El estruendo de las puertas de acero sellándose tras ellos resonó en el túnel de mantenimiento como un disparo. Valeria corría sosteniendo a Elena, cuyo hombro sangraba tras un roce de bala en el pasillo. Julian cerraba la marcha, moviéndose con una eficiencia táctica que Valeria no le conocía; cada vez que una sombra se asomaba por las rejillas de ventilación, él respondía con una ráfaga controlada que mantenía a raya a los hombres de Garrick.
—¡Faltan doscientos metros para la salida de drenaje! —gritó Julian sobre el zumbido de las alarmas.
El túnel se volvía cada vez más estrecho y el agua estancada les llegaba a los tobillos. Valeria sentía el peso del sacrificio de su padre en el pecho, una presión física que le impedía respirar. Al llegar a la escotilla de salida, Riva los esperaba en una furgoneta sin luces. El detective tenía el rostro empapado de sudor y el motor rugía como un animal herido.
—¡Suban! ¡Sterling ha bloqueado las carreteras principales! —rugió Riva mientras Julian lanzaba a Elena al interior y luego ayudaba a Valeria.
La furgoneta arrancó derrapando justo cuando las luces de los helicópteros de la prisión empezaron a barrer la zona boscosa. Valeria miró por la ventana trasera hacia la mole de hormigón de Blackwood, dejando allí su pasado, su apellido y la última pizca de la mujer que creía ser.