El Poder De Tu Aura

CAPÍTULO 2 LAS PERSONAS QUE ILUMINAN Y LAS QUE APAGAN TU LUZ

“Hay personas que llegan a nuestra vida para enseñarnos a amar; otras, para enseñarnos a poner límites. Ambas pueden dejar una enseñanza, pero no todas están destinadas a quedarse.”

Hay presencias que se sienten antes de comprenderse

Hay personas que entran en una habitación y algo dentro de nosotros se relaja.

No sabemos exactamente qué tienen.

Quizás sea su manera de mirar.

Quizás la tranquilidad de su voz.

Tal vez la forma en que escuchan sin interrumpir, abrazan sin preguntar demasiado o sonríen como si por unos segundos el mundo pudiera ser un lugar menos complicado.

Y también ocurre lo contrario.

Hay personas cuya presencia nos produce inquietud.

No necesariamente porque sean malas.

A veces simplemente existe una incompatibilidad emocional, una historia no resuelta, una forma diferente de entender la vida o una energía que nuestro interior percibe como agotadora.

Lo extraordinario es que muchas veces nuestro cuerpo lo sabe antes que nuestra mente.

El corazón reconoce cosas que todavía no sabemos explicar.

Una mirada puede transmitir confianza.

Un silencio puede transmitir rechazo.

Un abrazo puede devolvernos el aire.

Una conversación puede dejarnos completamente agotados.

Y después de algunas personas sentimos que necesitamos estar solos para volver a encontrarnos.

¿Te ha sucedido?

¿Has estado alguna vez con alguien durante una hora y al regresar a casa has sentido un cansancio que no puedes explicar?

¿Has conocido a alguien recientemente y, sin saber por qué, has sentido una paz inmediata?

¿Has entrado en un lugar desconocido y has experimentado una sensación extraña de familiaridad?

No todo necesita una explicación inmediata.

Hay experiencias que primero se sienten y después se comprenden.

Tu aura forma parte de ese lenguaje silencioso.

La historia de Clara

Clara tenía cincuenta y seis años y llevaba más de veinte intentando ser querida por una persona que nunca parecía tener suficiente amor para darle.

Era su hermana mayor.

Desde niñas habían sido diferentes.

Clara era sensible, conciliadora y evitaba las discusiones.

Su hermana, en cambio, tenía una personalidad fuerte. Siempre decía lo que pensaba, incluso cuando sus palabras podían herir.

Durante años Clara justificó ese comportamiento.

“Ella es así.”

“Está atravesando un momento difícil.”

“Quizás yo soy demasiado sensible.”

“Seguro que no quiso decirlo de esa manera.”

Y cada vez que recibía una crítica, Clara encontraba una explicación para proteger a su hermana.

Pero nunca encontraba una explicación para el dolor que sentía.

Con el tiempo comenzó a suceder algo extraño.

Después de cada encuentro familiar, Clara regresaba a su casa agotada.

No físicamente.

Emocionalmente.

Sentía una presión en el pecho.

Repasaba las conversaciones.

Recordaba cada palabra.

Pensaba en lo que debería haber respondido.

Y durante horas se preguntaba:

“¿Qué hice mal?”

Una tarde decidió visitar a una amiga que hacía mucho tiempo no veía.

Después de conversar durante casi tres horas, su amiga le dijo:

—Te noto diferente.

—¿Diferente cómo?

—Más apagada.

Clara bajó la mirada.

—Estoy cansada.

—¿De qué?

Clara tardó en responder.

—De sentir que tengo que demostrar que merezco que me quieran.

Su amiga tomó sus manos.

—Clara, el amor verdadero no te obliga a presentarte a un examen todos los días.

Aquella frase permaneció dentro de ella durante semanas.

Porque algunas verdades no llegan para sorprendernos.

Llegan para confirmar aquello que secretamente ya sabíamos.

No toda distancia es abandono

A muchas personas les enseñaron que alejarse significa abandonar.

Y por eso permanecen demasiado tiempo en lugares donde ya no pueden respirar.

Permanecen en relaciones que las destruyen.

En amistades que las humillan.

En conversaciones que siempre terminan haciéndolas sentir insuficientes.

En espacios donde tienen que fingir constantemente quiénes son.

Confunden amor con sacrificio permanente.

Confunden paciencia con tolerar cualquier cosa.

Confunden bondad con permitir que otros crucen todos sus límites.

Pero existe una verdad espiritual que necesitamos aprender:

Poner distancia también puede ser una forma de amor propio.

No necesitas odiar a alguien para alejarte.

No necesitas declarar una guerra.

No necesitas convencer a nadie de que tienes razón.

A veces basta con comprender:

“Te deseo bien, pero ya no puedo permanecer aquí.”

Eso no es crueldad.

Es conciencia.

El aura y los límites

Imagina que tu casa no tiene puertas.

Cualquier persona puede entrar.

A cualquier hora.

Puede mover tus muebles.

Puede abrir tus cajones.

Puede tomar lo que quiera.

Puede quedarse todo el tiempo que quiera.

Y cuando intentas detenerla, te dice:

“Pero yo soy tu amigo.”

¿Lo permitirías?

Probablemente no.

Sin embargo, emocionalmente muchas personas viven así.

Permiten que cualquiera entre en su mente.

Que cualquiera opine sobre sus decisiones.

Que cualquiera destruya su autoestima.

Que cualquiera determine cuánto valen.

Que cualquiera convierta un mal día en una semana de culpa.

Tu aura necesita límites porque tu alma necesita espacios donde pueda descansar.

Un límite sano no es una pared contra el amor.

Es una puerta con llave.

Tú decides cuándo abrirla.

El hombre que siempre decía sí

Miguel tenía sesenta años y una característica que todos admiraban.

Nunca decía que no.




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