El Peso del Legado

XVI

OLIVIA
Me desperté antes de que el sol terminara de lamer los cristales del loft. El brazo de Alexander todavía rodeaba mi cintura con una confianza que me resultó ofensiva. Mi cuerpo se sentía ligero, satisfecho y traidoramente relajado.

Me zafé de su agarre con cuidado, como si estuviera desactivando una bomba. Al mirarme al espejo del baño, vi las marcas: un pequeño hematoma en la clavícula y el brillo de la crema de anoche. Me lavé la cara con agua helada, intentando borrar no solo el rastro de sus besos, sino la memoria de cómo le había suplicado que no se detuviera.

—Fue el segundo trimestre —me dije en voz alta, mirando mi reflejo con severidad—. Solo estrógenos. Un proceso biológico inevitable.

Salí del baño vestida con mi armadura: un conjunto de yoga impecable y el cabello recogido en una coleta tan tirante que me dolía. No iba a permitir que el desayuno fuera una escena de película romántica.

ALEXANDER
Me desperté por el silencio. El lado de la cama de Olivia estaba frío, lo cual era un mensaje directo sin necesidad de palabras.

Me vestí y bajé a la cocina. Ella estaba allí, bebiendo un batido verde y revisando unos informes en su portátil. Ni siquiera levantó la vista cuando entré. La atmósfera era tan gélida que casi podía ver mi propio aliento.

—Buenos días —dije, acercándome a la cafetera.
—La reunión con los proveedores de Singapur es a las nueve —respondió ella, con voz monótona—. He dejado los puntos clave en tu bandeja de entrada.

Me detuve con la taza de café a medio camino. La miré fijamente, buscando algún rastro de la mujer que anoche me enterraba las uñas en la espalda. Solo encontré a la Directora de Operaciones.

—Olivia, sobre lo de anoche...
—Anoche fue un éxito en la gestión de síntomas, Alexander —me interrumpió, cerrando el portátil con un golpe seco—. El Dr. Miller tenía razón: el masaje y la liberación de endorfinas ayudaron a mi sistema. Me siento mucho más descansada para trabajar hoy.

ALEXANDER
Sentí una punzada de irritación. Mi orgullo, ese que ella conocía tan bien, se tensó.
—¿"Gestión de síntomas"?
—Exactamente —dijo ella, levantándose y enfrentándome. Sus ojos estaban secos, carentes de la vulnerabilidad de la madrugada—. No confundas un alivio de tensión con una rendición, Alexander. Te lo dije: este techo es una cobertura legal y mi cuerpo es un contenedor para tu heredero. Si mi cuerpo requiere... mantenimiento, lo usaré de la misma forma que tú usas tus algoritmos. Sin sentimientos involucrados.

OLIVIA
Ver el destello de furia y dolor en sus ojos fue mi pequeña victoria, pero me dejó un sabor amargo. Me dolía ser así, pero era la única forma de no convertirme de nuevo en su sombra.
—Si terminaste con el análisis de datos de mi vida sexual —continué, tomando mi bolso—, me gustaría que recordaras que Camille llamó tres veces mientras tú "gestionabas mis síntomas". Parece que ha encontrado una debilidad en el contrato de la constructora.
Alexander dejó la taza en la encimera con una fuerza que hizo vibrar el mármol. Recuperó su postura de Arquitecto, esa rectitud que lo hacía parecer una estatua de hierro.
—Camille no es una debilidad, Olivia. Es una molestia que estoy eliminando.
—Entonces hazlo —respondí, caminando hacia la puerta—. Porque si ella logra lo que quiere, la "legitimidad" de este matrimonio no valdrá ni el papel en el que imprimiste nuestro pacto.

ALEXANDER
La vi marchar con esa elegancia cínica que ella misma se había construido. Me quedé solo en la cocina, con el tarro de crema todavía sobre la mesa, recordándome que anoche la tuve en mis brazos y que, sin embargo, esta mañana estaba más lejos de ella que nunca.
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OLIVIA
Eran las once y cinco. El silencio en el loft era tan denso que podía escuchar el tictac del reloj de pared y el ruido de mi propio orgullo desmoronándose. Estaba sentada en la cama, con una mascarilla facial de arcilla gris que me hacía parecer una estatua de cemento, leyendo un informe sobre la volatilidad del mercado en el sudeste asiático.
Escuché sus pasos. Alexander entró en la habitación con la parsimonia de un verdugo que sabe que su víctima no tiene a dónde correr. Traía el tarro de crema en una mano y una toalla en la otra.
—Llegas tarde —dije sin bajar el iPad.
—Me detuve a calentar mis manos bajo el grifo, Olivia. Ya sabes, para evitar que tu "sistema" sufra un choque térmico y decidas pedirme el divorcio por hipotermia —respondió él, con esa voz de barítono que vibraba en el aire—. Deja el iPad. Es hora del masaje. El Dr. Miller fue muy específico sobre la inflamación de tus tobillos.
—Mis tobillos están perfectamente —mentí, aunque sentía que mis pies eran dos bloques de granito—. Pero adelante. Cumple con tu "deber cívico". No querría que el heredero naciera con una percepción negativa de la ética laboral de su padre

ALEXANDER
Me senté a los pies de la cama. Olivia estiró una pierna con la rigidez de una viga de carga. Tenía la cara cubierta de esa pasta gris y el cabello recogido en un moño que parecía un nudo marinero. Estaba haciendo todo lo posible por parecer poco atractiva, y lo peor de todo es que, bajo esa capa de arcilla y desprecio, seguía siendo la mujer más irritante y magnética que había conocido.
Tomé su pie derecho. Estaba frío.
—La circulación en las extremidades inferiores es deficiente —comenté, aplicando una cantidad generosa de crema—. Claramente, tu hostilidad está desviando todo el flujo sanguíneo hacia el cerebro para fabricar insultos. Es una mala gestión de recursos, Olivia.
—Es una estrategia de defensa —replicó ella, cerrando los ojos mientras mis pulgares presionaban el arco de su pie—. Mi cerebro necesita estar alerta para procesar que el hombre del que deseo estar lejos ahora está masajeándome los tobillos. Es una disonancia cognitiva que requiere mucha glucosa.
—Presión 4 de 10. ¿Correcto? —pregunté, subiendo por su pantorrilla.
—Sube a 6. No seas tímido, Alexander. No soy un plano de papel cebolla.




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