiento de la Prisión de Blackwood olía a humedad y a óxido. Julian y Valeria, vestidos con uniformes de técnicos, avanzaban bajo la luz de una linterna sorda. El sonido de los ventiladores industriales ocultaba sus pasos.
—Si la alarma suena, Riva nos dejará encerrados. Él no vendrá por nosotros —susurró Julian, revisando un mapa digital en su muñeca.
Cada paso era una secuencia de suspenso. Se ocultaron en las sombras cuando una patrulla de guardias —hombres en la nómina de Sterling— pasó por encima de las rejillas. La extensión aquí permite sentir el miedo visceral a la captura: el roce del hormigón, el goteo de las tuberías y la respiración contenida de Valeria mientras pasaban a centímetros de una cámara de seguridad que Julian había "congelado" temporalmente.