OLIVIA
_Seis meses después._
El "backstage" de la Gran Gala de Inversores era un laberinto de cables negros, pantallas de alta resolución y un frío industrial que me calaba los huesos.
Mi mundo, esta noche, medía apenas tres metros cuadrados: la cabina técnica desde donde supervisaba que los gráficos de rendimiento de la firma de Blackwood se proyectaran sin un solo píxel de error.
A través de la rendija de las cortinas de terciopelo, el salón de baile parecía una pecera de oro. Mujeres envueltas en sedas que costaban mi matrícula anual flotaban sobre el mármol, sosteniendo copas de cristal de baccarat con una indolencia que me resultaba ofensiva.
Yo llevaba mis auriculares de diadema, una tablet en la mano y mi traje de asistente: negro, sobrio, diseñado para que nadie me viera. Para ser una sombra eficiente.
—Gráfico de proyección de activos listo —susurré por el comunicador.
Mi voz sonó metálica, vacía. Observé el monitor principal. Entonces, las puertas dobles del salón se abrieron y el aire pareció succionado de la habitación.
Él entró.
No era el compañero de clase que se sentaba a mi lado en Macroeconomía. Era el heredero en su hábitat natural. El esmoquin que yo misma le había ayudado a ajustar horas antes le confería una autoridad que silenciaba las conversaciones a su paso. Pero no venía solo.
Del brazo de él colgaba una mujer que parecía hecha de luz y privilegios. Era alta, de una elegancia lánguida, con una piel que brillaba bajo las lámparas de araña como el nácar. Se movía con la seguridad de quien sabe que no necesita pedir permiso para existir.
Sentí un pinchazo frío en el estómago. No era celos; era la comprensión brutal de la óptica. Ella era el espejo de él: perfecta, poderosa, de su mismo linaje. Su novia. Yo era la que manejaba los datos en la oscuridad para que él brillará más; ella era la que simplemente brillaba a su lado.
ALEXANDER
El ruido de la gala era una distracción acústica que debía filtrar para concentrarme en los objetivos de la noche. Camille caminaba a mi lado, su mano descansando sobre mi antebrazo con la ligereza de una pluma. Según los parámetros de mi padre, Camille era la "socia biológica" ideal: un apellido que fortalecía nuestra posición en el mercado inmobiliario y una educación que le permitía navegar estas aguas sin una sola instrucción previa.
—Sonríe un poco, Blackwood —susurró Camille, su voz era una seda educada—. Los inversores compran confianza, no solo algoritmos.
—Los algoritmos no mienten, Camille. La confianza sí —respondí, sin desviar la mirada del fondo del salón.
Busqué instintivamente con la vista la zona técnica oculta tras el escenario. Sabía que Valdés estaba allí. Su presencia era el único factor de la noche que no me causaba incertidumbre. Ella era la que mantenía la integridad de la información que yo estaba a punto de vender. Camille era la estética; Valdés era la infraestructura.
Ajusté mi reloj de bolsillo. Quedaban tres minutos para mi intervención. Camille se acercó más, ajustando una inexistente arruga en mi solapa. Era un gesto de propiedad pública que los fotógrafos captaron de inmediato. No me aparté. En este ecosistema, la percepción de una unión poderosa entre dos dinastías aumentaba el valor de las acciones en un 0.5% antes de que yo siquiera abriera la boca.
—Te ves impecable —dijo ella, mirándome con una admiración que yo recibí con la misma frialdad con la que acepto un informe de auditoría—. Somos el centro de atención de la sala.
—Es el objetivo —sentencié.
OLIVIA
Los vi a través de mi monitor. La cámara principal les hacía un seguimiento mientras se acercaban al estrado. Camille le decía algo al oído y él asentía con esa cortesía mecánica que reservaba para su mundo. Verlo con ella era ver una ecuación equilibrada.
Yo apreté la tablet con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Mis dedos, los mismos que habían rozado su piel en el vestidor para anudar su corbata, ahora solo servían para pulsar el botón de "Play" en su presentación.
—Señor Blackwood, tiene luz verde —dije por el comunicador.
Él subió al escenario. Camille se quedó en primera fila, bajo la luz directa, convirtiéndose en el apoyo visual de su éxito. Yo me hundí más en mi rincón oscuro, rodeada de servidores zumbando.
Cuando él empezó a hablar, su voz llenó el auditorio con una seguridad absoluta. Los gráficos que yo había pulido durante semanas se desplegaban tras él como alas de fuego digital.
Él hablaba de futuro, de legado, de imperios. Y mientras el público aplaudía, él buscó por un segundo la cámara técnica. Fue un destello, un milisegundo de sus ojos azul acero clavándose en la lente.
No era una mirada de amor. Era una comprobación. Estaba verificando que su herramienta —yo— seguía funcionando correctamente.
Al terminar, bajó del estrado y Camille lo recibió con una copa de champán y un beso en la mejilla que los fotógrafos inmortalizaron. En ese momento, entendí que no importaba cuántos datos analizara para él, ni cuántas noches pasáramos trabajando codo con codo en su despacho.
Para el mundo, y para su propia lógica, yo siempre sería el código fuente oculto, y ella siempre sería la interfaz de oro.
El hechizo de la cercanía que sentí en el vestidor se rompió bajo el peso de los flashes. Yo no era una mujer en su vida; era el activo no corriente que permitía que su balance pareciera perfecto mientras él caminaba hacia un futuro donde yo no tenía silla asignada.
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OLIVIA
La biblioteca de la facultad a las tres de la mañana era un santuario de luz fría rodeado por el invierno que golpeaba los ventanales. Sobre la mesa circular de la sala de reserva, el desorden era un reflejo de nuestra dualidad: mi portátil con pegatinas gastadas y una taza de café de cartón junto a su ordenador de titanio y un termo de acero inoxidable que contenía un té importado cuyo aroma a bergamota parecía reclamar el aire.