ALEXANDER
La oficina principal de la corporación nunca se había sentido tan vasta y, al mismo tiempo, tan claustrofóbica. El aire acondicionado zumbaba con una frecuencia que me taladraba los oídos, o quizás era simplemente el silencio que emanaba del despacho contiguo. El despacho de Olivia.
Ella había vuelto. Pero no había vuelto a mí.
Cuando entró en la junta de accionistas esa mañana, el murmullo de la sala murió de inmediato. Llevaba un traje de corte impecable, el cabello recogido con una severidad que no admitía réplicas y una mirada que no se detuvo en la mía ni por una fracción de segundo. Se sentó a mi derecha, abrió su terminal y comenzó a desglosar el informe de riesgos con una precisión que rozaba lo inhumano.
Noté las miradas de los directivos. Mi padre, situado en el extremo de la mesa, observaba la escena con una curiosidad clínica. Todos lo sabían. Podían sentir la estática, la tensión eléctrica que hacía que el vello de los brazos se erizara. Pero nadie dijo nada. En el mundo de los Blackwood, si el balance de resultados es positivo, las hemorragias internas se ignoran.
Al terminar la reunión, intenté retenerla.
—Olivia, sobre el protocolo de expansión...
—Está todo en la nube, Blackwood —respondió ella, cerrando su portátil sin mirarme—. Los datos son autoexplicativos. No hay necesidad de reuniones adicionales.
Se marchó antes de que pudiera replicar. Me quedé solo, sintiendo que mi altivez, esa armadura que me había llevado a la cima, pesaba ahora como un ancla de plomo.
OLIVIA
Trabajar a su lado era como caminar sobre cristales rotos con la cabeza en alto. Sentía su mirada clavada en mi nuca cada vez que cruzaba el pasillo, una mirada cargada de preguntas que ya no tenía interés en responder. Todos en la corporación nos observaban como si fuéramos una anomalía en el sistema, un error que nadie se atrevía a depurar.
Me refugiaba en los algoritmos. Los números no mienten, no fingen estar enamorados para obtener lealtad, no humillan a otros para sentirse poderosos. Eran mi único consuelo. Pero al final del día, cuando el silencio del apartamento que Alexander no conocía me envolvía, el vacío regresaba.
Había vuelto a volar, sí. Pero las alas me dolían.
Lo que Alexander no sabía es que yo ya no luchaba contra él; luchaba contra el recuerdo del hombre que inventé en mi cabeza.
El Arquitecto de Hierro estaba allí, a unos metros de distancia, perdiendo el brillo, volviéndose opaco bajo el peso de su propia soledad. Y aunque una parte de mí quería regodearse en su caída, la otra solo sentía una fatiga infinita.
ALEXANDER
A las diez de la noche, me encontré conduciendo sin rumbo fijo, evitando el loft que ahora olía a cenizas de una vida que yo mismo incendié. Terminé aparcando frente a la casa de los padres de Olivia. Fue un impulso irracional, una falla en mi lógica de supervivencia.
Llamé a la puerta esperando el rechazo, pero el padre de Olivia, el señor Valdés, me abrió con una expresión que no era de odio, sino de una compasión que me resultó insoportable.
—Pasa, Alexander —dijo, señalando la pequeña cocina donde el aroma a café recién hecho contrastaba con el lujo estéril de mi mundo—. Olivia me dijo que las cosas no van bien. Pero no me dijo por qué.
Me senté en la silla de madera, sintiendo que mis manos temblaban. Alexander Blackwood, el hombre que daba lecciones a presidentes, buscando consejo en un hombre que solo conocía de honestidad y trabajo duro.
—La he perdido —confesé, y mi voz se quebró, dejando salir por fin la presión que me asfixiaba—. He intentado recuperarla con lógica, con dinero, incluso con la verdad... pero cuanto más lo intento, más lejos está.
El señor Valdés me puso una taza de café delante y se sentó frente a mí. Me miró a los ojos, no como a un yerno poderoso, sino como a un hombre extraviado.
—El problema, Alexander, es que has tratado a mi hija como si fuera una de tus empresas —dijo con una voz suave pero firme—. Has construido un imperio de éxito, pero has olvidado que el corazón no entiende de contratos. Olivia no quiere un socio infalible; quería un hombre que la viera a ella, no a su utilidad. Has herido su fe, y la fe es lo único que no puedes comprar con una firma.
Me quedé mirando el humo del café. Sus palabras eran dardos de realidad que mi sistema no podía procesar.
—¿Qué hago ahora? —pregunté, sintiendo una vulnerabilidad que me desnudaba por completo.
—Deja de intentar "arreglar" el problema —respondió él—. Empieza por aprender a estar solo con el hombre que realmente eres cuando nadie te mira. Porque ese es el único hombre al que ella podría, quizás algún día, volver a amar. Si es que ese hombre todavía existe.
Salí de allí sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies. El Arquitecto de Hierro había regresado a la base, pero los planos ya no servían. Estaba solo en la oscuridad, con el eco de las palabras de un hombre sencillo retumbando en mi cabeza, dándome cuenta de que mi mayor fracaso no era perder una inversión, sino haber sido tan eficiente que terminé por volverme inhumano.
OLIVIA
El taconeo rítmico y agresivo sobre el mármol del vestíbulo fue la primera señal de alarma. No necesitaba mirar las cámaras para saber que Camille de la Vega había decidido que el rumor de mi crisis matrimonial era una invitación abierta para reclamar un territorio que nunca fue suyo.
Cuando salí de mi despacho, la encontré en el centro del área de operaciones, rodeada de analistas que no sabían si mirarla o llamar a seguridad. Camille lucía un traje blanco inmaculado, sosteniendo su bolso de diseñador como si fuera un cetro.
—Ese informe de proyecciones logísticas —estaba diciendo Camille, señalando con un dedo perfectamente manicurado al jefe de sección—, envíenlo a mi oficina personal. Alexander y yo necesitamos coordinar los activos de la familia antes de la fusión de primavera.