OLIVIA
El olor a café rancio de la cafetería se me había quedado pegado al uniforme, una capa invisible de mi realidad que intentaba frotar con una toallita húmeda en el baño antes de correr a la biblioteca.
Llegué a la mesa siete a las diecinueve y diecinueve nueve. Mis pulmones ardían por la carrera a través del campus bajo la llovizna. Él ya estaba allí. Parecía una estatua de mármol tallada directamente sobre la silla de madera.
No tenía libros abiertos; solo su iPad Pro y esa pluma de plata que descansaba sobre la mesa, apuntando directamente hacia el asiento vacío frente a él. Como una flecha indicando dónde debía colocarme.
Me senté intentando no hacer ruido con la mochila, pero el chirrido de la madera contra el suelo sonó como un grito en el silencio sepulcral de la zona de referencia.
—Llegas tarde —dijo él. No levantó la vista del cronómetro de su reloj de bolsillo, que descansaba abierto sobre la mesa.
—Son las siete y diecinueve —logré articular, recuperando el aliento.
—Nueve minutos y cincuenta segundos de inactividad son una pérdida del 16% de nuestra sesión programada.
Él cerró el reloj. El clic metálico fue una sentencia. Sus ojos azul acero se elevaron y se clavaron en mi rostro, bajando apenas un milímetro hacia mi cuello, donde una gota de sudor o de lluvia resbalaba hacia la clavícula.
No sentí asco o deseo en esa mirada; sentí que me estaba tasando, como un perito analiza una propiedad con grietas en la fachada.
—Saca tus proyecciones para el caso de la naviera —ordenó.
Mis manos temblaron ligeramente al sacar mi cuaderno. Mis hojas de cálculo estaban hechas a mano, con una regla y un portaminas de 0.5 mm, llenas de notas al margen en letra apretada. Cuando las puse sobre la mesa, la diferencia fue grotesca: sus gráficos en alta resolución frente a mi papel cuadradito amarillento.
Él acercó mi cuaderno con dos dedos, como si temiera mancharse.
—Esto es... artesanal —su voz goteaba un sarcasmo tan fino que casi parecía un cumplido, si no fuera por la frialdad de su gesto—. Valdés, el mundo se mueve en milisegundos de procesamiento de datos. No tenemos tiempo para que juegues a ser contadora del siglo XIX. Tus fórmulas de riesgo de interés están desactualizadas por un margen de tres puntos básicos.
Sentí que la sangre me abandonaba la cara. Había pasado tres noches sin dormir sobre esos números.
—No están desactualizadas —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Están ajustadas por la volatilidad del combustible en el mercado secundario. El software que usas asume una curva lineal. La realidad no es lineal.
Él enarcó una ceja. Fue el primer movimiento humano que le vi hacer.
ALEXANDER
Observé la mancha de humedad en el hombro de su jersey de lana. Era barato, de una fibra que se deshilachaba y que gritaba "clase trabajadora" a kilómetros de distancia. Ella era un caos de pelo castaño desordenado y respiración errática. Representaba todo lo que mi padre me había enseñado a eliminar de mi entorno: la imprevisibilidad de la necesidad.
Sin embargo, cuando habló de la volatilidad del combustible, su voz dejó de temblar.
Bajé la vista a su cuaderno. Su caligrafía era pequeña, obsesiva, casi arquitectónica. Mis ojos recorrieron la columna de datos del mercado secundario. Había integrado una variable de riesgo geopolítico en el estrecho de Ormuz que mi software, efectivamente, había promediado como una constante.
Era un error de un 0.04% en el balance final. Casi invisible para cualquiera. Pero en mi mundo, un 0.04% eran diez millones de dólares.Sentí una punzada de algo que no era molestia. Era una irritación intelectual.
Nadie en esta facultad, ni siquiera los profesores, se atrevía a cuestionar mis modelos. Me incliné hacia adelante, invadiendo su espacio personal.
Podía olerla: vainilla barata, papel viejo y la lluvia fría del exterior. Un contraste violento con mi sándalo y el aire filtrado de la biblioteca.
—Tu premisa es audaz —dije, manteniendo mi tono plano, aunque por dentro mis neuronas empezaban a recalibrar el modelo—. Pero tu cálculo de la tasa de descuento es erróneo. Has ignorado el arbitraje.
—No lo he ignorado —replicó ella. Se acercó también, señalando una cifra pequeña en la esquina inferior—. Está allí. Camuflado en los costos operativos para no alertar a la competencia en una auditoría simulada.
Me quedé en silencio. Mis dedos tamborilearon una sola vez sobre la mesa.
—¿Por qué ocultarlo ahí? —pregunté, observando cómo sus ojos avellana se dilataban. Estaba asustada, lo veía en el latido rápido de su yugular, pero no retrocedía.
—Porque si el enemigo sabe dónde guardas tus reservas, ya has perdido la guerra antes de empezar —respondió ella.
La miré de nuevo. No vi a la chica de la beca que servía cafés. Vi a alguien que entendía la naturaleza depredadora del sistema mejor que Julian y su horda de herederos.
Ella no tenía el apellido, pero tenía el hambre. Y el hambre, bien dirigida, era una herramienta de precisión.
—Coge tu silla —dije, recogiendo mis cosas y haciendo espacio en mi lado de la mesa—. Trabajaremos desde mi iPad. Integra tus variables de combustible en mi matriz. No pienso perder otros diez minutos discutiendo sobre papel sucio.
ELLA
El roce de nuestros hombros fue inevitable cuando moví la silla a su lado. Su cuerpo era como un muro de granito: sólido, caliente y absolutamente inmóvil. El calor que emanaba su traje de lana fina parecía quemar mi piel a través del jersey.
Me pasó la pluma de plata para que yo misma hiciera las correcciones en la pantalla táctil. El metal estaba frío, impregnado de su esencia. Mientras mis dedos se movían sobre el cristal, sentía su mirada fija en mi perfil, analizando no mis números, sino el proceso de mi mente.
Él no dijo "bien hecho". No hubo una palmada en la espalda. Pero cuando nuestras miradas se cruzaron para verificar el resultado final del margen de beneficio, vi por primera vez una grieta en su armadura de hielo. No era afecto; era respeto.
Un reconocimiento de guerrero a guerrero.