OLIVIA
El sonido del timbre fue una salvación y una condena. Mi madre entró al loft con el aire fresco de la calle y una bolsa térmica que olía a hogar, a esa vida que yo tenía antes de convertirme en un "activo" de los Blackwood.
—Estás pálida, Olivia. ¿Este hombre te está alimentando o solo te da de comer acciones de la bolsa? —soltó mi madre, dándole un abrazo que casi me hace llorar.
Alexander apareció en el pasillo, luciendo impecable incluso con una sudadera de cachemira. Verlo intentar interactuar con mi madre era como ver a un superordenador tratando de entender un poema.
—Doña Elen, es un gusto verla. Estábamos justo por... —empezó Alexander, con su mejor tono de yerno perfecto.
—No me digas lo que estaban por hacer, Alexander. Ve a buscar unos platos. Y no esos que parecen piezas de museo, quiero platos hondos —lo interrumpió ella, moviéndose por la cocina de mármol como si fuera la dueña.
ALEXANDER
Me encontré a mí mismo obedeciendo órdenes. No porque tuviera que hacerlo, sino porque había algo en la autoridad natural de Elen que no se basaba en el poder financiero, sino en la pura decencia humana.
Mientras servía el caldo, observé a Olivia. Estaba sentada en la isla, observando a su madre con una mezcla de alivio y pánico. Elen no dejaba de hablar, pero sus ojos, astutos y curtidos por los años, saltaban de Olivia a mí, y luego a la distancia que manteníamos entre nosotros.
—¿Y bien? —preguntó mi suegra, clavándome la mirada—. ¿Ya han decidido el nombre? ¿O vas a esperar a que el departamento legal de Blackwood Inc. envíe una lista de candidatos aprobados?
Sentí el dardo. Olivia soltó una risita ahogada que intentó disfrazar con una tos.
—No es eso, suegra. Solo... nos estamos tomando nuestro tiempo.
—El tiempo es lo único que no se compra, hijo —dijo Elen, mirándome fijamente mientras me ponía una mano sobre el brazo. El calor de su mano era honesto—. Puedes construirle a mi hija una casa de cristal, Alexander, pero si ella tiene frío por dentro, el cristal acabará rompiéndose.
OLIVIA
El ambiente se volvió pesado. Mi madre siempre tenía esa habilidad de decir la verdad más incómoda con la voz más dulce.
De pronto, un calambre fuerte en la pierna me hizo soltar un quejido. Alexander reaccionó antes de que yo pudiera procesar el dolor. Se arrodilló frente a mí, tomando mi pantorrilla con una firmeza que debería haberme molestado, pero que fue un alivio instantáneo.
—Es un calambre muscular. Relájate, Olivia —dijo, su voz volviendo a ese tono de "mando protector" que tanto odiaba y amaba a la vez.
Sus manos empezaron a masajear el músculo. El calor de su piel a través de mis leggings me provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con el calambre. Mi madre nos observaba en silencio, con una sonrisa pequeña y peligrosa en los labios.
—Vaya... —murmuró Elen—. Parece que el Arquitecto de Hierro todavía sabe dónde están los puntos de presión de su esposa.
ALEXANDER
No levanté la vista. Sabía que si miraba a Olivia, encontraría ese deseo que tanto intentába enterrar. Mis dedos se demoraron en su piel más de lo necesario. Podía sentir el pulso de ella acelerado bajo mi tacto.
—Solo trato de ser útil, Elen —respondí, aunque mi voz sonó más ronca de lo que pretendía.
—Ser útil es fácil —respondió mi suegra, levantándose para recoger su bolso—. Ser necesario es lo difícil. Olivia, no te levantes. Alexander te ayudará a llegar a la cama. Volveré el martes. Y espero que para entonces hayan dejado de tratarse como si estuvieran en una negociación de paz en la ONU.
OLIVIA
Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó, pero esta vez con una carga eléctrica insoportable. Alexander seguía arrodillado frente a mí, con su mano todavía rodeando mi tobillo.
—Puedo caminar sola —susurré, aunque mi cuerpo pedía que no me soltara.
—Tu madre dio una orden —dijo él, levantándose y, sin darme tiempo a protestar, me cargó en brazos.
Mi rostro quedó a centímetros del suyo. El olor a caldo de pollo de la cocina se mezcló con su perfume caro y la cercanía de su boca. Mi mente gritaba "traidor", pero mis manos, por puro instinto, se cerraron sobre sus hombros.
—No hagas esto —supliqué, con la voz apenas audible.
—¿El qué, Olivia? ¿Cuidarte? ¿O recordarte que todavía me quieres cerca?
Me dejó sobre la cama con una delicadeza exasperante. No me besó, pero se quedó inclinado sobre mí lo suficiente para que yo sintiera el roce de su aliento. Fue una tortura voluntaria. Cuando salió de la habitación, me quedé mirando el techo, odiando a mi madre por recordarme que Alexander Blackwood seguía siendo mi única debilidad.
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ALEXANDER
Había pasado un mes desde el "Pacto de Legitimidad" y mi vida se había convertido en una coreografía de precisión para evitar colapsar. Ver a Olivia cumplir tres meses de embarazo era como observar una actualización de software que mejoraba la interfaz: su piel brillaba más, su temperamento era más agudo y sus curvas... bueno, mis algoritmos de autocontrol estaban fallando sistemáticamente.
Entramos al consultorio del Dr. Miller. Yo llevaba la tableta con el registro exacto de sus horas de sueño y niveles de glucosa. Olivia, por su parte, llevaba esa mirada de "si mencionas un dato más, te lanzaré un jarrón".
—Todo parece estar en orden, Alexander. Tus tablas son... obsesivamente detalladas —dijo el Dr. Miller con una sonrisa irónica—. Olivia, ¿cómo te sientes tú?
En ese momento, el teléfono de mi bolsillo vibró. Era una llamada de la junta directiva.
—Debo atender esto, es urgente —dije, levantándome—. Doctor, por favor, no avance sin mí.
—Tranquilo, Alexander. Solo estamos charlando —respondió Miller.
OLIVIA
En cuanto la puerta se cerró tras Alexander, sentí que el aire regresaba a mis pulmones, pero venía cargado de una pregunta que me quemaba la garganta. Miré al doctor, sintiendo que mis mejillas se encendían.
—Doctor... tengo una duda. Algo... fisiológico —susurré, bajando la vista.
—Dime, Olivia. Para eso estoy.
—Es que... últimamente siento una especie de... agitación. Un deseo constante. Es como si el "fuego" no se apagara nunca. ¿Es normal sentir tanto deseo sexual en este estado?
El Dr. Miller se reclinó en su silla con una expresión paternal.
—Es más que normal. Es una combinación de estrógenos, progesterona y un mayor flujo sanguíneo en la zona pélvica. Es una señal de salud, Olivia. Tu cuerpo está celebrando su capacidad de crear vida.
—Pues mi cuerpo tiene un sentido del humor pésimo —bufé, frotándome las sienes—. Las cosas entre Alexander y yo... no están en ese punto. Estamos en una tregua fría. Y sentir esto por él es... humillante. ¿No hay algo que pueda recetarme? No sé, ¿alguna pastilla, una dieta, un té de lechuga que apague este incendio?
El Dr. Miller me miró por encima de sus gafas, conteniendo una risa. Justo cuando iba a responder, la puerta se abrió y Alexander regresó, sentándose con su habitual rigidez de acero.