El Peso del Legado

I

OLIVIA
El aire en el vestíbulo de la Facultad de Negocios olía a una mezcla asfixiante de cera para madera antigua, perfume de diseñador y el aroma metálico del dinero recién impreso. Cada paso que daba con mis zapatos de imitación de cuero, comprados en una rebaja de fin de temporada, resonaba contra el mármol pulido como una confesión de mi intrusión. En este lugar, el silencio no era ausencia de ruido; era una barrera de clase.

Ajusté la correa de mi mochila, sintiendo el peso de los libros usados que contrastaba con los maletines de piel de becerro que portaban los demás. No necesitaba que nadie me señalara para saber que yo era el error en la ecuación. Los grupos de estudiantes se agrupaban en círculos cerrados, formando murallas de cachemira y seda. Sus risas eran cortas, moduladas, el tipo de sonido que solo emite quien nunca ha tenido que gritar para ser escuchado.

—Mira eso —escuché a mis espaldas. No fue un grito, fue un susurro cargado de una curiosidad clínica, como quien observa un insecto extraño en un laboratorio—. ¿Es una mancha de café en su chaqueta?

Apreté los dedos alrededor de mis apuntes. No era café, era el desgaste de una prenda que había pasado por demasiados ciclos de lavado. Mantuve la vista fija en el número del aula, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello, una mancha roja que delataba mi falta de linaje.

Entonces, el ambiente cambió. No hubo un anuncio, pero la densidad del aire pareció aumentar.

Él caminaba por el pasillo central.

La multitud no se apartó de golpe, sino que se filtró orgánicamente hacia los lados, como el agua cediendo ante la quilla de un barco de guerra. El Arquitecto no miraba a nadie. Su mandíbula, una línea recta y dura, parecía cortada del mismo mármol que el suelo. Llevaba un traje gris marengo que se ajustaba a sus hombros con una precisión quirúrgica; ni una sola arruga se atrevía a desafiar su postura.

Consultó su reloj de bolsillo con un movimiento mecánico, fluido. Era una pieza de oro viejo que colgaba de una cadena fina, un anacronismo que en él no parecía un disfraz, sino un recordatorio de que su tiempo valía más que el de todos los presentes. Sus ojos, de un azul tan frío que recordaba al acero bajo la lluvia, barrieron el pasillo. No buscaba aprobación; buscaba eficiencia.

Cuando pasó a mi lado, la corriente de aire que arrastraba traía consigo un olor a sándalo y a algo frío, casi antiséptico. No me miró. Nunca lo hacía. Yo era parte del mobiliario. Pero en ese segundo, el ruido de los "lobos" que me rodeaban se apagó. Su presencia era un ancla de orden en medio de mi caos interno. Él no era un depredador ruidoso; era la fuerza de gravedad que mantenía el sistema en su sitio.

Entré al aula y busqué la última fila, el rincón de los invisibles. Desde allí, lo vi sentarse en la primera fila. Su espalda era un muro infranqueable. Sacó una pluma estilográfica de plata y la colocó sobre el escritorio, paralela al borde de la madera. Exactamente a dos centímetros.

Abrí mi cuaderno de espiral, el papel amarillento chillando al pasar la hoja. El contraste me golpeó el pecho. Yo estaba allí para sobrevivir; él estaba allí para heredar el mundo. Y mientras el profesor empezaba a hablar de activos y pasivos, entendí que, en este ecosistema, yo era el pasivo que nadie quería declarar.
Miré mis manos, ligeramente temblorosas sobre la mesa. No pertenecía a este lugar, pero la determinación de quedarme era la única moneda que me quedaba en el bolsillo.

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OLIVIA
La Biblioteca Central no era un lugar para leer; era un mausoleo de expectativas. Las estanterías de roble oscuro se elevaban hasta un techo abovedado que devolvía cualquier susurro convertido en un juicio.

Allí, el silencio no era paz; era una presión constante en los oídos, un recordatorio de que cada minuto de estudio debía traducirse en una cifra de beneficios futura.

Elegí la mesa más alejada, en el ala de referencias económicas, donde las sombras de los tomos de derecho mercantil me ocultaban un poco.

Tenía frente a mí tres libros de macroeconomía avanzada que pesaban como lápidas. Mis notas eran un campo de batalla de correcciones y tachaduras; mis dedos estaban manchados de tinta, un contraste sucio contra la blancura impecable de las mesas de estudio.

—Es fascinante, de verdad —la voz de Julian rompió el silencio como un cristal estrellándose contra el suelo.
No levanté la vista. Sabía quién era.

Julian era el tipo de heredero que llevaba el apellido como una joya y la crueldad como un deporte.

Sentí el movimiento de la silla de enfrente. Él y otros dos se sentaron, invadiendo mi burbuja de seguridad con su olor a colonia cara y esa actitud de dueños del mundo.

—¿Cómo lo haces? —continuó, arrastrando una de mis hojas de apuntes hacia él con la punta de un dedo—. Este nivel de esfuerzo… es casi conmovedor. Tantas horas para entender algo que a nosotros nos viene en el ADN.

Mis pulmones se contrajeron. El aire de la biblioteca, saturado de polvo de papel viejo, de pronto me resultó insuficiente. El calor comenzó a trepar por mis mejillas, esa traidora reacción física que odiaba.
No respondí; me limité a intentar recuperar mi hoja, pero él puso su mano encima, presionando con una fuerza innecesaria.

—¿Crees que por memorizar estas tablas vas a sentarte en la misma mesa que nosotros algún día? —su tono era bajo, una seda venenosa—. Eres una anomalía en el sistema, pequeña. Un error de la oficina de becas que alguien olvidó corregir.

Sentí la mirada de los otros estudiantes de las mesas cercanas. Nadie intervino. La ley de la selva académica dictaba que los depredadores tenían derecho a jugar con su comida.
Bajé la cabeza, enfocándome en una pequeña grieta de la madera de la mesa, deseando que el suelo se abriera. Mis manos, debajo del tablero, se apretaban una contra otra hasta que los nudillos se pusieron blancos.




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