OLIVIA
Mi apartamento siempre me había parecido un refugio, hasta que él cruzó el umbral. En el momento en que su figura de un metro noventa llenó el marco de la puerta, el techo pareció bajar tres metros y las paredes, empapeladas con años de humedad y esfuerzo, se cerraron sobre nosotros.
Él no entró; invadió.
Llevaba un abrigo largo de lana negra que goteaba sobre el linóleo desgastado. Su mirada no se detuvo en mí, sino que escaneó la habitación con una frialdad clínica, como un inspector sanitario evaluando una zona de desastre.
Se quedó de pie, rígido, evitando rozar el sofá de segunda mano que yo había limpiado con tanto esmero esa tarde.
—La red de la facultad ha caído por el temporal —dijo. Su voz, profunda y cortante, hizo vibrar las tazas baratas que tenía en la repisa—. Las proyecciones de riesgo deben estar en Londres a las seis de la mañana. Tu conexión local es la única que no depende de la red troncal del campus.
No pidió permiso. Se quitó el abrigo con un movimiento fluido y lo sostuvo en el aire un segundo, buscando un lugar que no fuera "indigno" para colgarlo.
Finalmente, lo dejó sobre el respaldo de mi única silla de escritorio, cubriendo mi espacio de estudio con su sombra de lujo.
Me sentí extrañamente poderosa al verlo allí. El Arquitecto de Hierro, el hombre que solo existía en edificios de cristal y mármol, estaba en mi cocina de dos metros cuadrados.
Era un triunfo silencioso: él necesitaba algo que solo yo podía darle en ese momento.
—Puedes sentarte en la mesa de la cocina —le dije, señalando el pequeño mueble de madera laminada—. Es el único sitio con enchufe cerca.
Él se acercó a la mesa y pasó un dedo por la superficie. No buscaba suciedad; buscaba solidez. Se sentó, y sus largas piernas chocaron de inmediato con las mías por la falta de espacio bajo el mueble.
ALEXANDER
El aire aquí olía a sopa de sobre, detergente barato y una humedad persistente que se filtraba por las ventanas mal selladas.
Observé la bombilla que colgaba del techo, sin pantalla, proyectando una luz amarillenta y cruda que acentuaba las carencias de cada rincón.
Valdés se movía con una agilidad que yo no comprendía, esquivando muebles que no deberían estar ahí y optimizando un espacio que, por definición, era insuficiente.
Para ella, esto era un hogar; para mí, era un recordatorio de por qué el sistema de clases era una estructura necesaria: el caos no debe mezclarse con el orden.
—Tu ancho de banda es lamentable —sentencié, abriendo mi portátil. El contraste entre la carcasa de titanio y la mesa de aglomerado era casi insultante—. Nos tomará el doble de tiempo subir los archivos.
—Es lo que hay, Blackwood —respondió ella. Se sentó frente a mí, demasiado cerca. Su rodilla rozó la mía y no se apartó.
La miré. Tenía esa chispa de desafío en los ojos avellana, una satisfacción apenas contenida por tenerme en su "terreno".
Era una arrogancia interesante, pero mal dirigida. Ella creía que tener el recurso que yo necesitaba la ponía a mi nivel.
—No te confundas, Valdés —dije, bajando la voz hasta que el laconismo se volvió una advertencia—. Que el puerto sea precario no cambia la importancia del cargamento. No estamos aquí para socializar en la precariedad. Abre el archivo de la fase cuatro. Ahora.
Ella apretó la mandíbula. Vi cómo sus dedos se cerraban sobre el ratón de su ordenador. Estaba ganando, y ella lo sabía, pero yo me encargaría de que recordara que mi presencia aquí era una anomalía técnica, no una concesión personal.
ELLA
Su desprecio era tan nítido que podía cortarse. Me trataba como si fuera parte del mobiliario defectuoso, pero había algo en su rigidez que delataba su incomodidad.
No era timidez; era asco profesional por el desorden.
Trabajamos en un silencio solo roto por el clic de las teclas y el silbido del viento contra el cristal roto de la ventana.
A las tres de la mañana, la calefacción hizo un ruido metálico y se apagó. El frío empezó a filtrarse de inmediato.
Vi cómo él fruncía el ceño, sus dedos deteniéndose un segundo sobre el teclado. Sus manos estaban frías, pero se negaba a frotarlas. Su código de honor le impedía mostrar debilidad en un entorno que consideraba inferior.
Me levanté y busqué una manta de lana vieja. Cuando me acerqué para ponérsela sobre los hombros, él se tensó tanto que pareció que iba a romperse.
—No la necesito —dijo, sin mirarme.
—La necesitas si quieres que tus dedos sigan tecleando a la velocidad que tu eficiencia requiere —repliqué, dejando caer la manta sobre su espalda.
El contacto duró apenas un segundo, pero fue eléctrico. Mis dedos rozaron la nuca de su cuello, donde el cabello corto se encontraba con la piel. Estaba ardiendo a pesar del frío. Él se quedó absolutamente inmóvil, como una máquina que ha detectado un virus y no sabe si ejecutarlo o aislarlo.
—Sigue trabajando —ordenó, y esta vez su voz no fue fría, sino gélida, una barrera absoluta contra cualquier amago de humanidad.
Me volví a sentar. La manta, una pieza de tela barata y gastada, ahora envolvía al Arquitecto de Hierro. Era una imagen ridícula y, al mismo tiempo, la victoria más grande que había tenido.
Estaba en mi casa, comiendo de mi tiempo y cubierto por mis harapos. Él no me amaba, ni siquiera le gustaba. Me analizaba como a un insecto bajo un microscopio. Pero esa noche, el insecto era el que mantenía la luz encendida.
---
OLIVIA.
Habían pasado dos años desde aquel primer choque en la biblioteca, y nuestras órbitas se habían entrelazado de una forma que nadie en la facultad terminaba de comprender.
Estábamos en el último año; en las aulas de la Ivy League, éramos "compañeros", pero fuera de ellas, la realidad era mucho más cruda.
El Arquitecto no había esperado al título para empezar a construir su imperio. Había tomado las riendas de una de las divisiones de consultoría de su padre, y yo, impulsada por la necesidad de pagar mi deuda estudiantil y por una ambición que él mismo había alimentado, me había convertido en su asistente técnica y analista de datos.