OLIVIA
El "piso fantasma" era un loft industrial en una zona gris de la ciudad, donde el ruido del metro elevado servía como banda sonora para mi desaparición. No había muebles de lujo, solo mesas de caballete, tres monitores de 32 pulgadas que escupían datos en tiempo real y una cafetera que nunca se apagaba.
Eran las cuatro de la mañana. Me froté los ojos, sintiendo la sequedad de las lentillas. Llevaba puesta una sudadera gris tres tallas más grande y el cabello recogido en un moño que ya se estaba desmoronando.
Ya no me importaba. En la clandestinidad, la estética era una ineficiencia que no podía permitirme.
Escuché el código de seguridad en la puerta. El clic metálico fue seguido por el paso firme de Alexander.
No me levanté. Ni siquiera giré la cabeza. Mis dedos siguieron volando sobre el teclado, cerrando las brechas de seguridad del nuevo algoritmo de inversión.
Hace una semana, habría sentido un vuelco en el corazón al oler su perfume de sándalo entrando en mi espacio. Ahora, solo sentía la presión del cronómetro.
—El bloque de datos de la apertura de Tokio está listo —dije. Mi voz sonó plana, despojada de cualquier matiz emocional.
Sentí su presencia a mis espaldas. Alexander se inclinó sobre mi hombro para observar la pantalla. Su cercanía antes me habría dejado sin aliento; ahora, solo analizaba el calor que emanaba su cuerpo como un factor que elevaba la temperatura de la habitación.
—Has optimizado la ruta de salida en un 0.4% adicional —comentó él. Su voz estaba peligrosamente cerca de mi oído—. Es una mejora notable, Valdés.
—Es lo que requiere el contrato —respondí, moviendo el ratón para abrir el siguiente archivo. No lo miré. Mis ojos seguían fijos en los números verdes—. Si quieres el reporte de riesgos para la reunión de las ocho, necesito que te apartes. Estás bloqueando la luz del monitor secundario.
ALEXANDER
Me quedé inmóvil un segundo más de lo estrictamente necesario.
Valdés no se había movido. Ni un milímetro. Antes, mi sola presencia en una habitación provocaba que su postura se tensara, que su respiración se acelerara de forma casi imperceptible, que sus ojos avellana buscaran los míos buscando algún tipo de validación que yo me negaba a dar.
Ahora, era como si yo fuera una pieza más del mobiliario. O peor, un obstáculo técnico.
Me aparté y caminé hacia la mesa donde había dejado mi maletín. Me quité la chaqueta del traje y me aflojé la corbata, un gesto de informalidad que solo me permitía en este búnker.
Observé su perfil bajo la luz cruda de los monitores. Su rostro ya no tenía esa suavidad idealista de la universidad; las sombras bajo sus ojos eran más profundas y su mandíbula estaba permanentemente apretada. Se había convertido en un espejo de mi propia rigidez.
Y, por una razón que mi lógica no lograba clasificar, me resultaba profundamente irritante.
—He traído los documentos de la ronda de financiación B —dije, dejando una carpeta sobre su mesa, invadiendo su espacio organizado—. Mi padre cree que Camille debería figurar como asesora externa para calmar a los inversores tradicionales.
—Me es indiferente —respondió ella, sin dejar de teclear—. Siempre que no toque el código fuente. No tengo tiempo para arreglar los errores de alguien que no sabe la diferencia entre un activo y un pasivo.
La frialdad de su tono me obligó a mirarla con más atención. No había rastro de la herida que le causé en la graduación. No había rencor visible. Había algo mucho más peligroso: profesionalismo puro y duro.
—Valdés, mírame cuando te hablo del consejo.
Ella detuvo sus dedos. El silencio en el loft se volvió denso, cargado de la estática de los servidores. Giró la silla lentamente. Me sostuvo la mirada con una neutralidad que me resultó violenta. Sus ojos avellana ya no brillaban con esa chispa de "salvador" que solía ver en ellos. Eran dos piedras planas y opacas.
—¿Hay alguna instrucción operativa que no haya quedado clara, Blackwood? —preguntó.
OLIVIA
Alexander me observaba con una intensidad que no lograba tabular. Parecía buscar algo en mi rostro, una grieta en mi armadura que ya no existía. Estaba de pie, con la camisa blanca ligeramente desabrochada y las mangas remangadas, mostrando la fuerza de sus antebrazos. Era el hombre más atractivo que había visto en mi vida, y en ese momento, no sentí absolutamente nada.
El cinismo es un anestésico maravilloso.
—Tu actitud ha cambiado —dijo él. No fue una acusación, fue un diagnóstico.
—Mi eficiencia ha aumentado —corregí—. He eliminado las variables emocionales que ralentizaban mi procesamiento. ¿No es eso lo que siempre quisiste? Un activo de alto rendimiento sin ruidos personales.
Vi cómo sus dedos se cerraban sobre el borde de mi mesa. Sus nudillos se pusieron blancos. Alexander Blackwood, el hombre que no desperdiciaba energía en trivialidades, parecía estar lidiando con una sobrecarga interna.
—Eres indispensable para esta startup, Valdés. Pero no eres una máquina.
—Para ti siempre lo he sido —respondí, volviéndome hacia la pantalla—. Y ahora que finalmente he aceptado mi función, pareces incómodo. Es una contradicción lógica, Alexander. Deberías estar celebrando el retorno de inversión.
ALEXANDER
Me quedé allí, en mitad del loft, sintiendo el zumbido de las máquinas. Ella tenía razón. Era la contradicción perfecta. Había moldeado a la asistente ideal, a la mente más brillante y disciplinada que podía desear, y al hacerlo, había borrado a la única persona que me miraba como si yo fuera algo más que un apellido y un balance de resultados.
Caminé hacia la cafetera y me serví una taza. El líquido estaba amargo, quemado.
—El despliegue en Londres será en tres semanas —dije, dándole la espalda—. Tendrás que viajar. Usarás el pasaporte de la sociedad fantasma.
—Entendido —respondió ella. Su voz ya estaba de nuevo sumergida en el código.