El Peso del Legado

XIV

ALEXANDER
Llevaba siete días viviendo en el ala de invitados de mi propio apartamento. Era una ironía técnica: poseía el título de propiedad, pero me sentía un intruso. Mi rutina se había convertido en una serie de cálculos para no invadir su espacio. Sabía que se despertaba a las 7:30 por el sonido de la cafetera, así que yo salía a correr a las 7:00 para que no tuviera que verme en la cocina.

Esa tarde, decidí dar un paso fuera de los protocolos legales. Entré al salón con una bolsa pequeña de una librería especializada. Olivia estaba en la terraza, envuelta en una manta, mirando la ciudad con esa distancia emocional que me aterraba.

—He traído esto —dije, dejando la bolsa sobre la mesa de centro. No me acerqué. Sabía que cualquier proximidad física activaba sus alarmas.
—¿Qué es? ¿Otro contrato con cláusulas de cuidado prenatal? —preguntó ella sin girarse. Su voz era un cristal afilado.

OLIVIA
Sentí su presencia antes de escucharlo. Alexander tenía un magnetismo que, por mucho que intentara ignorar, seguía afectando mi sistema nervioso. Me giré lentamente. Sus ojos no buscaban dominarme; buscaban... permiso.

Abrí la bolsa. Eran libros de arte y diseño de interfaces de los años 60. Nada de maternidad. Nada de "cómo ser la esposa de un CEO".
—Sé que siempre quisiste estudiar la estética de los sistemas antes de que te obligara a codificar solo para la firma —dijo él, manteniendo las manos en los bolsillos—. Pensé que te ayudaría a pasar las horas de reposo.

Un nudo se instaló en mi garganta, pero lo tragué de inmediato. No podía permitirme la ternura. La ternura era el caballo de Troya que él usaba para entrar en mis defensas.
—Es un detalle muy inteligente, Alexander —respondí, dejando los libros a un lado con indiferencia fingida—. Un activo intelectualmente estimulado es un activo menos propenso a deprimirse y afectar el desarrollo del heredero, ¿cierto? ¿En qué columna de tu Excel de "gestión de daños" anotaste este regalo?

ALEXANDER
Sus palabras me golpearon con más fuerza que cualquier auditoría de la junta directiva. Me dolió porque era exactamente lo que el "viejo Alexander" habría hecho.
—No hay ningún Excel, Olivia. Solo son libros que te gustan —respondí, y por primera vez, dejé que mi cansancio se notara en los hombros—. Cenaré fuera para que puedas usar el comedor con tranquilidad. Tienes el menú del nutricionista en la encimera. He pedido que eliminen todo lo que te causaba náuseas la semana pasada.

Me di la vuelta para marcharme, pero me detuve en el umbral.
—Mañana viene Camille a la oficina central para el cierre del contrato. He dado órdenes de que no se le permita el acceso a mi piso. No volverá a acercarse a nosotros.

OLIVIA
Lo vi alejarse. Su "humildad" me resultaba más difícil de combatir que su arrogancia. Si me gritara, si me ordenara, sería fácil odiarlo. Pero este Alexander silencioso, que recordaba mis gustos y protegía mi espacio, era peligroso.

Caminé hacia la encimera. El menú no solo tenía lo que el médico ordenó; tenía anotaciones al margen con su letra impecable: "Pedir sin cilantro (a Olivia le sabe a jabón)", "Asegurarse de que el agua esté a temperatura ambiente".

Cerré los ojos, apretando los bordes del mármol.
—No vas a ganarme así —susurré para la habitación vacía—. No voy a olvidar quién eres solo porque ahora sepas cómo cuidarme.

---
OLIVIA
Eran las dos de la mañana y mi cuerpo no pedía justicia, ni divorcio, ni libertad. Pedía, con una urgencia violenta, pepinillos en vinagre con helado de chocolate.
Intenté ignorarlo, pero el bebé —o "El Pequeño Arquitecto", como lo llamaba en mis momentos más cínicos— parecía estar organizando una protesta en mi sistema. Me levanté con sigilo, evitando que las sábanas de seda hicieran ruido. Caminé descalza por el pasillo del loft, sintiéndome como una espía en mi propio territorio.
Al llegar a la cocina, la luz LED de la nevera me iluminó como un foco en un interrogatorio. Estaba metiendo la cuchara en el bote de pepinillos cuando una voz profunda rompió el silencio.
—Según el manual de nutrición que dejó el Dr. Miller, esa combinación es un crimen contra la salud pública. O al menos, contra tu digestión.
Casi tiro el bote. Alexander estaba apoyado en la isla de la cocina, con el pelo revuelto y vistiendo solo unos pantalones de pijama grises. Era la primera vez en meses que no lo veía con un traje de tres piezas. Parecía... humano. Y exasperantemente guapo.

ALEXANDER
La vi congelarse, con un pepinillo goteando vinagre sobre su pijama de satén. Por un segundo, la máscara de "mujer fatal traicionada" se le resbaló, dejando a la Olivia que se reía de mis manías.
—¿Qué haces despierto? —siseó ella, intentando recuperar la dignidad mientras masticaba—. ¿Tienes un sensor de movimiento instalado en la nevera para controlar el inventario?
—No, pero el sensor de mi olfato detectó vinagre a cincuenta metros. Es una señal de alerta nivel cinco —respondí, acercándome con calma. Tomé la cuchara de su mano antes de que la metiera en el helado—. Déjame hacer esto. Si vas a destruir tu paladar, al menos hazlo con método.
—Puedo servirme mi propio helado, Alexander. No es un análisis de datos multivariable.
—Claramente lo es. La proporción de azúcar y ácido es delicada —dije, sirviendo una bola perfecta de chocolate y colocando dos rodajas de pepinillo encima con la precisión de un cirujano—. Aquí tienes. Tu ración de caos biológico.

OLIVIA
Me entregó el cuenco. Por un instante, nuestros dedos se rozaron. Fue un contacto mínimo, pero sentí esa chispa familiar que intentaba sofocar a diario. Él no se retiró de inmediato. Me sostuvo la mirada, y vi un destello de diversión que no esperaba.
—¿De qué te ríes? —le espeté, aunque el helado estaba delicioso.
—De que hace unos meses me habrías pedido permiso para comer esto. Y ahora parece que estás lista para apuñalarme con el tenedor si intento quitarte un pepinillo. Me gusta más esta versión de ti, Olivia. Es más difícil de gestionar, pero mucho más interesante.
Le di un bocado grande al helado, ignorando el cumplido.
—No te acostumbres. Mañana volveré a ser la mujer que cuenta los días para que firmes los papeles.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.