Se refugiaron en un piso franco de Julian, una estructura de hormigón visto donde el lujo se encontraba con la paranoia. Pasaron la noche en vela, preparando los archivos, encriptando copias de seguridad para Elena y revisando cada línea del Código Penal.
Al amanecer, Valeria se miró en el espejo. Se puso su mejor traje sastre, el de color azul medianoche, y se recogió el pelo con una severidad que asustaba. Julian entró en la habitación llevando dos tazas de café. No hubo palabras de amor, solo un silencio compartido que pesaba más que cualquier confesión.
—¿Estás lista para morir profesionalmente, Fiscal? —preguntó Julian, ofreciéndole una taza. —Ya estoy muerta, Julian. Solo voy a entregar el cuerpo.
Julian le entregó un sobre pequeño. Dentro estaba el gemelo de plata de su padre que ella había dejado olvidado en el loft. Ella lo guardó en su bolsillo como un amuleto de guerra. Salieron del piso franco sabiendo que el mundo que conocían dejaría de existir en menos de tres horas.