El Poder De Tu Aura

CAPÍTULO 2 CUANDO EL ALMA PIDE UNA PAUSA

Hay cansancios que se solucionan durmiendo.

Y hay otros que no.

Puedes dormir ocho horas y levantarte agotado.

Puedes tomarte unas vacaciones y regresar con la misma tristeza.

Puedes rodearte de personas y continuar sintiéndote solo.

Puedes tener una casa, un trabajo, una familia, proyectos y responsabilidades cumplidas, y aun así experimentar una sensación difícil de explicar:

“Hay algo dentro de mí que necesita cambiar.”

No siempre sabemos ponerle nombre.

A veces lo llamamos ansiedad.

Otras veces aburrimiento.

Desmotivación.

Irritabilidad.

Soledad.

Cansancio.

Falta de propósito.

Pero quizá, en determinados momentos, lo que estamos experimentando sea algo más sencillo y más profundo:

nuestra vida interior está pidiendo una pausa.

No necesariamente para abandonar todo.

No necesariamente para escapar.

A veces solamente para escucharnos.

Porque hemos aprendido a escuchar el teléfono.

El reloj.

Las noticias.

Las obligaciones.

Las necesidades de los demás.

Los mensajes.

Las opiniones.

Las exigencias.

Pero hemos olvidado escuchar una voz mucho más cercana:

la nuestra.

EL DÍA QUE TODO PARECÍA ESTAR BIEN

Gabriel tenía cuarenta y siete años.

Desde afuera, cualquiera habría dicho que tenía una vida envidiable.

Una casa bonita.

Un automóvil.

Un trabajo estable.

Una esposa a la que amaba.

Dos hijos.

Amigos.

Los fines de semana acostumbraba reunirse con familiares.

No le faltaba nada esencial.

Sin embargo, desde hacía varios meses había comenzado a experimentar algo que no sabía explicar.

Por las mañanas se levantaba cansado.

Durante el día cumplía con todas sus obligaciones.

Sonreía cuando era necesario.

Respondía mensajes.

Asistía a reuniones.

Hacía bromas.

Preguntaba a los demás cómo estaban.

Pero casi nunca se preguntaba a sí mismo cómo estaba.

Una noche llegó a casa más tarde de lo habitual.

Su esposa estaba preparando la cena.

—¿Cómo te fue? —preguntó.

—Bien.

Una palabra.

Siempre “bien”.

Dejó las llaves.

Se sentó.

Su esposa lo observó.

—¿Seguro?

—Sí.

Ella continuó preparando la comida.

Después de unos minutos volvió a mirarlo.

—Estás distinto.

Gabriel sonrió.

—Estoy cansado.

—Entonces descansa.

Él asintió.

Pero sabía que no era solamente cansancio.

Aquella noche salió al patio.

Era una noche tranquila.

Se sentó en una silla.

No encendió ninguna luz.

Miró el cielo.

Y por primera vez en mucho tiempo no hizo nada.

No revisó el teléfono.

No respondió mensajes.

No pensó en trabajo.

No intentó solucionar problemas.

Simplemente permaneció allí.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Comenzó a llorar.

No sabía exactamente por qué.

No había sucedido nada malo ese día.

Su familia estaba bien.

Su trabajo estaba bien.

Su salud estaba bien.

Pero lloró.

Y mientras se secaba las lágrimas pensó:

“¿Qué me está pasando?”

La pregunta no tenía respuesta.

Todavía.

CUANDO TODO FUNCIONA, PERO TÚ NO

Existe una diferencia entre que la vida funcione y sentir que estás viviendo.

Podemos cumplir horarios.

Pagar cuentas.

Comprar alimentos.

Trabajar.

Cuidar a otros.

Mantener una casa.

Resolver problemas.

Y, aun así, sentir que algo esencial se ha quedado atrás.

La rutina puede convertirse en una especie de piloto automático.

Nos levantamos.

Hacemos.

Corremos.

Resolvemos.

Volvemos.

Dormimos.

Y repetimos.

Hasta que un día nuestro interior dice:

“Espera.”

No siempre lo hace con palabras.

A veces lo hace mediante el cansancio.

O mediante una tristeza inexplicable.

O con una necesidad repentina de estar solos.

O con el deseo de caminar sin rumbo.

O con ganas de volver a hacer algo que abandonamos hace años.

O con una pregunta que aparece durante la noche:

“¿Esto es realmente la vida que quiero vivir?”

No hay que temerle a esa pregunta.

Las preguntas profundas no siempre llegan para destruir nuestra vida.

Muchas veces llegan para impedir que continuemos viviendo una vida que ya no representa quiénes somos.

LA MUJER QUE SIEMPRE DECÍA QUE SÍ

Clara tenía cincuenta y dos años y una característica que todos admiraban.

Nunca decía que no.

Si alguien necesitaba ayuda, Clara estaba.

Si una amiga tenía un problema, Clara escuchaba.

Si un familiar necesitaba dinero, Clara buscaba la manera.

Si había que organizar una celebración, Clara se encargaba.

Si alguien necesitaba compañía, Clara cancelaba sus propios planes.

Todos decían:

—Clara es maravillosa.

Y ella sonreía.

Pero nadie sabía lo cansada que estaba.

Una tarde, una amiga la llamó.

—Clara, necesito que mañana me acompañes a hacer unos trámites.

Clara estaba agotada.

Había trabajado todo el día.

Tenía una cita médica pendiente.

Su casa estaba desordenada.

Y quería pasar una tarde tranquila.

Pero respondió:

—Sí, claro.

Colgó.

Se sentó en el sofá.

Y comenzó a llorar.

No porque no quisiera ayudar a su amiga.

Lloró porque llevaba tantos años diciendo sí a los demás que ya no sabía cómo decirse sí a sí misma.

Esa noche ocurrió algo que cambió su manera de relacionarse con la vida.

Su hija entró en la habitación.

—Mamá, ¿qué te pasa?

Clara respondió:




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