El Poder De Tu Aura

CAPÍTULO 3 CUANDO EL ALMA GUARDA LO QUE EL CORAZÓN NO PUDO DECIR

“Hay heridas que no se ven porque aprendieron a vivir detrás de una sonrisa. Sanar comienza cuando dejamos de esconderlas de nosotros mismos.”

Lo que nadie ve

Hay personas que sonríen todos los días y, sin embargo, llegan a su casa y lloran en silencio.

Hay quienes ayudan a todos, pero no saben pedir ayuda.

Hay quienes parecen fuertes porque aprendieron demasiado pronto que nadie vendría a rescatarlos.

Hay quienes dicen:

—Estoy bien.

Cuando en realidad quieren decir:

—Estoy haciendo todo lo posible para no derrumbarme.

La vida nos enseña muchas maneras de esconder el dolor.

Algunos lo esconden trabajando.

Otros haciendo bromas.

Otros permaneciendo ocupados.

Otros cuidando a todo el mundo.

Otros refugiándose en el silencio.

Y algunos simplemente continúan caminando como si nada hubiera sucedido.

Pero aquello que no expresamos no desaparece necesariamente.

A veces cambia de forma.

Se convierte en miedo.

En desconfianza.

En irritabilidad.

En tristeza.

En necesidad de aprobación.

En dificultad para recibir amor.

En incapacidad para descansar.

En una sensación permanente de estar esperando que algo malo suceda.

El alma recuerda.

Y muchas veces recuerda aquello que nosotros intentamos olvidar.

La historia de Daniel

Daniel tenía cincuenta y dos años.

Quienes lo conocían decían que era un hombre fuerte.

Nunca se quejaba.

Nunca mostraba cansancio.

Siempre encontraba una solución.

Si alguien tenía un problema, Daniel aparecía.

Si alguien necesitaba dinero, ayudaba.

Si alguien necesitaba hablar, escuchaba.

Si alguien estaba enfermo, visitaba.

Pero cuando alguien le preguntaba:

—¿Cómo estás?

Siempre respondía:

—Bien.

Una tarde, mientras conducía de regreso a casa, tuvo que detener el automóvil.

No podía continuar.

No había sucedido ningún accidente.

No estaba enfermo.

Simplemente comenzó a llorar.

Lloró como un niño.

Sin entender.

Golpeó suavemente el volante con las manos y dijo:

—Estoy cansado.

Era la primera vez que pronunciaba esas palabras en voz alta.

Después agregó:

—Estoy muy cansado de ser fuerte.

Y en aquel momento comprendió algo.

No estaba cansado de vivir.

Estaba cansado de vivir escondiendo cuánto le dolía.

La armadura que construimos

Cuando somos heridos, nuestro instinto natural es protegernos.

El problema aparece cuando la protección se convierte en una prisión.

Una persona que fue traicionada puede decidir no volver a confiar.

Una persona que fue abandonada puede decidir no volver a necesitar a nadie.

Una persona que fue humillada puede convertirse en perfeccionista.

Una persona que fue rechazada puede buscar aprobación constantemente.

Una persona que creció escuchando críticas puede convertirse en su propio verdugo.

La armadura alguna vez fue necesaria.

Pero aquello que te protegió durante una etapa de tu vida puede impedirte avanzar en otra.

La pregunta no es:

“¿Por qué construí esta armadura?”

La pregunta es:

“¿Todavía la necesito?”

La niña que aprendió a no molestar

Marina tenía ocho años cuando comprendió que llorar podía traer problemas.

Cada vez que lloraba, alguien decía:

—Deja de hacer drama.

Así aprendió a tragarse las lágrimas.

Cuando tenía miedo, callaba.

Cuando estaba triste, sonreía.

Cuando algo le dolía, decía:

—No pasa nada.

Cuando necesitaba un abrazo, esperaba que alguien lo notara.

Pero nadie lo notaba.

A los treinta y nueve años seguía haciendo lo mismo.

Un día su pareja le preguntó:

—¿Por qué nunca me dices cuando algo te duele?

Marina respondió:

—No quiero ser una carga.

Aquella frase escondía treinta años de historia.

No era que no quisiera hablar.

Había aprendido que sus emociones eran demasiado.

Demasiado dolor.

Demasiada sensibilidad.

Demasiadas necesidades.

Durante una sesión de acompañamiento emocional, alguien le hizo una pregunta:

—Si una niña pequeña llegara llorando a tu casa, ¿le dirías que está molestando?

Marina negó con la cabeza.

—¿Entonces por qué se lo dices a la niña que todavía vive dentro de ti?

Marina lloró.

Pero esta vez no escondió las lágrimas.

Las dejó salir.

Y cada lágrima parecía decir:

“Por fin me escuchaste.”

Tu niño interior no necesita perfección

Dentro de muchos adultos existe una parte que todavía espera ciertas palabras.

“Estoy orgulloso de ti.”

“Te creo.”

“No fue tu culpa.”

“Puedes descansar.”

“Te quiero aunque te equivoques.”

“No tienes que ganarte mi amor.”

A veces buscamos esas palabras durante años en otras personas.

Y cuando no llegan, creemos que estamos condenados a vivir con esa ausencia.

Pero existe una posibilidad diferente.

Podemos empezar a ofrecernos aquello que nos faltó.

No para sustituir a quienes nos hirieron.

No para negar nuestra historia.

Sino para dejar de esperar eternamente que alguien del pasado venga a reparar nuestro presente.

El pasado no tiene que desaparecer para que puedas sanar

Sanar no significa olvidar.

Tampoco significa justificar.

Mucho menos significa fingir que algo no dolió.

Sanar significa poder recordar sin volver a vivir exactamente la misma herida.

Hay una diferencia enorme entre:

“Eso nunca ocurrió.”

y

“Eso ocurrió, me dolió y aun así mi vida puede continuar.”

La segunda frase contiene libertad.

Una habitación llena de cajas




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