El Poder De Tu Aura

CAPÍTULO 5 LAS PALABRAS QUE DICES SOBRE TI TAMBIÉN CONSTRUYEN TU LUZ

“Ten cuidado con la historia que repites sobre ti: con el tiempo, tu corazón puede comenzar a creerla.”

La primera voz que escuchas

Antes de escuchar al mundo, te escuchas a ti mismo.

Incluso antes de levantarte de la cama, puede aparecer una voz interior.

“Estoy cansado.”

“No voy a poder.”

“Hoy será un día difícil.”

“Todo me sale mal.”

“No soy suficiente.”

O quizás:

“Hoy puedo intentarlo.”

“Voy a dar un paso.”

“Todavía tengo esperanza.”

“Algo bueno puede suceder.”

Dos personas pueden despertar bajo el mismo cielo y vivir dos mañanas completamente diferentes.

No necesariamente porque sus circunstancias sean distintas.

Sino porque la conversación interior puede cambiar la manera en que perciben esas circunstancias.

Las palabras no son solamente sonidos.

Pueden convertirse en pensamientos.

Los pensamientos pueden convertirse en creencias.

Las creencias pueden influir en nuestras decisiones.

Y nuestras decisiones terminan construyendo parte de nuestra vida.

Por eso este capítulo no trata simplemente de “pensar positivo”.

Pensar positivamente no significa negar problemas.

No significa repetir frases bonitas mientras ignoramos una realidad difícil.

Significa aprender a hablar con nosotros mismos de una manera que no aumente innecesariamente nuestro sufrimiento.

Porque si la vida ya es suficientemente dura, ¿por qué convertirnos también en nuestros propios enemigos?

La historia de Gabriel

Gabriel tenía cuarenta y nueve años.

Cada mañana, mientras se afeitaba, se miraba al espejo y decía:

—Estoy viejo.

No importaba si había dormido bien.

No importaba si se sentía saludable.

No importaba si tenía un buen día.

Siempre encontraba alguna razón para repetírselo.

“Estoy viejo.”

“Ya no tengo oportunidades.”

“Los jóvenes tienen ventaja.”

“Ya pasó mi momento.”

Durante años aquellas frases parecieron inofensivas.

Hasta que comenzaron a determinar sus decisiones.

Le ofrecieron estudiar algo nuevo y rechazó la propuesta.

—¿Para qué? Ya estoy grande.

Un amigo le propuso comenzar un pequeño negocio.

—No estoy para esas cosas.

Su hija le sugirió viajar.

—Eso es para gente más joven.

Sin darse cuenta, Gabriel había convertido una percepción en una sentencia.

Una mañana su nieta lo encontró mirando fotografías antiguas.

—Abuelo, ¿cuántos años tienes?

—Cuarenta y nueve.

La niña abrió los ojos.

—¡Eres joven!

Gabriel se rio.

—¿Tú crees?

—Sí. Mi abuela tiene cincuenta y dos y dice que todavía le falta aprender muchas cosas.

Gabriel se quedó pensando.

La niña no le había enseñado una verdad sobre la edad.

Le había mostrado algo mucho más importante:

la forma en que interpretamos nuestra vida puede cambiar nuestra experiencia de ella.

No eres todo lo que piensas

Este principio puede ser liberador.

Un pensamiento no es necesariamente una verdad.

Puedes pensar:

“No puedo.”

Y aun así ser capaz.

Puedes pensar:

“Nadie me quiere.”

Y aun así existir personas que te aman profundamente.

Puedes pensar:

“Todo saldrá mal.”

Y no saber realmente qué ocurrirá.

Puedes pensar:

“Es demasiado tarde.”

Y estar frente al comienzo de una nueva etapa.

La mente produce pensamientos constantemente.

Algunos son útiles.

Otros son producto del cansancio.

Otros nacen del miedo.

Otros vienen de experiencias antiguas.

Otros simplemente aparecen.

No necesitas creer cada pensamiento que cruza por tu mente.

Puedes observarlo.

Preguntarte:

“¿Esto es un hecho o es una interpretación?”

Esa pequeña pregunta puede abrir una puerta enorme.

El poder de cambiar una frase

Supongamos que has cometido un error.

Puedes decir:

“Soy un fracaso.”

O:

“Cometí un error.”

Parece una diferencia pequeña.

Pero no lo es.

La primera frase ataca tu identidad.

La segunda reconoce una conducta.

En una dices:

“Yo soy el problema.”

En la otra:

“Algo salió mal y puedo aprender.”

La primera cierra posibilidades.

La segunda las abre.

Por eso necesitamos aprender a separar:

lo que hicimos

de

lo que somos.

Puedes equivocarte sin convertirte en un error.

Puedes fracasar sin convertirte en un fracaso.

Puedes perder sin convertirte en un perdedor.

Puedes atravesar una etapa difícil sin convertirte en una persona condenada a vivir así para siempre.

La mujer que decía “soy un desastre”

Carolina tenía treinta y seis años.

Cada vez que olvidaba algo decía:

—Soy un desastre.

Si llegaba tarde:

—Soy un desastre.

Si se equivocaba:

—Soy un desastre.

Si algo no salía como esperaba:

—Soy un desastre.

Su hija pequeña comenzó a imitarla.

Un día la niña derramó un vaso de leche.

Miró el suelo.

Y dijo:

—Soy un desastre.

Carolina sintió un golpe en el corazón.

Su hija tenía seis años.

No era un desastre.

Era una niña que había derramado leche.

Entonces comprendió:

Su hija estaba aprendiendo a hablarse a sí misma escuchándola hablarse a ella.

Carolina se arrodilló.

—No, mi amor. No eres un desastre. Se cayó la leche. Nada más.

La niña preguntó:

—¿Entonces no hice algo malo?

—Cometiste un accidente. Puedes limpiarlo.

Aquella noche Carolina se quedó pensando.

Quizás ella también necesitaba aprender aquella diferencia.

Hablarte con ternura no significa consentirte




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