Harlem, Ciudad de Nueva York. 20 de septiembre de 1958.
El otoño comenzaba a pintar de tonos dorados los árboles de Nueva York.
Las calles de Harlem estaban llenas de vida. Los vendedores ambulantes ofrecían sus productos, los niños corrían por las veredas y el bullicio de la ciudad parecía no detenerse nunca.
Martin Luther King Jr. había viajado hasta allí por una razón distinta a las habituales reuniones del movimiento.
Acababa de publicar su primer libro, Stride Toward Freedom (Marcha hacia la libertad), donde relataba la experiencia del boicot de Montgomery y explicaba la filosofía de la resistencia no violenta.
Aquella tarde se encontraba en la tienda Blumstein’s Department Store, firmando ejemplares para lectores que hacían fila con una sonrisa y un apretón de manos.
Era un ambiente relajado.
Por unas horas, Martin podía conversar con personas que no llegaban a escucharlo desde un púlpito o una manifestación, sino desde las páginas de un libro.
No imaginaba que, en pocos minutos, estaría luchando por su vida.
Una fila de lectores
La fila avanzaba lentamente.
Martin dedicaba unos segundos a cada persona.
—¿Cómo desea que firme el libro?
—Para mi hija, reverendo. Ella sueña con ser maestra.
Martin escribía unas palabras de aliento.
Con otra persona hablaba sobre Montgomery.
Con otra, sobre la importancia de la educación.
Sonreía.
Escuchaba.
Agradecía.
Entre la multitud, una mujer se acercó despacio.
Vestía un abrigo oscuro y sostenía un bolso con fuerza.
Su mirada era inquieta.
Se detuvo frente a la mesa.
—¿Usted es Martin Luther King? —preguntó.
Martin levantó la vista y respondió con cortesía.
—Sí, señora. Soy yo.
La mujer permaneció inmóvil durante un instante.
Luego abrió el bolso.
Antes de que alguien pudiera comprender lo que ocurría, sacó un abrecartas de acero y lo clavó violentamente en el pecho de Martin.
El instante que detuvo el tiempo
Todo ocurrió en apenas unos segundos.
Un grito desgarró el silencio.
Los libros cayeron al suelo.
Las personas comenzaron a correr.
Martin sintió un golpe seco en el pecho.
Bajó la mirada.
El mango del abrecartas sobresalía de su traje.
Por un instante no sintió dolor.
Solo una inmensa sorpresa.
Luego el aire comenzó a faltarle.
Algunos intentaron ayudarlo.
Un hombre quiso retirar el arma.
Martin, apenas consciente, murmuró:
—No… no la saquen…
Un médico presente entre los asistentes intervino de inmediato.
—¡Nadie la toque! Si la retiran aquí, podría morir.
Aquellas palabras helaron a todos.
La hoja había quedado alojada a milímetros de la arteria aorta.
Un movimiento brusco podía ser fatal.
La carrera hacia el hospital
La ambulancia avanzó a toda velocidad entre el tráfico neoyorquino.
Dentro del vehículo, Martin permanecía inmóvil.
Cada respiración era un esfuerzo.
Cada bache de la calle parecía acercar el filo del abrecartas a su corazón.
Uno de los paramédicos intentó tranquilizarlo.
—Reverendo King, manténgase despierto.
Martin apenas asintió.
Cerró los ojos unos segundos.
Pensó en Coretta.
Pensó en sus hijos.
Pensó en Montgomery.
Pensó en todas las personas que habían depositado su esperanza en aquel movimiento.
Y, casi sin darse cuenta, comenzó a orar en silencio.
—Señor… si todavía hay trabajo por hacer… dame fuerzas para seguir…
La angustia de Coretta
Cuando Coretta recibió la noticia, el mundo pareció detenerse.
Durante unos segundos creyó que había entendido mal.
—¿Un ataque?
La voz al otro lado del teléfono respondió con gravedad.
—Sí. Está siendo operado.
Coretta sintió que las piernas le temblaban.
Recordó inmediatamente la bomba en Montgomery.
Las amenazas.
Las llamadas telefónicas.
Siempre había sabido que el peligro existía.
Pero una cosa era imaginarlo.
Otra muy distinta era enfrentarlo.
Viajó lo más rápido que pudo hacia Nueva York.
Durante todo el trayecto rezó en silencio.
No pedía fama.
No pedía victorias.
Solo pedía una oportunidad más para abrazar a su esposo.
Una operación al límite
En el hospital, un equipo de cirujanos examinó la herida.
La situación era extremadamente delicada.
Uno de ellos habló con seriedad.
—La hoja está apoyada sobre la aorta.
Otro añadió:
—Si estornuda… si tose con fuerza… puede romperse la arteria.
La operación duró varias horas.
Cada movimiento requería una precisión absoluta.
Finalmente, el cirujano logró retirar lentamente el abrecartas.
La hoja metálica apareció cubierta de sangre.
Hubo un silencio absoluto en el quirófano.
Luego llegó el alivio.
Martin había sobrevivido.
“Si hubiera estornudado…”
Días después, mientras se recuperaba, Martin recibió miles de cartas.
Llegaban desde todo Estados Unidos.
De personas negras.
De personas blancas.
De niños.
De ancianos.
Entre todas ellas, hubo una que llamó especialmente su atención.
Era de una estudiante de secundaria llamada Martha Jean.
La joven escribía:
“Me alegra mucho que usted no haya estornudado.”
Martin sonrió al leer aquella frase.
Los médicos le habían explicado que, efectivamente, un simple estornudo antes de la cirugía habría sido suficiente para causarle la muerte.
Aquellas palabras lo hicieron reflexionar profundamente.
¿Cuántas cosas habrían quedado sin hacer?
¿Cuántas personas no habría conocido?