OLIVIA
El loft ya no olía a café amargo y servidores calientes. Hoy, el aire estaba saturado de un aroma a flores frescas y laca para el cabello. Frente a mí, un equipo de estilistas se movía con la precisión de un escuadrón de asalto, transformándome en algo que solo había visto en las páginas satinadas de las revistas de moda que antes hojeaba con envidia en la sala de espera del dentista.
Cuando Alexander entró en la habitación, el tiempo pareció dilatarse. Llevaba su esmoquin de gala, negro absoluto, impecable, pero sus ojos azul acero no buscaban errores técnicos en las pantallas. Me buscaban a mí.
—Salgan —ordenó Alexander.
Su voz no era alta, pero el equipo de belleza desapareció en cuestión de segundos.
Me quedé de pie, sintiendo el peso de un vestido de seda color medianoche que se adhería a mi piel como una segunda piel. Alexander caminó hacia mí con esa elegancia depredadora, deteniéndose a solo centímetros. Por primera vez en meses, no sentí que me estuviera evaluando como a una empleada; sentí que me estaba admirando como a una reina.
—Olivia —susurró. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un estuche de terciopelo azul oscuro—. Este es el paso final.
Al abrirlo, la luz de los focos pareció ser absorbida por la piedra. Era un diamante de talla antigua, enorme, rodeado de zafiros que brillaban con un fuego gélido.
—Es el diamante de la matriarca Blackwood —dijo, su voz volviéndose más profunda, más íntima—. Mi padre juró que solo la esposa del heredero legítimo lo llevaría. Él quería que Camille lo luciera. Pero Camille es el pasado. Tú eres mi presente, mi socia y la mujer que ostentará mi nombre.
Alexander se colocó detrás de mí para abrochar la joya. Sentí sus dedos fríos rozando la nuca de mi cuello, y un escalofrío eléctrico me recorrió la columna. Me giré y lo abracé por la cintura, escondiendo mi rostro en su pecho, aspirando su aroma a sándalo y éxito. Me sentía la mujer más afortunada del universo. Finalmente, Alexander me estaba dejando entrar en su santuario. Me estaba dando el lugar que siempre soñé.
—Te amo, Alexander —susurré, con el corazón martilleando contra sus solapas.
Él no respondió con palabras, pero me tomó la barbilla con suavidad y me besó. Fue un beso lento, cargado de una posesividad que interpreté como una pasión desbordada. Me entregué a él por completo, sintiendo que este era el inicio de nuestra verdadera vida. No me importaba el dinero, no me importaba el estatus; solo me importaba que él, mi Alexander, me estaba eligiendo frente al mundo.
ALEXANDER
Observé el diamante descansando sobre la clavícula de Olivia. La piedra de 12 quilates cumplía su función con una eficiencia matemática: el zafiro resaltaba el tono avellana de sus ojos y la seda del vestido estilizaba su figura de una forma que aumentaba su valor de mercado en un 200%.
Olivia ya no era la chica de la beca con dedos manchados de tinta. Ahora era una extensión visual de mi marca. Al verla así, proyectaba una imagen de poder y estabilidad que calmaría a los inversores que Camille había intentado espantar.
—Te amo, Alexander —susurró ella, abrazándome con una fuerza que delataba su vulnerabilidad emocional.
Registré su declaración como el punto máximo de su lealtad. Haberle entregado el diamante de mi abuela —la joya que mi padre atesora como el símbolo máximo del linaje— era el movimiento de apertura más agresivo que podía hacer. Era un jaque mate psicológico. Olivia estaba ahora tan entregada a mí que no cuestionaría ninguna de mis maniobras futuras.
La besé con la intensidad que ella esperaba. Sus labios sabían a esperanza y a una fe ciega que me resultaba útil, casi conmovedora en su simplicidad. Mientras la sostenía, mi mente no estaba en el amor, sino en la logística de la noche.
"Paso 1: Entrada triunfal con Olivia portando la joya prohibida. Paso 2: Anuncio del matrimonio como la unión de intelecto y capital. Paso 3: Observar la cara de mi padre cuando entienda que ha perdido el control de la narrativa familiar".
—Estás perfecta, Olivia —dije, apartándole un mechón de pelo con una caricia estudiada—. Esta noche, cuando entremos en esa mansión, quiero que camines con la cabeza alta. No estás allí para pedir permiso. Estás allí para tomar lo que es nuestro.
—Lo haré por nosotros, Alexander —respondió ella, con los ojos brillando de una forma explosiva, devota.
Le ofrecí el brazo. Ella lo tomó con una entrega total, apoyando su cabeza en mi hombro por un segundo antes de que se abrieran las puertas del ascensor. Al salir del loft hacia la limusina, supe que había ejecutado la simulación de romance más perfecta de mi carrera. Olivia vivía su cuento de hadas; yo estaba asegurando mi trono. Y mientras la ciudad brillaba a través de los cristales tintados, me sentí invencible. El activo estaba asegurado, el enemigo estaba identificado y mi esposa sería la jugada maestra que nadie vio venir.
ALEXANDER
La generosidad es, en manos de un estratega, una forma muy refinada de control. Para que Olivia operara con una lealtad absoluta, no bastaba con vestirla a ella de seda; debía neutralizar sus preocupaciones externas. Por eso, mi primer movimiento antes de la cena fue reubicar a sus padres. No fue un regalo, fue una inversión en su tranquilidad mental.
Mientras el Bentley se deslizaba por el camino de grava de la mansión Blackwood, observé a Olivia. Sus padres, sentados frente a nosotros en el coche de escolta, lucían trajes que yo mismo había encargado a mi sastre personal. No eran personas codiciosas; de hecho, habían intentado rechazar la casa en el suburbio privado y la cuenta de gastos, pero yo les había presentado la oferta como un "protocolo de seguridad necesario para la familia del CEO".
—Míralos, Alexander —susurró Olivia, tomando mi mano con una fuerza que transmitía un amor casi eléctrico—. Mi padre nunca se había visto tan... digno. Gracias por hacer esto por ellos. No tenías por qué.