OLIVIA
Eran las diez de la noche y el despacho personal de Alexander en la planta 42 olía a cuero nuevo y a la lluvia que golpeaba los cristales reforzados. Mi espalda protestaba tras diez horas frente a las bases de datos de la nueva licitación, pero Alexander no parecía notar que el cuerpo humano tiene límites.
Él estaba de pie tras de mí, observando la pantalla de mi ordenador por encima de mi hombro. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con su tono de voz.
—El coeficiente de Gini en este sector está mal calculado, Valdés. Estás perdiendo precisión en el tercer decimal —dijo. Su mano bajó hacia la mesa, apoyándose peligrosamente cerca de la mía—. Un error del 0.003% en esta fase significa una pérdida proyectada de dos millones en el cierre trimestral. No podemos permitirnos ese descuido.
—No es un error, Blackwood —respondí, tratando de que mi pulso no se notara en el movimiento del ratón—. Es una corrección por inflación que no has considerado en tus parámetros iniciales.
Él guardó silencio. No se apartó. De hecho, se inclinó un poco más. Sus dedos rozaron accidentalmente —o quizás no— el borde de mi manga.
—Bebe esto —ordenó de repente.
Puso sobre mi escritorio un vaso de cristal con un líquido ámbar y una rodaja de limón. No era café. Era una infusión caliente de jengibre y miel.
—¿Qué es esto? —pregunté, confundida.
—Un optimizador inmunológico —respondió con frialdad técnica—. Has estornudado dos veces en la última hora. Si te enfermas, el ritmo de procesamiento de datos de la oficina caerá un 15% esta semana. No es eficiente que trabajes a media capacidad. Bételo. Es una orden logística.
Lo miré de reojo. Él no me miraba a los ojos; miraba la pantalla, pero su mano seguía apoyada en la mesa, bloqueando cualquier ruta de escape. Su atención siempre venía envuelta en papel de regalo de productividad. No me cuidaba porque le importara; me cuidaba porque yo era su activo más valioso.
ALEXANDER
Observé cómo Valdés bebía el té. Sus dedos rodeaban el cristal, buscando el calor. Me obligué a mirar de nuevo los gráficos.
—Mañana habrá cambios en el protocolo de seguridad de la firma —dije, recuperando mi tono neutral—. He solicitado que el chófer de la familia te recoja en tu apartamento a las seis de la mañana y te traiga directamente aquí.
Olivia dejó el vaso, sorprendida.
—Puedo tomar el metro, Alexander. No es necesario que...
—El metro es una variable de riesgo incontrolable, Olivia —la interrumpí, usando su nombre de pila por primera vez en la noche. El aire pareció espesarse—. Retrasos, incidentes, exposición a patógenos. Necesito que llegues aquí intacta. Tu tiempo es un recurso de la empresa que debo gestionar.
No era protección. Era control de calidad.
Mi teléfono vibró en mi bolsillo. Camille. Tres llamadas perdidas. Saqué el dispositivo y, sin dejar de mirar la nuca de Olivia, tomé una decisión que sabía que alteraría el equilibrio de nuestra ecuación.
—El consejo de administración y mi padre han llegado a un acuerdo sobre la estabilidad de la firma —solté, ella se quedó inmóvil. El zumbido del aire acondicionado era lo único que se escuchaba.—. El anuncio oficial se hará el viernes en la gala benéfica. Me comprometeré formalmente con Camille.
El silencio que siguió no fue estadístico. Fue un vacío absoluto.
OLIVIA
El mundo se detuvo, pero los números en la pantalla siguieron parpadeando, indiferentes a mi corazón rompiéndose. "Me comprometeré formalmente". Cuatro palabras que ponían un muro de hormigón entre el "nosotros" de estas noches de oficina y su destino de oro.
—Entiendo —dije. Mi voz no tembló. Me obligué a ser la analista que él quería—. Supongo que eso estabilizará las acciones del grupo inmobiliario. Es una decisión... financieramente impecable.
—Exacto —respondió él.
Por un segundo, sentí su mano apretar ligeramente el borde de la mesa.
—Como mi futura esposa, Camille tendrá acceso a ciertos informes —continuó él, recuperando su máscara—. Necesito que prepares un resumen ejecutivo de las operaciones vigentes para que ella pueda "entender" su nuevo rol. Quiero que sea... comprensible para alguien que no tiene tu capacidad.
Me dolió más que el compromiso. Me estaba pidiendo que preparara el terreno para la mujer que ocuparía el lugar que yo solo podía soñar en la oscuridad de una hoja de cálculo.
—¿Algo más, señor Blackwood? —pregunté, volviendo a la distancia profesional.
Él se alejó de mi escritorio, recuperando su postura de heredero.
—Sí. Vuelve al gráfico de activos. No quiero que el anuncio de mi boda afecte a la calidad de tus entregas. La eficiencia, Olivia, es lo único que sobrevive a los cambios de estructura.
Se dio la vuelta y salió del despacho sin mirar atrás, dejándome sola con el sabor amargo del jengibre y la certeza de que, para él, yo era el motor que nunca dejaría de funcionar, incluso si el conductor elegía a otra para ir en el asiento del pasajero.
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OLIVIA
El resumen ejecutivo para Camille estaba listo. Eran treinta páginas de datos complejos simplificados al nivel de una revista de moda, tal como Alexander había "sugerido". Mis dedos aún dolían de tanto teclear cuando la puerta del despacho se abrió sin previo aviso.
No era Alexander. Era el olor a jazmín.
Camille entró luciendo un conjunto de tweed que gritaba "futura dueña del imperio". Se detuvo frente a mi escritorio, ignorando la silla de cortesía. Se quedó de pie, obligándome a mirarla desde abajo, desde mi posición de empleada.
—¿Es esto? —preguntó, señalando la carpeta de piel con una uña perfectamente manicurada—. ¿El "resumen" que mi prometido te ordenó preparar?
—Así es, señorita —respondí, manteniendo la voz plana—. Contiene las proyecciones de flujo de caja y la estructura de la fusión.
Camille tomó la carpeta, pero no la abrió. La usó para apartar bruscamente mi taza de café, que dejó una marca húmeda sobre un informe de riesgo que yo había tardado horas en redactar. Mi corazón dio un vuelco, pero no me moví.
—Sabes, Alex me ha hablado mucho de ti —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Dice que eres como una calculadora humana. Eficiente, silenciosa... y completamente reemplazable si se agota la batería.
—Mi contrato dice que soy analista, no una batería —repliqué, sintiendo el calor subir por mi cuello.
—Tu contrato dice lo que Alexander quiere que diga —sentenció ella, inclinándose hacia mí. Su perfume era asfixiante—. Pero ahora que nos vamos a casar, la "eficiencia" va a cambiar de manos. No me gusta que pase tantas noches aquí contigo, Olivia. No es una cuestión de celos, es una cuestión de... higiene de imagen. No queda bien que el futuro CEO pase más tiempo con su calculadora que con su esposa.