El Peso del Legado

XVII

ALEXANDER
Me obligué a relajar los hombros mientras observaba la escena desde el umbral de la cocina. No podía explotar; eso sería darle una victoria táctica a mi propia inseguridad. Pero ver a ese chico, Liam, era un ejercicio de paciencia extrema.
Liam era el tipo de hombre que siempre tiene las manos tibias y la voz suave. Traía flores frescas —margaritas de campo, nada de orquídeas de invernadero— porque "combinaban con la energía de la mañana". Ridículo. Una variable irrelevante para el desarrollo prenatal.
—Solo un poco más, Olivia. Deja que tu peso descanse en mi brazo. Confía en la gravedad —decía Liam, sosteniendo la mano de Olivia con una delicadeza que me hacía rechinar los dientes.

OLIVIA
Era imposible no sentirse cómoda con Liam. Tenía una dulzura genuina, de esa que no busca nada a cambio. Cuando me ayudaba con los ejercicios de respiración, no se sentía como una inspección técnica de Alexander, sino como un momento de paz.
—Lo estás haciendo increíble —susurró Liam, dedicándome una sonrisa que le arrugaba las comisuras de los ojos—. Tienes un aura muy fuerte, aunque hoy se siente un poco... bloqueada.
—Es el trabajo —mentí, sintiendo la mirada de Alexander clavada en mi nuca.
—O quizás es que necesitas reírte más. Mi abuela dice que la risa es el mejor nutriente para el bebé —Liam soltó una risita suave y me entregó una infusión de jengibre que él mismo había preparado en un termo—. Pruébala, tiene un toque de miel orgánica.

ALEXANDER
Caminé hacia ellos con mi mejor máscara de cortesía. Me movía con una elegancia gélida, tratando de contrarrestar el aura de "paz y amor" que emanaba ese niñato.
—Miel orgánica. Fascinante —dije, acercándome lo suficiente para marcar mi territorio, pero manteniendo un tono amable que ocultaba mi deseo de lanzarlo por el ventanal—. Espero que hayas verificado el origen de la miel, Liam. Los pesticidas en las producciones artesanales son una variable de riesgo que preferimos evitar en esta casa.
Liam levantó la vista hacia mí, sin rastro de ofensa. Solo me miró con una especie de lástima dulce.
—No te preocupes, Alexander. La produce mi tío en su granja. Es pura, como la intención con la que la traje. ¿Quieres probar? Te vendría bien, pareces un poco tenso.

OLIVIA
Casi me atraganto con la infusión. Alexander, el hombre que solo consume café de especialidad analizado por expertos, siendo invitado a beber de un termo desgastado.
—Alexander está muy ocupado, Liam. No tiene tiempo para... "intenciones puras" —dije, y por un momento, sentí una ternura real hacia Liam. Me pareció tan dulce que se preocupara por algo tan pequeño como una infusión de jengibre.
Le puse una mano en el hombro a Liam para agradecerle, y noté cómo los ojos de Alexander bajaron de inmediato hacia ese contacto. Su mandíbula se tensó un milímetro, pero mantuvo su sonrisa de tiburón corporativo.

ALEXANDER
Ese gesto.
—Es un detalle encantador, de verdad —dije, con una voz que sonaba a seda pero cortaba como un cuchillo—. Pero Olivia ya tiene su rutina de suplementos aprobada por el mejor obstetra del estado. No quisiéramos alterar el equilibrio químico con... brebajes caseros. Liam, ¿cuánto te debemos por la sesión de hoy? Me gustaría liquidar la factura ahora mismo.
—No es necesario, Alexander. Lo hago por el cariño que le tengo a la señora Elen y porque Olivia me cae muy bien. El dinero arruina la energía del intercambio —respondió Liam, guardando su termo con una calma exasperante.
¿Energía del intercambio? Era un niñato con filosofía de postal.
—En esta casa creemos en el valor del trabajo, no en el intercambio de energías —insistí, sacando mi billetera.

OLIVIA
—Basta, Alexander —lo corté, sintiendo vergüenza por su obsesión con el control—. Liam, gracias por todo. Nos vemos el viernes.
Liam se despidió con un abrazo rápido —¡un abrazo!— que dejó a Alexander estático en el medio del salón. Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a ser denso y peligroso.
—Es dulce, ¿verdad? —le solté, caminando hacia mi habitación.
—Es un peligro para la salud y para el sentido común, Olivia. "Energía del intercambio"... Por favor. Ese chico no ha tenido una responsabilidad real en su vida.
—Quizás por eso es tan feliz —respondí, girándome antes de entrar—. Quizás por eso, cuando está cerca, no siento que me esté midiendo para ver si encajo en sus planos.
Me cerré la puerta, dejando a Alexander solo con su traje impecable y su rabia silenciosa, sabiendo que su "amabilidad" de fachada se estaba desmoronando ante un chico que solo tenía margaritas y un termo de jengibre.
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ALEXANDER
Entré en la habitación con el tarro de crema. No traía termómetros digitales ni porcelana japonesa. Esta noche, mis únicas herramientas eran mis manos y una rabia silenciosa que necesitaba canalizar. La imagen de Olivia tocando el hombro de ése seguía quemando en mi retina como un error de sistema que no podía borrar.
Olivia estaba acostada de lado, leyendo, pero cerró el libro en cuanto me vio. El aire en el cuarto se volvió denso de inmediato.
—¿Otra vez el "mantenimiento de infraestructura"? —preguntó ella, con ese tono cínico que usaba para protegerse de mí.
—El doctor fue muy claro, Olivia. Continuidad y constancia —respondí, sentándome en la cama. Mi voz sonó más profunda, más territorial—. Quítate la parte de arriba del pijama.

OLIVIA
Había algo diferente en él esta noche. No era el Alexander que intentaba ser "dulce" con té caro; era el hombre que me había arrastrado de vuelta a su imperio. Su mirada recorría mi piel con una intensidad que me hizo sentir desnuda antes de que me quitara la seda.
Me giré, dándole la espalda. Sentí el contacto de sus manos. Estaban calientes, pero no por el agua, sino por una tensión contenida. Empezó a aplicar la crema, pero esta vez no hubo círculos suaves y profesionales. Sus manos se movían con una firmeza posesiva, presionando los músculos de mis hombros, bajando por mi columna con una lentitud que me cortaba la respiración.
—Liam dice que tienes los hombros cargados —susurró Alexander cerca de mi oído. Su aliento rozó mi nuca y un escalofrío me recorrió entera—. Dice que este ambiente es "tóxico".




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