El Poder De Tu Aura

CAPÍTULO 1 LA LUZ QUE NO SABÍAS QUE LLEVABAS DENTRO

Hay días que comienzan antes de que salga el sol.

No porque tengamos algo extraordinario que hacer, sino porque nuestros pensamientos se despiertan antes que nosotros.

Abres los ojos.

Miras el techo.

Durante unos segundos no recuerdas nada.

Después, poco a poco, regresan las preocupaciones.

Las cuentas.

Una conversación pendiente.

Una persona que ya no está.

Un mensaje que nunca llegó.

Una decisión que no sabes cómo tomar.

Un problema familiar.

Un sueño que parece demasiado lejano.

Una herida que creías cerrada y que, inexplicablemente, vuelve a doler.

Y entonces sucede algo curioso.

Antes incluso de levantarte de la cama, ya estás cansado.

No del cuerpo.

Del alma.

Quizás alguna vez hayas vivido una mañana así.

Quizás hoy sea precisamente una de esas mañanas.

Y si lo es, quiero decirte algo antes de continuar:

no estás obligado a tenerlo todo resuelto para merecer un nuevo comienzo.

No tienes que despertar todos los días lleno de energía.

No tienes que sonreír cuando por dentro estás intentando recomponerte.

No tienes que demostrarle al mundo que eres fuerte cuando lo único que deseas es sentarte en silencio y respirar.

También existe una forma de valentía en reconocer:

“Hoy no estoy bien, pero todavía estoy aquí.”

Y quizá, precisamente ahí, comienza a cambiar nuestra historia.

Porque hay momentos en los que creemos que hemos perdido nuestra luz cuando, en realidad, simplemente hemos olvidado dónde mirar.

LA HISTORIA DE ELENA

Elena tenía cincuenta y ocho años cuando comenzó a sentirse invisible.

No había sucedido de repente.

Nadie había llegado un día para decirle:

“Ya no importas.”

No.

Fue mucho más silencioso.

Comenzó con pequeños detalles.

Dejó de recibir llamadas de algunas amigas.

Sus hijos habían formado sus propias familias y tenían menos tiempo.

Su esposo había fallecido algunos años atrás.

La casa, que durante décadas había estado llena de voces, platos, discusiones, risas, música y pasos apresurados, comenzó a sentirse demasiado grande.

Por las noches, el silencio se instalaba en cada habitación.

Elena acostumbraba dejar encendida una pequeña lámpara del comedor.

No porque necesitara luz.

La dejaba encendida porque la oscuridad completa le recordaba demasiado a la ausencia.

Una tarde de invierno salió a comprar pan.

Caminó lentamente por la calle.

Llevaba un abrigo gris y una bolsa pequeña en la mano.

Mientras esperaba para cruzar, observó a una mujer mucho más joven que caminaba empujando un cochecito de bebé.

La mujer hablaba por teléfono y reía.

Elena la miró durante unos segundos.

No sintió envidia.

Sintió nostalgia.

Recordó cuando sus propios hijos eran pequeños.

Recordó las noches sin dormir.

Los juguetes tirados por el suelo.

Las pequeñas manos buscando las suyas.

Las preguntas interminables.

“¿Mamá, por qué la luna nos sigue?”

“¿Mamá, cuándo voy a ser grande?”

“¿Mamá, tú vas a estar conmigo siempre?”

Sonrió.

Y después sintió un nudo en la garganta.

Porque algunas preguntas solo adquieren verdadero significado cuando han pasado los años.

Llegó a la panadería.

Compró el pan.

Regresó a casa.

Lo dejó sobre la mesa.

Y permaneció de pie en medio de la cocina.

No sabía qué hacer.

No había nadie esperando.

Nadie preguntaría cómo había sido su día.

Nadie reclamaría que el pan estaba frío.

Nadie diría:

“Llegaste.”

Y por primera vez, Elena pronunció en voz alta una frase que llevaba meses escondiendo:

—Ya no sé para qué estoy aquí.

La frase quedó suspendida en el aire.

Ella misma se sorprendió al escucharla.

Se sentó.

Miró sus manos.

Y lloró.

No lloró como quien busca llamar la atención.

Lloró como lloran las personas que han acumulado demasiados silencios.

Lloró por su esposo.

Por sus hijos.

Por los años que habían pasado.

Por las cosas que no hizo.

Por las oportunidades que dejó escapar.

Por las palabras que nunca dijo.

Y, sobre todo, lloró porque había comenzado a creer que su historia había terminado.

Aquella noche no hizo nada extraordinario.

No tuvo una revelación.

No vio luces en el cielo.

No escuchó una voz sobrenatural.

Simplemente se quedó sentada junto a la ventana.

Y entonces ocurrió algo pequeño.

Algo tan pequeño que podría parecer insignificante.

Una mariposa nocturna chocó suavemente contra el vidrio.

Elena levantó la mirada.

La observó durante unos segundos.

La mariposa volvió a acercarse a la ventana.

Una vez.

Después otra.

Y otra.

Elena abrió la ventana.

La pequeña criatura entró.

Voló alrededor de la lámpara y finalmente se posó sobre una planta que llevaba meses intentando mantener con vida.

Elena se levantó.

Acercó el rostro.

La planta tenía un pequeño brote verde.

Uno solo.

Después de meses.

Elena lo tocó suavemente.

Y algo dentro de ella se quebró.

Pero esta vez no fue para destruirla.

Fue para abrir espacio.

—Todavía estás viva —susurró mirando la planta.

Después se quedó en silencio.

Porque comprendió que quizá también estaba hablando de sí misma.

A VECES CONFUNDIMOS CANSANCIO CON FINAL

Existe una diferencia enorme entre estar cansado y estar acabado.

Pero cuando sufrimos durante demasiado tiempo, nuestra mente puede comenzar a confundir ambas cosas.

Pensamos:

“Ya no puedo.”

Cuando quizás lo que realmente queremos decir es:

“Ya no puedo seguir viviendo de esta manera.”




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